Quiso … pero, ¿no supo o no pudo?

5 de septiembre de 2015

Carlos Leyba

La primera contradicción es la del quién es quien. Es el error de tipo 1. La segunda es la de las contradicciones lisas y llanas con la realidad. Es la del tipo 2. Ambas caracterizan el momento. Abruman. Los que construyeron parte de las desgracias, ahora las demonizan. Los que, si reconocieran la verdad de los números, despotricarían, ahora aplauden. Actores y espectadores abundan en el error. Primero dos espectadores. Después los actores.

Error de tipo 1. El dirigente industrial Osvaldo Rial ve un Daniel Scioli eligiendo un camino. Pero el cartel supone que propone la dirección contraria a la que él ve. Aclaración: dijo Rial no hay que “volver a la tapa de un diario del 2001, en el que se recortaban jubilaciones o bajar los sueldos”. Scioli eligió como ministro exactamente al autor del recorte de las jubilaciones y los sueldos en 2001. Su principal economista es el consultor financiero Miguel Bein, que fue secretario de programación de Fernando de la Rua. El educa a Daniel Scioli y va a conducir la gestión económica si Scioli gana las elecciones. ¿Rial lo sabe? ¿O elige sin saber quién es quien?

Error de tipo 2. Lo produjo el vicepresidente de Adimra, Juan Carlos Lascurain, quien dijo que Cristina Kirchner había  “definido … una política del país (para) la reindustrialización”. Las estadísticas demuestran que eso no pasó. La economía nacional no se ha reindustrializado. Hoy la producción industrial por habitante es la de 1974 según el presidente de la Unión Industrial.

Ambos dirigentes son hijos del relato. Son espectadores del discurso del querer. Veamos ahora a los actores del presente.

Las palabras han logrado fortalecer y consolidar las convicciones K. Las dos expresiones patronales de personas muy pero muy ricas, que hemos citado, reflejan lo bien alimentados que están, por las palabras y el discurso K, todos los oficialistas de todos los sectores.

La primera bandera del discurso es el objetivo de “la matriz de inclusión social”. En buen romance significa, entre otras cosas, la eliminación de la pobreza o por lo menos lograr la reducción del número de personas condenadas a vivir en esas condiciones o bien lograr un porcentaje de pobres sobre la población igual o menor a cualquier registro anterior.

La segunda bandera discursiva apunta a la diversificación de la estructura productiva y también – dentro de ese proceso – más precisamente al proceso de industrialización o reindustrialización del país.

El tercer elemento del discurso es la exaltación del consumo (suponiendo que es todo lo que ocurre en el mercado interno) al que además de la mejora en las condiciones de vida de los ciudadanos, en el kirchnerismo, se lo considera – al consumo – como el elemento agente que habría de promover el proceso inversor.

Inclusión, Industrialización y Consumo como motor de la Inversión sería una síntesis del discurso propositivo (el querer). Lo que en general (desde los críticos) se llama “el relato” sería decir que se ha logrado la inclusión, la industrialización, el consumo como disparador de la inversión.

Para sostener el relato, algo que muchos oficialistas reconocen, se han alterado las estadísticas y se ha abusado de las comparaciones.

Las intenciones, al menos para mí, es imposible no compartirlas. Y por cierto son compartidas por la inmensa mayoría de los ciudadanos y en particular de los excluidos, los que buscan oportunidades de participar de algún modo en la industria y todos aquellos que sufren de consumos postergados.

Las palabras, el discurso, gozan de una audiencia mayoritaria que los comparte.

La coincidencia es menor en relación a la diversificación de la estructura productiva o a la industrialización ya que, más allá de los deseos, cuando se procura diversificar e industrializar, la cuestión no es el deseo sino los instrumentos para lograrlo. Veamos.

En términos económicos nuestra dotación de factores nos induce naturalmente a la especialización (no a la diversificación) y en el mejor de los casos a la primera etapa de la transformación de las materias primas, que es un paso de mínima industrialización.

Cambiar el sino de lo que es abundante (naturaleza) exige políticas de transformación que, por sobre todas las cosas, son políticas muy activas de promoción de la inversión. Como se trata de asignación de recursos no hay un verdadero consenso más allá de lo superficial de las palabras. Nadie está en contra de la diversificación o la industrialización a nivel de las palabras o del discurso.

Pero cuando se ponen los instrumentos sobre el tapete las coincidencias se disuelven. Es decir comparten los objetivos, pero no los instrumentos y mucho menos la asignación de los recursos que hacen que de las palabras se pase a las cosas.

Finalmente queda el discurso sobre el consumo como la única cosa que sostiene el mercado interno. Ese discurso implica promoverlo o sostenerlo con instrumentos y recursos (por ejemplo financieros). En segundo plano – pero lo más importante – está la idea que el consumo dispara la inversión.

En esta parte del discurso hay consenso sobre la alegría del consumo. Pero, excepto para los propios interesados, no hay fundamento teórico que – con lo demás constante – pueda sostener que esa promoción induzca a la inversión. Por el contrario en rigor alienta a la importación y ahí si hay una adhesión ilimitada de importadores y de armadores instalados en tierras de promoción. Es que por cada 1 por ciento de crecimiento del PBI las importaciones industriales suben 2,5 por ciento.

El discurso, como intención, está plenamente demostrado que tiene buen marketing  electoral.  Y “el relato”  – la versión estadísticamente modificada de los hechos – ha contribuido a fortalecer el marketing teniendo en cuenta que, sin lugar a dudas, ha habido, en todos estos años, un muy importante incremento del consumo (viajes, bienes, servicios) que lo ha palpado la mayoría de los habitantes. Hasta acá lo que quiso (o quiere) CFK, el kirchnerismo.

En realidad mirando los números, la realidad tal como es,  al presente que es el  punto de llegada de una gestión que puede o no tener continuidad en el futuro, la cuestión es que – más allá de las intenciones y adulteraciones conexas – lo que quiso o lo que quisieron, no se concretó en ningún caso. Es duro. Pero es lo que los números dicen.

En materia de inclusión, la pobreza bien medida (y diría observada con atención) está estacionada en el 25/28 por ciento de la población. En números  11 millones de argentinos. Es una cifra escandalosa. En 1974 el INDEC registró 800 mil personas bajo la línea de pobreza y 4 por ciento de la población.

Claramente estamos a años luz del registro “objetivo de mínima” que es retornar al punto más bajo de la serie. Estamos en los porcentajes de pobreza de la ominosa década de los 90. Pero como la población desde entonces aumentó, el mismo porcentaje nos indica que las personas pobres, lo que realmente cuenta, son ahora más que entonces.

El oficialismo sostiene, con razón, que cuando asumieron el gobierno (en la secuencia Néstor, Cristina, incluyo a Eduardo Duhalde y a Adolfo Rodríguez Saa ya que sin los segundos (default, devaluación, pesificación) los dos primeros no habrían sido los que fueron)  la pobreza era del 50 por ciento. Es verdad. Y fue, sobre todo durante  la gestión de Néstor, muy exitosa la superación del infierno del  50 por ciento. Pero se limitó a retornar a los 90.

¿No supieron o no pudieron? El único dato real es que la exclusión de los 90, en porcentaje, se ha mantenido promediando la segunda década de los 2000: más personas.

Este dato no es independiente de lo que realmente pasó en la década kirchnerista en materia industrial. Como bien señalo el presidente de la UIA el PBI industrial por habitante hoy está en los niveles de 1974. En buen romance atrasamos 40 años en materia industrial.

Por otro lado, casi en el final de la segunda década infame y desindustrializadora, en 1998 la industria representaba el 17 por ciento del PBI y luego de la innegable recuperación de la fenomenal caída de 2001, ahora en 2015 apenas representará el 15 por ciento del PBI. La recuperación se refiere al sótano y no a la Planta Baja y está a años luz de la terraza que es el lugar de las aspiraciones.

Las exportaciones industriales, en las que se suman como industria cosas que tal vez no lo sean para todo el mundo, este año retroceden fuerte.  Lo que no afloja es el saldo negativo del comercio exterior industrial que no baja – aun con industria en caída – de los 32 mil millones de dólares anuales.  ¿Quién lo paga? El sector primario.

La Argentina ha profundizado su especialización exportadora y su mono producción agrícola: exportamos soja – proteína vegetal – y dejamos de exportar carnes  – proteína animal.  Ni diversificación productiva: primarización sojera. Ni industrialización. No hay manera de sostener el relato industrialista con los datos: Salvo reconocer que la economía en su conjunto creció. Es verdad. Pero desde el último pico (1998) en términos por habitante crecimos el 1,3 por ciento anual. Poco y muy poco para nuestro país, aquí y ahora.

La estrategia, según el discurso y los hechos, fue el incremento del consumo en tanto medida excluyente del mercado interno. Y claro que el consumo creció. Para tornarlo parte de un círculo virtuoso, parte del discurso de CFK y ahora de Axel Kicillof, la idea es que el consumo habría de potenciar la inversión reproductiva.

Al presente (datos de la ultra oficialista FIDE) la inversión privada (la que según el discurso oficial es impulsada por el consumo) es apenas el 14,2 por ciento del PBI. Claro que en ese cómputo están, por ejemplo, las torres de Puerto Madero. Un dato curioso, los anuncios de inversión, según FIDE, para 2014 en el 53 por ciento son para actividades extractivas y la industria suma 13 por ciento de los anuncios. ¿Inversiones de industrialización? ¿O para explotar la naturaleza?

El discurso oficial, a la manera del más rancio neoliberalismo, supone que el consumo motoriza la inversión transformadora y no, por el contrario,  la consolidadora de la distribución del ingreso y de la dotación de factores preexistente. La consecuencia es la ausencia de diversificación y transformación. Menos industria y más naturaleza. Eso es lo que pasó. Pero lo dramático es que consolidar la estructura productiva es hacerlo con la social lo que genera la pobreza que sufrimos.

Lo anunciado no ocurrió.

¿Qué pasó? ¿No pudieron? No. El contexto externo no pudo ser más favorable en términos del intercambio que es lo que pudo financiar la transformación. El contexto interno no pudo ser más favorable: una mayoría electoral sólida y disciplinada, más un inicial alineamiento del movimiento obrero; y simpatías continentales. Pero además los adversarios del discurso industrialista estaban apichonados por el recuerdo de la catástrofe de los 90. Interna y externamente la sala de operaciones y la de espera eran ámbitos ideales para operar la transformación.

Quiso y pudo. No supo. Por ahí pasa la clave.

Siguiendo la tradición de las presidencias peronistas sin Perón, Isabel, Carlos Menem y lo que sigue, ninguno de ellos apostó a una concepción peronista de Perón (Perón del 73) que implica concertar (con todos los partidos y sectores) para diseñar una estrategia de largo plazo. Sin largo plazo no hay transformación y no se logra la inclusión y la industrialización.

Quisieron, pudieron y… ¿Cuál es la clave? Hace rato que en política económica los colegas son ortodoxos confesos o sin saberlo. Es decir procuran administrar en una dirección (cualquiera sea) las tendencias naturales de la economía (la dotación heredada de los recursos y la demanda histórica del mercado mundial). Confirman la estructura económica y social.

Candidatos y economistas giran en el verso. ¿Por qué? Todos – ahora también – terminan avisando que harán lo que sea para endeudarse. Que es lo mismo que hace el actual ministro. La diferencia que el de hoy disimula contratando en chino y los que vienen tienen menos pruritos.

Explotando los recursos naturales somos deficitarios en la industria, en el empleo, en la distribución y en capacidad de eliminar la pobreza.  Los datos lo prueban. La deuda permite que sigamos haciéndolo.

Hasta la Alianza (Miguel Bein, Domingo Cavallo) los ortodoxos gobernaban sabiendo que lo eran. Los que los siguieron son ortodoxos sin saberlo. La realidad les avisa tarde.

¿Qué va a pasar en 2016? Tal vez lo mismo. No porque los que vengan no quieran incluir e industrializar. La razón es, por sus dichos, todos son ortodoxos sin saberlo.

¿Cuál es la pregunta clave que deberíamos hacer?

¿ Qué va a hacer Ud. para llevar la inversión al 30 por ciento del PBI y volcarla preferentemente a la industria para exportar, hacia el interior del  país y para tener una infraestructura razonable? Dígame los objetivos. Pero fundamentalmente los  instrumentos y los recursos que va a disponer.

Se trata de instrumentos y recursos. Todo lo demás es discurso y relato.

Por lo pronto, de las favorables condiciones en la década, ninguna transformación ha acontecido.  Y ahora las exportaciones se desploman. ¿Viento en contra?

Cristina Kirchner afirmó que la crisis internacional nos obliga a sustituir exportaciones por la caída de la demanda externa y – agregó – que había que “sustituir exportaciones con más mercado interno”.

Aclaración: la transformación estructural, que lleva al desarrollo de las potencialidades del país y de las personas, es sustituir la oferta de exportaciones. Sustituir menos valor agregado exportado por más. Donde hay una oferta exportadora primaria hay que dar pasos en la cadena de transformación. Pero eso es el mínimo.

La verdadera transformación estructural es pasar de exportar productos primarios a exportar industria. La sustitución de la oferta exportable es cambiar el país que somos. Los países son lo que exportan. Somos primarios y deberíamos dejar de serlo.

La segunda cuestión es sustituir mercados. Otros destinos y demandas. En el presente tenemos pocos mercados y muy concentrados compradores.  Ampliar ese espectro es la política comercial progresista.

La presidente supone que el mundo se ha derrumbado. Es cierto que Brasil (-2 por ciento del PBI en 2015) y Rusia (-3,8 en 2015) caen, pero China crece 6 por ciento en 2015. En tanto el mundo – en promedio crece el 2,8 en 2015 y 3,1 por ciento en 2016. Lejos de un derrumbe.

CFK mira un panorama equivocado y saca un, equivocada conclusión: propone consumirnos aquello que exportamos. Eso es lo que cree CFK que es la sustitución de exportaciones. Y por lo tanto propone una política de confirmación de la estructura productiva. Que es lo contrario del progreso.

Se confirma que los oficialistas son ortodoxos sin saberlo, quieren conservar la oferta exportadora y ni imaginan la posibilidad de otros mercados. Pretenden seguir haciendo lo mismo y venderlo en el mercado interno.

Si tuviera éxito en la propuesta, seguramente otras producciones locales de consumo interno se desplomarían: serían las sustituidas. Toda sustitución razonable es para crecer y no para retroceder. Eso es lo que el oficialismo no ha comprendido en estos 12 larguísimos años. Ese es el problema.

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06 septiembre 2015

Quiso … pero, ¿no supo o no pudo?

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