¿Cambiar los resultados?

19 de septiembre de 2015

Carlos Leyba

“El PBI industrial per cápita está en el mismo nivel de 1974” ¡Qué noticia! La industria creció cuarenta años al mismo ritmo que la población. No somos una nación más industrial que entonces. Si se supone que el país crece, en las cifras por habitante, y la industria no lo ha hecho, entonces, el país se “desindustrializó”. La afirmación entrecomillada es del presidente de la Unión Industrial Argentina, Héctor Méndez, que así lo declaró al tiempo en que abandonaba el cargo. Esa es la noticia. La conclusión estadística es de quien suscribe.

Haber estado al frente de la principal agrupación empresaria del sector (UIA) y reconocer un estancamiento real de 40 años es la confesión del fracaso de los industriales argentinos en la tarea de defender la supervivencia y el desarrollo del sector. Pero, por lo menos, al final de su tarea ha reconocido la impotencia del sector al luchar por el crecimiento de la actividad.

Lamentablemente el dirigente metalúrgico Antonio Caló y su aliado Ricardo Pignanelli del SMATA, han contribuido entusiastamente a confundir a la sociedad reivindicando, no la bandera de la industrialización lo que comparto, sino la existencia y materialización de ese proceso que, con los dichos de Méndez, queda claro que es absolutamente falso.

Los empresarios, a partir de la cifra presentada por Méndez, se reconocen incapaces de defender lo propio y resultaron unos flojos si los juzgamos por los resultados de cuatro décadas.

¿Qué es lo que hace que sea esa la conducta empresaria? Una pregunta importante que, generalmente, se responde con una simplificación esculpatoria de las responsabilidades de la política. Se dice, “no hay burguesía nacional”.  Mi respuesta es que no hay burguesía nacional sin proyecto nacional, es decir, sin proyecto político nacional. Que es el problema principal.

Por su parte, el sindicalismo industrial, que tuvo en los metalúrgicos el liderazgo obrero (justamente en 1974 con José Ignacio Rucci) cuando la  industria vibraba y dentro de ella la automotriz era el motor más vigoroso en la realidad productiva, ahora tiene -en esos dos dirigentes- la representación del conformismo sindical industrial: se conforman con que haya aumentado un poco el número de afiliados cotizantes. Esos aportes a la organización les alcanzaron para creer que no vale la pena tener como meta la multiplicación del PBI per capita de la industria en 40 años. O por lo menos la duplicación del PBI industrial por habitante en estos doce años de maravillosos términos del intercambio.

La falla del sindicalismo de la industria fue no ser parte de la “columna vertebral”, como lo requería la doctrina de su fundador, sino cumplir el papel de una organización de intereses sectoriales. Papel importante pero insuficiente. El sindicalismo industrial deja de ser parte de la columna vertebral cuando abandona la lucha por el proyecto industrial de la Nación y se acovacha en el fortalecimiento de las cotizaciones. En mi opinión el proyecto político nacional sólo se puede forjar a partir de la presencia vertebral del sindicalismo. En última instancia nada se pone de pie sin columna vertebral.

La primera consecuencia de ese proceso de “estancamiento per capita industrial” es que el déficit industrial comercial externo anual no baja de 30 mil millones de dólares.

Un déficit que requiere para poder ser financiado, en las condiciones estructurales actuales, una de dos posibilidades: términos del intercambio tales que el sector primario pueda soportar esa pérdida; y si esos términos del intercambio no son tales, acudir al endeudamiento externo, apostando a la llegada en el futuro de los términos del intercambio necesarios para que la deuda no se convierta en un agobio.

La tercera vía es la recesión interna o el estancamiento por restricción externa. Ese estado es en el que hoy estamos.

Respecto del camino de la deuda, cabe mencionar que si la tasa de interés de la deuda externa supera la tasa de crecimiento del PBI, la tendencia es que la proporción de la deuda sobre el producto aumente constantemente. Eso ya lo vivimos. Hoy la tasa de interés internacional es baja, aunque para la Argentina ronda los 8 puntos anuales (Riesgo País 549 puntos). Y esa tasa puede tender a aumentar si finalmente la tasa de interés de los Estados Unidos aumenta. O bien reducirse si la Argentina mejorara su perfil de crédito en los mercados.

La tasa internacional está más para subir que para bajar en el futuro; y la mejora en el perfil argentino no está al alcance de la mano. Para la gente de Daniel Scioli la mano estirada es “negociar, negociar, negociar”; para la gente de Mauricio Macri y la de Sergio Massa es generar “confianza”. Express unos, con tiempo los otros. Parole, parole, parole.

En cualquier caso salir del estancamiento actual o de la recesión posible, con esta estructura productiva, sin mejores términos del intercambio, implica un incremento de la deuda y una tendencia a que la misma crezca sobre el producto. El dilema nacional sigue siendo: o desarrollo industrial o dependencia sea del alza de los términos del intercambio o apelar a la deuda o a la cesión de bienes para cancelarla. Duro. Pero es lo que dicen estos cuarenta años.

Los términos del intercambio que hemos conocido en la última década difícilmente se repitan. No porque la industria que importamos se encarezca, sino porque es poco probable que los precios de los productos primarios vuelvan – en el entorno de unos pocos años – a tener los valores que disfrutamos en la década kirchnerista.

Hoy, los precios de la soja, siguen siendo históricamente altos pero no son los que fueron en los primeros años del 2000; y la prueba es que no alcanzan y tenemos problemas de saldo de balanza comercial. A pesar de que ha declinado el precio de la cuota de combustibles que importamos.

En esas condiciones, y con lo demás constante, es probable que el único aporte que hagan los economistas del futuro elenco sea continuar el camino iniciado por Axel Kicillof.

El camino de Axel es tratar de resolver otra vez el problema por el camino de la deuda externa. Si. La deuda que contrae el actual ministro tiene – además de los instrumentos tradicionales que transitaron por el Club de Paris, el CIADI, el arreglo con Repsol y que se trancaron con el Juez Griessa – la originalidad de ser a través de un swap de yuanes por pesos. No hay magia. Los yuanes hay que devolverlos o compensarlos. Pero el problema es que nuestro comercio con China es deficitario. Y  no va a dejar de serlo. Con el problema que los precios de lo que le vendemos (soja) han bajado y el precio de los que nos venden no.

La última vez que pasó eso, al menemismo se le ocurrió la “dación en pago” que es pasar de la deuda a la privatización. Todavía hay recursos naturales. Atención. La última encuesta de opinión pública acerca de las relaciones internacionales nos dice que la mayoría de los encuestados imagina a China como la mejor potencia amiga. Aunque, por otro lado, la xenofobia campeona es la que se refiere a los ciudadanos de origen chino instalados aquí. En las entrañas del presente siempre está el futuro. Prestemos atención.

Es cierto que la estrategia CFK respecto de China va más allá  del crédito financiero que se anota en las Reservas. Incluye – como en el Pacto Roca Runciman – la provisión de bienes de capital y la financiación de infraestructura para exportar materias primas. Pero nada de eso mejora la cuenta del balance negativo externo de la industria. Es decir, la deuda Kicillof es – al igual que las previas – para paliar el déficit internacional de la industria. Y no para curar ese déficit generando una industria de exportación. Ese es el problema.

Es decir, mientras los términos del intercambio son favorables gozamos de una salud aparente y cuando ellos se deterioran administramos el remedio de la deuda externa que calma, pero no cura. Porque una economía – con este déficit comercial industrial – es una economía enferma o, si prefiere, débil. ¿Por qué no alimentarla?  ¿Qué pasó en estos 12 años?

El gobierno de Néstor Kirchner heredó el default que había decretado Adolfo Rodríguez Saa y la devaluación real que había aplicado Eduardo Duhalde. A caballo de esas dos decisiones, costosísimas en términos sociales e internacionales, el mundo comenzó el proceso de apreciación de las materias primas y de baja internacional de las tasas de interés. Los precios relativos y los compromisos presupuestarios cambiaron radicalmente y se tornaron favorables al proceso productivo local. El fisco recibió el impacto generoso de las retenciones.

Se aplicaron retenciones diferenciales a las exportaciones primarias para compensar la ventaja comparativa de ese sector respecto de la industria. El tipo de cambio devaluado habilitó la puesta en marcha de la industria existente, generó empleo y mercado interno, provocó el retorno de capitales fugados. Además las retenciones generaron un paraíso presupuestario de excedente fiscal. En esas condiciones la economía vivió un proceso intenso de recuperación.

Pero esos recursos fiscales, ganados a causa de las retenciones, de la devaluación con default,  no contribuyeron a facilitar crédito blando y de largo plazo ni incentivos tributarios para desarrollar el capital industrial sin el cual no hay ventajas dinámicas ni expansión del empleo de mayor productividad.

El saneamiento coyuntural de la economía no tuvo una cadena de transmisión en pos del saneamiento estructural.

La dinámica de los términos del intercambio financió la rápida recuperación coyuntural. Pero no dio paso a un proceso inversor. Hoy la tasa de inversión respecto del PBI está en 15 por ciento, pero en toda la década jamás pasó del 20 por ciento.

Esa dimensión del proceso inversor está más que alejada de la que corresponde a una transformación estructural que apunte a un proceso de industrialización que merezca el nombre de tal. Con esa tasa de acumulación es imposible transformar la estructura productiva, definida por una industria groseramente importadora y un consumo industrial patéticamente importador, en otra capaz de financiar en parte sustantiva sus importaciones con exportaciones de alto valor agregado.

Hemos destacado la asociación entre deuda externa y estancamiento del producto industrial por habitante. A cuento de esto viene la doctrina económica desarrollada por Guillermo Moreno y repetida por el actual ministro: cada industria importadora debe generar recursos por la vía exportadora. Lo graciosos, como llamarlo, es que la gestión K le exige a las empresas que demandan importaciones que por cualquier vía compensen las mismas. Es decir Usted fabrica carteras y necesita herrajes importados, pero no puede exportar carteras, entonces compra pescado y exporta pescado para compensar los herrajes. Aunque parezca una broma, ocurre. El ocio o la incapacidad de generar una política de industrialización exportadora se convirtió en el vicio del auto engaño de sustituir exportadores. El pescado no lo exporta la empresa que lo pesca sino el marroquinero que lo compra. Es decir reconozco el problema estructural pero me declaro incapaz de resolverlo. Conclusión: no hubo política industrial.

Es que la política económica se centró en incentivar el consumo. No hubo ni herramientas ni recursos específicos, es decir no hubo política, para alentar la inversión privada suficiente para mejorar la oferta interna.

El incremento del consumo sin respuesta productiva interna potenció la presión inflacionaria y – lo más grave – aumentó la elasticidad ingreso de las importaciones. A más producto mucha más importación. Todo bien mientras el precio de la soja aumentaba y todo mal cuando comenzó a declinar.

En esas condiciones la política excluyentemente centrada en el consumo es corto placista. Sin disponer de una moneda con la función de reserva de valor, lo que ocurrió – dado que se generó un excedente muy importante – es que, al ritmo del crecimiento, se fugaron 100 MM de dólares. Fuga que no trajo problemas de financiamiento en dólares mientras el saldo del balance comercial seguía siendo positivo gracias al crecimiento signado por términos del intercambio extraordinariamente favorables.

Todo cambió cuando el saldo comercial empezó a dar señales de agotamiento. Hoy estamos en ese escenario de agotamiento al que el cepo cambiario le ofrece un paliativo que no impide el estancamiento (declinación en términos por habitante) de la industria y el estancamiento de la economía.

Un comentario adicional. Así como en ausencia de términos de intercambio favorables y dada la incapacidad de la industria de generar sus propios recursos externos, para financiar el déficit de la misma, es necesario acudir a la deuda externa; el estancamiento de la industria genera una inexorable deuda social que se mide en términos de desempleo abierto y también en la necesidad de creación de empleo público compensatorio y planes sociales que, hasta aquí, no han logrado reducir los porcentajes de la pobreza.

Así como la debilidad de la industria genera 30 mil millones de dólares de déficit externo, no es menos cierto que a causa de su debilidad, la ausencia de inversión, tenemos una crisis de estructura social con 28 por ciento de pobreza y un escaso nivel de empleo en sectores de alta productividad. No envejece la población, envejece la estructura que lo educa y lo emplea.

Llegados a este punto ¿cuál es el futuro de la industria? ¿Lo define la trayectoria de los ya designados equipos presidenciables? Todos ellos participaron o en las gestiones menemista o de la Alianza o de Néstor Kirchner. Todas ellas tuvieron en común la ausencia de política pro inversión productiva y la continuidad de cuarenta años de estancamiento industrial por habitante. Por eso los antecedentes no son favorables. Pero la realidad manda.

Para cambiar el resultado hay que cambiar los instrumentos. ¿Lo harán? Todos podemos cambiar. Esa la esperanza.

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19 septiembre 2015

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