El monumento

10 de Octubre de 2015

Carlos Leyba

Finalmente  Perón tiene un monumento en la Ciudad de Buenos Aires. Han pasado 41 años de su muerte. Y en ese tiempo, entre democracia y dictadura, ocho presidentes llegaron al poder invocando que se ofrecían en su nombre. Ninguno de ellos hizo lo necesario para brindar ese homenaje: monumento en la Capital Federal. Ninguno de ellos procuró hacerlo. Y en mi opinión ninguno de ellos fundamentalmente cumplió con lo esencial del mandato.

La consecuencia de esa negación es que hoy el monumento ha sido inaugurado por el Jefe de Gobierno que representa a un partido que no reivindica ser tributario del legado de Perón. No es un hecho menor.

Es una metáfora de la negación y una semana antes de celebrar el día de la lealtad: el día porque en los 364 restantes, al igual que los hábitos, y no las promesas, de los regimenes de adelgazamiento, la traición “está permitida”. ¿Cómo entender sino las consecuencias de todos esos gobiernos?

Se trata de la metáfora del extravío de los hombres de la política que al mismo tiempo que invocan a la memoria del General para competir en las elecciones – dado que esa es la marca que fideliza millones de voluntades – en su intimidad, en sus hábitos, dilapidan el patrimonio histórico y por lo tanto no sienten la compulsión al agradecimiento a quien deben su existencia política. En realidad ellos son los habituales satisfechos de la “picardía criolla” que los ha llevado al poder: gritando en un lado y poniendo los huevos en el otro y a los resultados me remito.

Pobreza como mínimo de 1 de cada 4 connacionales; casi 4 de cada 10 personas trabajando en negro, es decir, sin derechos sociales y sometidos a la asistencia pública; restricción externa recurrente lo que provoca endeudarse en el exterior y transferir patrimonio a extranjeros, sean occidentales por dólares u orientales por yuanes: restricción que – por otra parte – se origina en la naturaleza de la primarización y de ausencia de desarrollo de la industria. No es obra de esta gestión: es la continuidad de todas las que pasaron y que sucedieron en nombre de Perón.

Un adelanto para ir picando: ¿adivina cuántos ministros de economía designados por los ocho presidentes llegados en nombre de Perón después de su muerte, eran peronistas militantes, confesos y leales, antes de ser ministros? No haré nombres. Pero la memoria ayudará. El super secretario de economía de Isabel, Ricardo Zinn, que marcó su gobierno, pertenecía básicamente a una secta esotérica que instaló una bomba neutrónica en el sistema económico y social cuyos pilares construyó Perón desde 1945, lo que nadie había hecho antes; Carlos Menem designó cinco ministros y ninguno de ellos era peronista antes de ser gobierno; los Kirchner designaron a ocho, dos de ellos militantes anti peronistas, uno de la UCD y el otro marxista: de los seis restantes tres eclécticos (con pertenencias multiples y protagónicas), los restantes eran funcionarios que estaban ahí y subieron un escalón. Ninguno de los ministros provenía de los cuadros partidarios, por otra parte, de un partido que con el triunfo en 1989 comenzó su extinción.

Dicho esto ¿por qué esperar, de esas designaciones, políticas inspiradas en el paradigma económico del fundador? Era de enorme ingenuidad tener esa esperanza. Conclusión: llegar con la bandera y los votos que garantiza el uso del nombre de Perón no asegura que las políticas económicas y sociales sean “peronistas” sino más bien todo lo contrario y es – a mi criterio – lo que ocurrió en cada uno de los casos en estos 41 años. De lo contrario lo que vivimos sería inexplicable.

Ninguno de esos ocho presidentes, que llegaron gracias a decirse peronistas, hubiera siquiera abrazado la posibilidad de acercarse, en una compulsa electoral, con alguna suerte si no lo hubieran hecho al compás del ritual peronista y asegurando ser los verdaderamente fieles a su legado. La expresión más cruel es “Síganme no los voy a defraudar”

Ninguno de ellos – otra sería la actualidad nacional – tuvo la decisión, la capacidad, la voluntad – no supieron, no pudieron, no quisieron – de continuar, profundizar – el último mandato del líder que invocan. El mandato de época que sucedía a su definición de “peronistas somos todos” y que implicó la concertación de las Coincidencias Programáticas de 1972.

Hoy y aquí ha quedado definitivamente instalado que ninguno de todos ellos, todos esos presidentes, tuvo la gratitud de promover el homenaje que – en general – los pueblos ofrecen a las personas que han marcado la historia positivamente y que las personas de bien agradecen. Hay más.

Recordemos que no solamente la inmensa mayoría de los que llegaron a cruzarse la banda presidencial sobre su pecho llegaron usando el nombre de Perón. También lo hicieron la inmensa mayoría de los gobernadores, funcionarios nacionales, legisladores de todas las jurisdicciones, embajadores políticos que ejercieron poder y representación desde 1974 a la fecha.

Los dirigentes, la clase política de la Argentina, en su inmensa mayoría dice ser (o haber sido) peronista. Y sin embargo no rindieron el homenaje que hoy se ha tributado. ¿Es distracción, destiempo? ¿Hay razones profundas para no haberlo hecho? ¿Qué cosa denuncia, qué cosa exhibe esa actitud?

Más allá de las cuestiones de travestismo y borocotización, que sufre la política en general, toda vez que la tarea de la “lucha por la idea” se convierte en la “lucha por el cargo”, denuncia que esta inmensa mayoría de hombres del poder han gozado, y se puede comprobar con muy poco esfuerzo, de condiciones materiales de vida mejores que las que, en general, podían proyectar para sus vidas sin el paso por el poder. Es un dato.

La política, sobretodo en la máquina del peronismo, se ha convertido en una agencia de colocaciones y hasta ha enfermado de nepotismo. Son pocos los que vieron descender su nivel de vida después de su paso por el poder. Pero esta enfermedad no es de origen: es de llegada.

El poder abre puertas y muchos de estos personajes pudieron abrirlas a partir de la adscripición al peronismo sin la cuál el acceso les habría estado vedado o cuesta arriba. Pocos de los que han llegado pueden exhibir meritos logrados en las mismas especialidades antes de su paso por la política. No ha regido un proceso de selección por méritos.

Esta verdadera desgracia, en parte, es consecuencia de la agonía de los partidos que, estos mismos dirigentes, se encargaron de acelerar. Es cierto que la política ha traído personas famosas en otras lídes, entre otras cosas por haber estado alejados de la política desde jóvenes. El fenómeno de los famosos en la política es, finalmente, un proceso de cruza cuyos resultados a la fecha no suenan demasiado exitosos: no se observa vigor hibrido y la cruza no los ha mejorado.

En definitiva los miembros de esta nueva clase política tuvieron y tienen, buenas vidas la mayoría gracias a ese paso. Y tal vez muchos podrán brindarles buenas vidas a sus herederos. Los gozos personales no se proyectaron en gozos colectivos, al menos, no en los términos del doctrinario peronista.

En síntesis la clase política, hoy en su mayoría peronista, gozosa del poder en los últimos 41 años, no sintió la obligación del homenaje de agradecimiento a quién le brindó el acceso al poder y quien, al brindarle el acceso al poder, les mejoró las condiciones de vida a cada uno de ellos y a sus hijos. La adscripción a la marca les brindó progreso individual y – por los resultados – no nos brindó progreso colectivo que, en definitiva, era el propósito de Perón al formar una fuerza política. Como dice Julio Barbaro el ejercicio del poder simplemente expone lo que se es.

A esta altura y a propósito de este homenaje monumental, es bueno recordar que hay dos versiones del concepto de “poder”.

La primera es la del poder sustantivo. “El poder” que se tiene y que, una vez alcanzado, se trata de mantener. Parapetarse en el poder para mantenerlo. El poder como atributo personal. Como tenencia patrimonial. La mejor expresión de ese concepto la formuló el General Alfredo Stroessner, el dictador paraguayo, que interrogado por Julio Aurelio acerca de cómo había logrado mantenerse en el poder durate 30 años, dijo “el poder no se usa, se abusa”. Donde hay abuso de poder hay el concepto de poder como patrimonio que no se abandona.

La segunda versión, absolutamente contradictoria con la primera, es la del poder verbo. El poder para poder hacer las cosas. Esa idea de poder supone la existencia de un programa y un compromiso. Se procura el poder para hacer, para realizar un programa. Una tarea que se pone en marcha o, si se dan las condiciones, se concluye para abrir otras tareas en la misma dirección. El poder se define en la realización. Es el poder como servicio. Es la filosofía del poder que nos manifiesta el Papa Francisco.

Cuando se llega al poder sin programa, o cuando se llega bajo una bandera que lo tiene implícito y ese programa no se pone en marcha, entonces la aspiración al poder es claramente patrimonial y no para hacer.

Estoy sugiriendo que la omisión de no haber promovido en tiempo y forma el homenaje obedece, en última instancia, a la filosofía del poder patrimonial y a la renuncia al ejercicio del poder verbo. Los hechos lo demuestran.

Este episodio del homenaje de un monumento en la Ciudad de Buenos Aires, no ha tenido por ejecutores a dirigentes políticos que le deben al General Perón los muchos años de buena vida que han disfrutado a partir de los cargos no solo para ellos sino también para muchos de sus descendientes.

No es entonces un homenaje de agradecimiento por los favores recibidos. Ninguno de los hombres públicos de la política, con figuración destacada a partir de la muerte de Perón, ninguno de ellos se ocupó de un homenaje deesta dimensión. Hay alguna excepción que mencionaremos. Hablamos de la inmensa mayoría, como se suele decir del 99 por ciento de esas figuras que, en algunos casos con su propio patrocinio, los tenemos hoy a perpetuidad con sus nombres en calles, plazas, estadios, auditorios, escuelas y cuantas cosas mas.

Insólito, los que le deben todo lo que fueron o lo que son a Perón, han preferido brindar homenaje, a veces en vida, a sus parientes, socios o amigos antes que al propio Perón. La omisión, que de eso se trata, está revelando la verdadera relación íntima que explica las políticas llevadas a cabo durante todos esos períodos.

Esa relación íntima es, en definitiva, que el peronismo – entre los actuales dirigentes con algunas excepciones – se ha convertido en un vehículo al acceso al poder patrimonial. Y punto.

Antonio Cafiero – que nació a la política peronista – es la gran excepción. Trabajó durante años con el afán de ver un monumento a su líder en la gran ciudad. No pudo concretarlo. Toco todas las puertas a la búsqueda de recursos y el apoyo imprescindible. Llego hasta la Casa Rosada y con lagrimas escuchó de la boca de la Presidente de la Nación que no tendría su apoyo. A la salida de la Casa lo esperaba un amigo, uno de los que lo acompañaron siempre y hasta el final, y es él el testigo irrefutable de esta anécdota pequeña, breve, pero confirmatoria de la relación de los beneficiarios de la herencia del capital político de Perón con quien les dio la posibilidad de hacerse del poder.

Antonio, sin duda, habría estado presente en la inauguración del monumento realizada por el Jefe de Gobierno de la Ciudad. Habría pronunciado un discurso vibrante. Habría silenciado el dolor que le causo aquella respuesta negativa. Pero seguramente habría interpretado el homenaje del adversario, en última instancia, como un nuevo triunfo de la doctrina y de las nuevas ” verdades peronistas” que animaron de otro espíritu a su cultura.

La síntesis del acto de homenaje es la comprensión de la superación que implica la modificación de esa norma doctrinaria que, desde 1973, dice “para un peronista no hay nada mejor que otro argentino”. Eso es lo que se manifestó el abrazo sincero de Juan Perón y Ricardo Balbín. Este monumento es la prolongación de esa doctrina y de ese abrazo.

La voluntad y la presencia de dos pilares de la columna vertebral, a la que Perón aludió expresamente al declarar con sabiduría profunda que su único heredero era el pueblo, pareciera que cierran el ciclo con que el mismo Perón reconoció en 1972 “en Argentina somos todos peronistas”.

Esa definición significa en buen romance que las banderas de Justicia Social, Independencia Económica y Soberanía Política, para su realización necesitan de la voluntad, el trabajo y el compromiso de todos los argentinos de buena voluntad. Y que poco importa quién disparó esos propósitos.

Por eso este monumento hecho por “los otros” es lo mejor que podría haber ocurrido, entre otras razones, porque se inscribe en el Encuentro al que convoca nuestro Papa que es lo único que terminará con este desencuentro espiritual que nos domina y anula las energías creativas capaces de construir la Nación que le debemos a nuestros mayores.

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10 octubre 2015

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