EN EL HORNO

31 de Octubre de 2015

Carlos Leyba

El domingo pasado entramos al horno. El país ingresó a tres semanas de cocción. Y como la receta es nueva, nuestro primer balotaje, nadie sabe siquiera calcular cómo habrá de transitar el tiempo en éste horno; y menos cómo habrá de terminar. Las dos cosas importan; y la primera condiciona la segunda.

La semana pasada en esta misma columna dijimos, cuando el balotaje estaba en duda, que “El balotaje marcaría el renacimiento de la política del acuerdo en los campamentos de los dos competidores. Lo nuevo será otra fuerza opositora aunque con el mismo candidato. Y también un oficialismo con mas definición: o se descarga el lastre o el peso de arrastre puede ser muy alto para poder correr”. Veamos.

Desde el primer día posterior a la primera vuelta observamos, en el oficialismo, los primeros platos rotos. Cristina no sólo no recibió a “su candidato”, por otra parte ganador por el hocico, sino que ratificó su amor por el candidato que logró que el peronismo sea barrido de la provincia de Buenos Aires; y que también fue el responsable que los aliados provenientes del Partido Comunista, los hermanos Sabatella, hayan perdido sus bastiones. Aníbal Fernández siguió siendo el preferido del diálogo presidencial.

Es decir la bolsa que, caída en la cubierta de la nave oficialista, tiene pegada el cartel de “lastre” sigue ahí ; y con más fuerza si nos guiamos por el “no te recibo” y le sumamos el “no te nombro” que le propinó Cristina a Daniel.

CFK y el nuevo protagonismo de su hijo Máximo, nos informan hasta hoy, que el oficialismo no se desprenderá, en la mar,  del lastre electoral identificado sino que seguirá poniéndolo casi como estandarte de las vanguardias que habrán de patrullar el conurbano. Van a lanzar un patrullaje copiando el método de Mauricio y María Eugenia: te llamo, timbre, hola. Casa por casa. Cambio de método para la continuidad del gobierno.

El conurbano define la segunda vuelta. Son varias razones para esa afirmación. Primero porque allí está concentrada la mayor cantidad de votos en una sola geografía; segundo porque allí están los votos del tercero en discordia, Sergio Massa; tercero porque allí ocurrió la anomalía “Vidal” del voto a una mujer joven y no peronista; y cuarto, porque allí sigue en pie gran parte de la máquina electoral del aparato oficial sostenido por el dinero público. Al menos cuatro razones para pensar que es una nueva elección.

Nueva elección en la que el oficialismo, el que define CFK y no Daniel Scioli, ha optado por la filosofía del impresentable “Durán Barba” que, traducida al oficialismo, es ser “más K que nunca”. Eso es lo que vemos hasta hoy.

En términos de nuestro comentario de la semana pasada significa que “el peso de arrastre puede ser muy alto para correr” . Pero el oficialismo supone que el peso propio, que es una traba para correr hacia el futuro, sirve para aplastar a los que vienen. El peso, el lastre, es el material para construir la ciudadela de la continuidad.

Esa es la manera de hacer de la debilidad “la fortaleza”. Hay que recordar la campaña de Fernando de la Rúa “dicen que soy aburrido”. En términos de la lectura de la derrota de Aníbal significa que el kirchnerismo ha decidido profundizar: aquí nos quedamos. ¿Dicen que somos esto? Sí somos esto y más.  Nada de cambio. Todo sigue.

Y no sólo en términos de campaña sino en términos de política económica del proceso de transición ya iniciado. La política económica, si se la puede llamar tal, profundiza todos los riesgos dando la señal de que habrá continuidad hasta que “la muerte nos separe”. Ya veremos.

Este diagnóstico de CFK sobre la provincia de Buenos Aires supone que la máquina del conurbano está identificada con ella, y si la campaña sigue anclada en la reivindicación de la “década ganada”, esa maquinaria se pondrá en marcha con más entusiasmo. No le falta razón. Hay que escuchar a las “orgas” duras de los K para ver que lo que los aglutina es el pasado.

Por otra parte “la anomalía Vidal” no estará presente y aunque Aníbal Fernández siga poniendo la voz y la cara cada mañana, no habrá nadie para capitalizar la bronca, antipatía o miedo que genera.

Lo que está detrás de esta estrategia es la convicción, en el kirchnerismo duro, que gran parte del voto de Massa migrará hacia el voto a Scioli.

Es decir que, la clara indefinición de los dirigentes massistas, tal vez con la excepción de José Manuel de la Sota, es un voto por Scioli que mantiene en cubierta a lo que fue su lastre electoral y a pesar de saber que el lastre está en cubierta será el primero en desembarcar y tomar posiciones una vez llegados a puerto.

En la primera vuelta, el 65 por ciento votó por “no a la continuidad”. En el laboratorio político del kirchnerismo, sacaron la conclusión que infundir certezas del terror que aseguraría el cambio encabezado por Macri es la vía del éxito. Si el miedo a Aníbal catapultó a María Eugenia, dicen, el miedo al Macri del ajuste, empujará a Scioli. Metamos miedo al futuro.

Por eso la campaña por la continuidad es la de la reivindicación del pasado. La fórmula continuidad más miedo, busca sumar a los votos del oficialismo los votos del massismo, cuyos dirigentes, con pocas excepciones, con sus ambigüedades y críticas a la otra alternativa, están cultivando esa chacra.

Conclusión: Scioli no solo no tiró el lastre sino que lo hizo combustible para navegar el último trecho; y los hombres de Massa, no todos, están empujando en esa misma dirección. El sendero está hecho y es razonable que las ovejas perdidas vuelvan al redil.

No está confirmada una derrota del oficialismo en el conurbano aunque parezca extraño, justamente  porque Scioli, contra todas las expectativas, aún no tiró el lastre.  Está parapetado detrás del lastre. Sus últimas declaraciones lo confirman.

Dijo que la decisión de Thomas Griesa de aumentar la deuda por default a 8 mil millones de dólares tenía que ver con el clima de expectativas que generó la performance de Mauricio Macri  a quién asoció con la Alianza que derrotó a Menem a fin del SXX.

La Alianza, en palabras de Scioli, fue la madre de las derrotas de la Nación. Y no se equivoca. Pero, falto de información, Daniel ignora, seguramente, que su economista de cabecera (lo llevó mientras lo dejaron a todos los programas) es Miguel Bein quien fue el inspirador y ejecutor del programa de la Alianza con la rebaja de sueldos y jubilaciones, la tabla de impuestos y el Blindaje. El que ha elegido el camino económico de la Alianza es Scioli. De la misma manera que Scioli es un hombre del menemismo que privatizó el país.

Scioli ha sido, es y será la continuidad: Menem, la Alianza, Duhalde, Kirchner, Cristina. Nadie puede dudarlo. Y puede ganar como lo hicieron los mencionados.

¿Qué es lo que está pasando del otro lado? La semana pasada, antes de la elección, imaginamos que la oposición después del balotaje se transformaría en “otra fuerza opositora aunque con el mismo candidato”. ¿Hay en marcha una nueva fuerza opositora? No.

Para esta batalla electoral el ejército de Cambiemos permanece en descanso. Es cierto que en los últimos discursos de Mauricio Macri han surgido reconocimientos al valor de las banderas del peronismo de Juan Perón mencionándolas expresamente; no es menos cierto que ha manifestado más cordialidad con el sindicalismo de Hugo Moyano que con el sector empresario; y no es menos cierto que en Cambiemos incluyó al partido FE de Gerónimo Venegas el líder de los trabajadores rurales y que además inauguró el monumento a Perón que Cristina Kirchner se negó a levantar en la Ciudad de Buenos Aires.

Pero no es menos cierto que, en los votantes peronistas – en su mayoría – Macri no despierta la más mínima simpatía ni se le ofrece la más mínima mirada concesiva.

Es el “niño rico”. No por haber heredado una fortuna derivada de la Patria Contratista a quien todos tenemos identificada como la cuna del saqueo de la Nación. No. Porque, seguramente, fortunas procedentes del saqueo se cuentan por varias decenas en las huestes de los aliados al oficialismo. Tampoco por la exclusividad de posiciones oligárquicas en  la vida. Haber visto la foto de los jets de gobernadores que aterrizaron en Tucumán para la jura como gobernador de un hombre muy rico que sucede como gobernador a otro hombre muy rico, pone en evidencia que no es el tener plata, o vivirla a cuerpo de rey, como le sucede a legiones de dirigentes del oficialismo, es algo que le quite a ellos los votos del peronismo. No. No son los hábitos lo que se vota. Tampoco los votos castigan las fortunas. Porque si sumáramos las fortunas declaradas, más las ocultas, procesadas adecuadamente por los modos de vida que es la mejor manera de interpretarlas, seguramente el oficialismo sería el partido de los ricos.

No es eso lo que diferencia a Macri de Scioli. Y menos si se tiene en cuenta que Franco, el padre de Mauricio, es partícipe necesario de la estrategia geopolítica mayor del gobierno K: la alianza con China. Franco Macri ha cometido gran parte de esta aproximación al Oriente Pagano que ha sido una forma de migración geopolítica entre otras cosas.

En síntesis no es por la sustancia oligarquica, que en todo caso comparte con el oficialismo, sino con las formas o la historia asignada: la construcción del candidato opositor.

Esa construcción la del “niño rico” que quiere “volver al pasado”: ir para atrás y eso lleva a la Alianza y al menemismo. En definitiva, a la convertibilidad, el atraso cambiario, la desindustrialziación, la privatización del Estado, el desempleo, la pobreza, y el endeudamiento.  Aunque el hombre no lo diga es lo que le endilgan.

No importa que Daniel Scioli haya sido menemista a full y que haya contribuido a todos los males de la convertibilidad que hemos enunciado y tampoco que Bein haya sido, junto a Diana Conti por ejemplo, líderes de la Alianza. No importa. Tampoco que, como todos saben, sin los Kirchner en los 90 no hubiera habido privatizaciones. Y tampoco importa el silencio de todos los mencionados sobre el tema de los derechos humanos hasta prácticamente 2003. No. “Hombres necios que acusaís” Ni más ni menos.

En términos de trayectoria ni Scioli ni la mayor parte de la dirigencia oficialista, hay honrosas excepciones, tiene derecho – por limpieza de sangre – a acusar a Macri de lo mismo de lo que ellos son responsables.

En todo caso podrán señalar que sus propuestas, su filosofía, responde a algunas de esas concepciones. Es así.

Pero no en lo que hace a la convertibilidad o el atraso cambiario actual, es decir, de la propuesta de continuidad. Tampoco en lo que hace a la desindustrialización y la pobreza, que es la consecuencia de las políticas actualmente aplicadas y que se prorrogan en la continuidad. Y tampoco de la política de privatización de los recursos no renovables como la certifica la minería y también la política energética incluida la mitad de YPF que, en la práctica, habilita a la privatización del recurso. La no creación de empleo, la ausencia de inversión, también son parte del discurso de la continuidad. Y queda el desendeudamiento.

No cabe duda que el gobierno nacional, la gestión K, ha logrado entregar una economía con menos deuda externa que la que recibió. Recibió una economía en default pero técnicamente deja una economía en default como consecuencia de la gestión del canje de 2005 y 2006, uno de Néstor y otro de Cristina. Y además, si bien en pesos, el compromiso de deuda del sector público es grave.

La continuidad no representa un programa de salida como el de 2003 que aprovechó el envión. Representa la continuidad de nuestros días. Hasta que no se diga lo contrario. Y Scioli no se ha manifestado al menos en esta semana y todo parece indicar que así seguirá. Lo nuevo es que se ha mimetizado en el relato más el discurso denostador del adversario.

Macri, hasta ahora, sigue en la vía estrecha de no incorporar una propuesta transformadora respecto de la estructura económica que es el transporte necesario de todos los males. Es la alternativa a la continuidad. Y si bien la continuidad carece de destino porque de seguir se agota, la pregunta es  ¿cuál es el futuro de la alternativa? Poco importa la crítica que le hacen a la persona Macri. Lo que importa es la incertidumbre que genera su pensamiento de largo plazo. Pero la misma consideración le cabe al propio Scioli y al kirchnerismo.

Estamos en el horno. Lamentablemente no porque se está cocinando un plato que merecería ser servido y degustado, un plato sabroso y capaz de alimentar el futuro. Ninguno de los dos pollos representa eso. Uno, bastante traqueteado, hule a muy pasado. El otro, aparentemente nuevo, huele a cáscara vacía.

Lo que está pasado, en general, tiene pocas posibilidades  de arreglo. Y lo que está vacío, en general, puede ser llenado. Pero hasta ahora no hay la más mínima señal de arreglo ni de llenado. Por eso estamos en el horno. Puede que en estos días exista un luz que indique que la continuidad representa salir del horno sin quemarnos, lo que sería notable. O bien que exista una luz que diga que salir del horno cambiados represente una posibilidad, al menos, de construir el futuro. Hasta ahora silencio. Tal vez no escuchamos porque estamos en el horno.

compartir nota
31 octubre 2015

EN EL HORNO

Los comentarios están cerrados.