OTRA CONTRADICCION

29 de agosto de 2015

Carlos Leyba

Las bolsas se agitan. Nuestra experiencia, bien modesta por cierto a causa de la insignificancia de nuestro mercado bursátil, nos ha enseñado que cuando – recuerde los noventa – el desempleo crecía a trancos de gigante, nuestra bolsa de valores hacia ilusionar no sólo a los que ganaban “pesos-dólares” a raudales. Muchos colegas, entusiastas de los mercados, y muchos periodistas económicos, con esos datos cotidianos, nos anunciaban entonces la llegada, a estas pampas chatas, del capitalismo desarrollado del primer mundo. La calle, el desempleo y la pobreza, nos informaban que no era cierto: la economía se desmoronaba.

El alza en las cotizaciones era, en todo caso, información incompleta. Al respecto el premio Nobel de Economía Paul A. Samuelson, un maestro inolvidable, dijo en son irónico que el mercado financiero, bajando, había predicho 9 de las últimas 5 recesiones de la economía americana. Ambas situaciones señalan que existe un alto riesgo de disociación entre los mercados financieros y la economía real.

Este comentario viene a cuento de dos situaciones que han puesto a los mercados financieros en el tope de las noticias periodísticas. La primera tiene que ver con las caídas de las cotizaciones en las plazas mas grandes del planeta. La segunda tiene que ver con la opción especulativa que ha adoptado el gobierno nacional para con el patrimonio generado por el ahorro de los trabajadores. Veamos.

Con la descripta lógica de los noventa, acciones de la Bolsa local terminaron en manos de las AFJP. El final de la historia es que las tenencias de las AFJP – los ahorros de seguridad social – se perforaron y las cuentas individuales de los afiliados a las AFJP – cuando ellas fueron expropiadas – ni siquiera sumaban lo que se había ahorrado. Las sumas disponibles informaban de pérdidas colosales. Y colorín colorado terminaron en manos de la ANSES.

De resultas de esto y con el entusiasmo del inefable Axel Kicillof – que dice tener “todo estudiado” – ahora ese patrimonio, formado con el ahorro de los trabajadores, ha quedado en manos de la Administración que – como resultado de este periplo – correrá el riesgo de los mercados. Mercados que repito, en los noventa, cuando el desempleo aumentaba las acciones subían de valor.

Es que los capitales especulativos no están asociados de manera directa al desarrollo de la economía. Una prueba irrefutable es que las acciones de los bancos nacionales vuelan, lo hacen sus ganancias, aunque los bancos no presten dinero para el desarrollo sino para el consumo, en plazos cortos y a tasas usurarias.

Ahora bien el cuidado, el impulso del desarrollo de la economía es una de las funciones de la Administración Pública. Los capitales especulativos están asociados a las decisiones y la suerte de las empresas maduras. Y la sana lógica del patrimonio de la Administración Pública es aplicarlo al desarrollo de nuevas empresas que impulsen la economía. Es que el desarrollo pasa más por la creación de nuevas empresas que por especular con la suerte de las ya creadas. Como se verá, luego esta decisión de quedarse per secula seculorum con las acciones, el gobierno nacional sigue la tradición de esta década: llenar el discurso con palabras acertadas y la realidad con decisiones equivocadas. En este plano han convertido a un capítulo de la ANSES en la continuidad filosófica del menemismo de las AFJP. Manda la contradicción.

Por otra parte, hoy el mundo está preocupado por las caídas de los bolsas en China, en Estados Unidos y en Europa. ¿Tendrá razón Samuelson esta vez? ¿O bien el derrape de la Bolsa nos anuncia una nueva crisis mundial?

Los datos concretos hasta ahora señalan que las estrellas emergentes están retrocediendo, Brasil en recesión, lo mismo que Rusia, China en tasas cada vez menores (¿son confiables sus números? Y Estados Unidos y Europa en tasas positivas aunque escasas para recuperar el pleno empleo.

Lo cierto es que el volumen de comercio mundial está en zona de crecimiento cero y esa no es una buena noticia para la economía mundial. Al menos en este caso las bolsas no mienten.

La constante desaceleración de las exportaciones y de las importaciones chinas hacen que el gran país esté navegando actualmente a la tasa negativa del 8 por ciento anual. El comercio chino está detrás de las malas cifras mundiales. China consume, por ejemplo, el 50 por ciento del Aluminio, del Acero, del Cobre, y de todos los metales negociados en el mercado mundial y la mitad del consumo mundial de soja (grano más aceite). Ahí nos pega.

Los precios de las materias primas, que fueron refugio de calidad de los capitales en los últimos tiempos, reflejan la voracidad china ahora debilitada. El problema de las finanzas es que muchas de esas posiciones de mercado se han tomado con deuda apostando al crecimiento continuo. Y no hay movimiento continuo en los mercados especulativos.

La desaceleración del Celeste Imperio se refleja en el giro hacia atrás en el precio de las materias primas y muchos se interrogan si el coctel deuda-materias primas no será del mismo tenor que el coctel de la crisis yankee inmuebles- deuda que llevó a una crisis monumental.

Hoy el origen de los problemas no están en la Gran Manzana sino en la inmensidad de la China que ha comenzado a devaluar como respuesta al freno de sus exportaciones.

Freno que para algunos es consecuencia (como en todos los países emergentes) de problemas estructurales. Porque la China no solamente está experimentando la caída de sus exportaciones (y de sus importaciones) sino también de sus inversiones. Eso es lo mismo que decir que los dos pilares de la fenomenal expansión china (exportaciones e inversiones) se están frenando. Y eso (exportaciones e inversiones) representan casi dos tercios del PBI chino.

Dependiendo del freno de uno y otro motor, la tasa de “equilibrio mínimo” – que en el coloso amarillo es el 7 por ciento anual – puede no alcanzarse y orillar tasas “occidentales”, que son razonables para un país desarrollado y maduro, pero que son problemáticas para los emergentes. Una tasa de crecimiento del 3 por ciento en China sería el prologo de un desastre.

Es que la base inicial del modelo chino (salarios muy bajos) como consecuencia del crecimiento se ha ido erosionando. Hoy muchos sectores de la producción china tienen salarios que, antes de la devaluación, se aproximaban – habida cuenta del nivel de productividad – a los de los Estados Unidos. En términos occidentales China comenzó a sufrir problemas de “competitividad” y ha intentado resolverlos con “devaluación”.

Como consecuencia de esta situación que refleja el progreso de la clase trabajadora, por una parte, y el atraso de la estructura productiva y la menor productividad sistémica (problema estructural), por la otra, está generando – en el marco de una región fuertemente competitiva – una reducción del ritmo inversor alentado por excesos de capacidad, todo lo cual arriesga la pérdida de puestos de trabajo. Y también la suerte de países, como el nuestro, que pueden ser invadidos por el exceso de capacidad de sectores que se quedaron sin trabajo en China (mega obras públicas).

La descripción de lo que está ocurriendo en la economía de nuestro “aliado estratégico integral” no es demasiado diferente de lo que está pasando en Rusia, un candidato a similar asociación en la continuidad K, y en Brasil que es el vecino y socio que más nos golpea, sea favor o en contra, en la vida urbana de los argentinos.

Mientras China y Rusia compran primarios y el sufrimiento o el gozo, en el primer impacto, es rural (qué parecido a las relaciones con el Imperio Británico); Brasil compra industria, y el sufrimiento el gozo, en el primer impacto, se siente en las ciudades. El campo es manso, aunque ahora esté en las calles, pero la ciudad tiene nervio y contagio inmediato. ¿Habrá suspensiones en la industria que exporta?

Para la Argentina este escenario no es el del viento de cola de la década K. Podrán todos los ministros que pasaron por el gobierno K negar que su suerte, con mayor o menor habilidad y solvencia, haya sido la suerte descomunal del precio de las materias primas que reflejó el crecimiento de China y el impulso derivado de Brasil (que también depende – por su comercio primario – del auge chino). Podrán decirlo. Pero no podrán argumentar (lo único importante) que hayan preparado la economía para la época de la declinación de los precios. Nuestra economía no soporta sin crisis el viento de bolina, el viento en contra de la economía mundial.

Y esa incapacidad deriva de que transformamos la estructura de nuestro comercio, que es la base de nuestra relación comercial con el mundo. Seguimos siendo un país primario y dependiente. Hemos profundizado los términos negativos de nuestra relación con China y con Brasil; y en el giro de los vientos habremos de sufrir las condiciones negativas de esa enorme molicie de quienes han tenido a cargo la administración del estado.

¿Hay algo bueno en el escenario mundial que hoy alcancemos a divisar? La locomotora de la economía mundial ha pasado a los Estados Unidos que crecen algo más del 2 por ciento y el resto del Asia. No nos toca. Excepto en el hecho de que la tasa de interés americana no está para subir enseguida. La plata, por ahora, no será cara. Es decir, hay un incentivo a la inversión en algunas regiones del mundo. No es mucho como noticia en las actuales condiciones de nuestra economía y menos con el concepto geopolítico que a los tumbos han instalado los muchachos no peronistas y aliados K que jamás hubieran imaginado estar en el poder.

Sobretodo en un mundo que no tiene sosiego. A la crisis americana, que pasó de los inmuebles locales a la banca mundial y de allí a las finanzas estatales europeas y al sopapo de la recesión – sin contar las agitaciones palpables como el lío gigantesco de Grecia y las previas angustias preñadas de burbujas por ejemplo españolas – se le suma ahora la “cuestión China” y el cimbronazo BRICS que amenaza con empezar a escribirse con minúscula la acreditada sigla.  Es mucho.

Pero ese “mucho” viene acompañado de algunas fuerzas que afectaban profundamente a la marcha de la economía en todos los países y particularmente en los desarrollados. Pensamos en el Estado endeudado que abandona progresivamente los ideales del Estado de Bienestar. La consecuencia es más desempleo, crisis de seguridad y menos inversión. El ahorro (y la liquidez) gigante, fomenta la desigualdad. Y – como lo recordó T. Piketty – la desigualdad se reproduce y finalmente achica al motor de la economía. Eso pasa en el mundo desarrollado.

Y en esta nuestra latitud la estrategia del parche, que es la dominante, lejos de aprovechar las oportunidades que tuvimos en estos años ha contribuido a la baja de la inversión, al aumento de la desigualdad y ha apostado a mantener – a pesar de la volatilidad de los mercados primarios – la misma estructura económica primaria creyendo que haciendo lo mismo – aunque el discurso fuera otro – podría pasar lo contrario.

La prueba contundente es que durante la primera presidencia se fugaron del sistema financiero local 80 mil millones de dólares que señala la fenomenal concentración del ahorro y la ausencia total de una política de promoción de la inversión.

Aunque resulte de compleja explicación, el teorema recesivo de la desigualdad nos señala que son pocos los que ahorran y concentran (desigualdad) y esa condición (sin políticas compensatorias) hace que la falta de inversión reproduzca el modelo de concentración y así.

Un círculo vicioso que se engendra cuando el Estado carece de una política de transformación. Política que no consiste en un discurso “progre” que por cierto no ha faltado. Ni aquí ni en Brasil. El problema del discurso es que anula la capacidad de decisión. Si decimos que nos industrializamos y que no hay pobreza y que hemos mejorado los salarios, aunque claramente no sea verdad; y adulteramos las cifras para fundamentarlo, la consecuencia es que no tenemos ni ejecutamos políticas para industrializarnos, para mejorar la distribución o combatir la pobreza.

Poca distribución y mucha pobreza no incitan a invertir a los ricos que – en nuestros países – fugan el capital, excepto que no lo tengan y lo fabriquen con fondos públicos como la encaramada nueva oligarquía de los concesionarios que finalmente nos gobierna.

Lo cierto es que nuestro déficit industrial desde 2010 a la fecha lleva acumulados 200 mil millones de dólares. Y cada vez que el PBI crece 1 por ciento, las importaciones crecen 2 por ciento. Esa es la medida de nuestra falta de transformación.

Lo que no hicimos con los casi 180 mil millones de dólares de excedente del comercio exterior, logrados por el sector primario, que se sumaron a lo largo del período K, se refleja en que, como dijimos, se fugaron más de 80 mil millones, mientras la tasa de inversión a gatas alcanzó el promedio del 18 por ciento del PBI. Esa cifra impide la transformación y el crecimiento.

Por eso el 40 por ciento de los jóvenes son pobres y el verdadero desempleo – bien medido – está arriba del 10 por ciento; y en términos históricos el salario real – bien medido – ha experimentado pérdida en el período. Ni mejora en la igualdad ni transformación.

En esas condiciones lo que está por venir, más allá que las crisis bursátiles no se conviertan inexorablemente en recesión mundial, no es mejor. No hemos cambiado ni siquiera lo mínimo como para que todo quede como está.

Dejó de soplar el viento de cola y no estamos preparados para el viento de bolina. No es una novedad. En esta columna lo venimos diciendo desde hace mucho tiempo.

El ministro dice tener todo estudiado. Pero si invierte los ahorros de los trabajadores en el capital ya emitido de las empresas maduras es que, como los gerentes de las AFJP, cree en los mercados especulativos y no procura aplicar fondos para la transformación. Esto es lo que han hecho hasta ahora y lo que siguen haciendo mientras están. Y quién sabe lo que harán los que están por venir. ¿Lo tendrán estudiado?

Esperemos que hayan leído otros libros distintos de aquellos que – según parece- han leído el ministro y sus camaradas: los que dividen sin problema el discurso de la acción. El grito en un lado, el huevo en el otro. Esa literatura es la de la contradicción que termina en el giro de los 360 grados: ¿siempre lo mismo?.

compartir nota
29 agosto 2015

OTRA CONTRADICCION

Los comentarios están cerrados.