Condición necesaria II

7 de Noviembre de 2015

Carlos Leyba

La primera aclaración acerca del ballotage es que ninguno de los dos candidatos responde estrictamente a lo que dicen representar. Ni Daniel Scioli es “el candidato” del oficialismo; ni Mauricio Macri lo es de la oposición. Me explico. El oficialismo es un mix de ideologías, intereses particulares y personas de carne y hueso con su historia y sus deseos. Sin duda Néstor y Cristina constituyeron el oficialismo en una amalgama sólida con ellos.

Habrá quienes, por ejemplo, quieren controlar y limitar la tasa de ganancia de las empresas; y también quienes procurarían un campo más cómodo al capital nacional e internacional.  Pero están en proximidad a lo que lleva a cabo Axel Kicillof. Unos y otros adhieren al modelo cultural de una suerte de revisionismo integral en lo histórico y en los hábitos, que incluye la lucha por la despenalización de la droga que encabezó Aníbal Fernández. Por eso muchos “progres” de la cultura militan en el kirchnerismo. En lo político, el núcleo duro, sostiene la dicotomía de Patria versus Anti Patria: exclusión, antagonismo militante al consenso y a la concertación.

Scioli, mas allá que comulgue con ese trípode o no, no representa eso en el imaginario popular. Y por eso Cristina no lo hizo su candidato. La disciplina que pueden imponer los dirigentes le garantiza a Scioli el voto duro del kirchnerismo que espera dominar el gobierno de Scioli. Por eso apuesta.

Al voto del núcleo duro, hasta ahora, se le han sumado aquellos que no comparten ese trípode y ven en Scioli algo diferente a Cristina en términos de diálogo, en términos de Kicillof y en términos de Carta Abierta. La primera vuelta nos informó que, de este elenco, a causa de Aníbal Fernández y a causa del látigo discursivo de Cristina más las vacilaciones de Scioli, se sumaron menos que los que la “lógica de las encuestas” esperaba.

El oficialismo no tiene un candidato propio: ni en lo económico, ni en lo cultural y ni en lo político. Eso es lo que creen muchos de los que votan a Scioli. Lo que si tiene el oficialismo es un candidato al que le han impuesto todos los cargos electivos. Y esperan controlarlo además de haber sembrado, antes de la partida, todos los elementos de control posibles.

Pero la oposición tampoco tiene “su candidato”. Detrás de la palabra “oposición” y del voto a Macri, hay una enorme diversidad de pensamiento económico, por ejemplo respecto del papel del Estado en la economía, y enorme diversidad de visiones sobre nuestro pasado inmediato y las implicancias culturales e ideológicas hacia el futuro. Hay una cierta unanimidad sobre la idea de la función positiva del diálogo, del consenso, de la institucionalidad y de la inexistencia de una idea Patria versus Anti Patria para poder definir cuestiones esenciales.

Este aspecto “político-institucional” es el patrimonio común de la oposición y del voto a Macri. Un aspecto que se comparte con un sector del voto a Scioli. El sector no kirchnerista y el sector del peronismo tradicional que está en tránsito hacia una nueva renovación del peronismo.

Macri no representa a “la oposición” o siquiera a un “núcleo duro” de ella. Y no lo representa porque no lo hay. Y Scioli no representa al enorme núcleo duro del oficialismo que sí existe.

El eventual triunfo de Macri supone la llegada de un método de gobierno, lo que es común en toda la oposición. Método que torna posible de ser ejecutado porque una parte del oficialismo (no el núcleo duro) está disponible para ello y a la búsqueda de ser parte de ese proceso.

Lo más difícil será definir un programa de corto plazo con ese método por la urgencia de ponerlo en marcha.

Entonces el corto plazo será gerenciado en función de los anuncios de los principales asesores. Y ese corto plazo, el grado de contradicciones que genere, determinará la potencialidad del diálogo, es decir, la riqueza del método.

El eventual triunfo de Scioli, a quién también le urge el corto plazo, implica la puesta en marcha de una serie de decisiones aunque con muy pocos grados de libertad. El condicionamiento que le impone la estructura oficialista lo obliga a “no agredir la continuidad” es decir a realizar movimientos que “no se noten”. La estructura oficialista no le permitirá ejercer el acuerdo con “los otros” para producir cambios, si es eso lo que desea. No sin una previa ruptura con el núcleo duro. La continuidad del núcleo duro le impedirá los cambios y los acuerdos.

Si Scioli gana, tendrá que construir “un oficialismo” y Macri una oposición.

Esta segunda tarea, gracias a la coincidencia en el método, parece más llevadera que la primera porque esa tiene solo dos términos: o la adhesión a “lo que hay” o la transformación del kirchnerismo en sciolismo lo que parece bastante más difícil.

Veamos, en materia económica, la experiencia del fin del menemismo. Una política muy estructurada en torno de la convertibilidad de la que la Alianza fue su continuidad. Una continuidad votada, a pesar de las críticas, básicamente por el miedo al cambio. Toda la campaña del kirchnerismo hoy es idénticamente igual, conceptualmente hablando, a la del menemismo contra la Alianza. El miedo a cambiar. Y la de la Alianza fue la campaña de la continuidad, es decir, igual a la campaña de Scioli. Macri vendría a ser Eduardo Duhalde y Fernando de la Rúa sería Daniel. Todo igual pero al revés. Por eso vale la pena recordarlo.

El fin del menemismo con recesión, desempleo, pobreza, fuga y necesidad de dólares, patética enfermedad causada por el 1 a 1, estalló gracias a la profundización del “modelo” impresa al retorno, en el marco de la Alianza, del padre de la criatura que instaló el cepo al peso que fue un intento de cepo al dólar. Cavallo terminó con la bestia por exigirla tanto.

Primero de la Rúa había intentado preservar la convertibilidad con José Luis Machinea, Miguel Bein y Debora Giorgi. Bajaron salarios, jubilaciones y aumentaron, vía “la tablita”, el impuesto a las ganancias; hicieron votar la flexibilidad laboral y acudieron al “Blindaje”. Creían en el sistema y que podía reformarse por partes. Sabemos que los sistemas, cuando no funcionan, se rediseñan. Fracaso anunciado.

Luego el Frente Grande, Carlos Chacho Álvarez y los actuales legisladores, Juan M. Abal Medina y Diana Conti y Nilda Garré, acudieron a Cavallo para salvarla y devino el fin de la continuidad.

Daniel Scioli, al igual que de la Rúa, promete la continuidad con Miguel Bein uno de los mentores de la Alianza. Continuidad con reformas. ¿Volverá Kicillof como volvió Cavallo?

En 1999 el que quería cambiar era Eduardo Duhalde con moratoria para la deuda y la “salida del 1 a 1”. Ganó el miedo a la discontinuidad. Pero la realidad hizo su trabajo. Scioli mete miedo a la no “continuidad” y propone reformas tibias igual que con la Alianza. Entonces volvió Cavallo y explotó la bomba que había colocado en 1991. Eso permitió la nueva edificación. “Los sistemas no se reforman, se rediseñan”.

Scioli, programa de corto plazo, no va a devaluar en función de inflación atrasada, no va a salir del cepo o del control de cambios. Va a devaluar fiscalmente, menos retenciones y mas reembolsos. No continuará la estrategia de revaluación del peso. El tipo de cambio será administrado con los datos de la inflación real en curso, tocando la tasa de interés, introducirá el ajuste por inflación en ganancias y bienes personales. Habrá mejoras para la exportación y algún desaliento a las importaciones de bienes y de servicios sustituíbles.  “Competitividad de a poco”. En el mientras tanto, sin dólares de exportación, procurará conseguir financiamiento externo, en principio y según Beín (declaraciones televisivas a Máximo Montenegro) arreglando con los holdouts con quita de 30 o 40 por ciento, y procurando un blanqueo más amplio y generoso que el vigente. Para memoria: en 2002 Jorge Remes se movió 40 por ciento y la presión lo llevó a 4 y de allí aterrizó al doble de la primera movida.

En esas condiciones la “competitividad” cambiaria seguirá siendo poco favorable a la exportación de valor agregado en la Argentina; y muy favorable a la importación de valor agregado fuera de la Argentina. Quien no tiene precio para exportar difícilmente lo tenga para competir en el mercado interno.

Scioli va con fe de recuperar competitividad con poco más que tiempo y buena voluntad. Tiempo en marcha lenta para que se acomoden los melones solos, los que, antes de acomodarse, se pueden quemar. La buena voluntad, en este caso, es una apelación a los mercados que – luego de la paz con los Buitres ya comentada – creen abrirán el bolsillo de las finanzas occidentales. Con más caja “el ancla cambiaria” bajará la inflación. Con inflación en baja y fondos en alza, el sciolismo afirma que las inversiones llegaran a manos llenas; y colorín colorado el problema se habrá acabado.

Estamos no como en 1999 pero en estancamiento, inflación, sin creación de empleo, con caída de exportaciones, déficit fiscal y agotamiento de reservas. Hay que llegar a la otra orilla para poder crecer, estabilizar la economía, crear empleo, aumentar las exportaciones, reducir el déficit fiscal y aumentar las reservas. El río a cruzar no es manso. Scioli nos invita a cruzar en el barco de la continuidad. Con el mismo coraje y la misma disputa íntima de la Alianza tan temida.

En la misma realidad está Mauricio Macri . El Bein de Macri es Alfonso Prat Gay.

Prat espera de las “metas de inflación” resultados sorprendentes. Cita su experiencia como Presidente del BCRA de Duhalde y Néstor. Recuerda que la inflación pasó de 40 a 4 por ciento. Cierto. Pero  teníamos una demanda deprimida a causa del 48 por ciento de personas bajo la línea de la pobreza y una oferta excedente en todos los sectores por la deflación. Estabilización sí. Ajuste por pobreza también. Heredada pero cierta.

Las políticas sociales, de Duhalde y Néstor, redujeron la pobreza y después del 4 por ciento, la inflación se duplicó año tras año hasta inspirar al cepo de Néstor al INDEC en 2006. La demanda crecía y la ausencia de inversiones no generaba la oferta necesaria, aunque los dólares sobraran y años después huían en tropel.

La recuperación del nivel de actividad y del empleo, los superávit fiscal y externo, que se lograron con Néstor pos default, devaluación y boom de precios de los exportables, no fueron la consecuencia de un rediseño profundo de la estructura económica sino de la administración de la oportunidad. La característica central de un rediseño es la inversión del 30 por ciento del PBI si se quiere transformar la realidad. No ha sido así. Todos los problemas de la continuidad surgen de la ausencia de un programa de largo plazo consistente. Para repetir la experiencia de Prat hay que recordar el shock de pobreza, el default, la devaluación y la soja ascendente. Nadie lo quiere.

Prat propone la liberación del mercado cambiario. Supone que los precios tienen incorporado el techo del mercado paralelo del dólar; y que el mercado liberado estará más cerca de 9,50 pesos por dólar que de 16. Imagina que ese nuevo tipo de cambio está “mas cerca de 9,50” sin retenciones o con retenciones disminuidas. Imagina liquidación inmediata de exportaciones retenidas. Un colchón de dólares de exportación será la embarcación que permitirá cruzar a la otra orilla.

Con esas reservas y la puesta en marcha del sector rural,  hoy desacelerado, será posible, vía crecimiento, mejorar la recaudación en términos reales, paralizada por cuatro años de estancamiento, y reducir subsidios indiscriminados a la oferta y substituirlos por subsidios discriminados a la demanda.

Lo que no dijo es como hace el BCRA para parapetarse frente al ejército de ahorristas ávidos de los poderosos verdes. Con la exportación, aún inmediata, no alcanza. La llave está en la “sorpresa”. (¿FMI, Buitres?).

Scioli se juega a los holdouts y los dólares financieros sin tocar mucho lo cambiario ni el cepo. Continuidad. Macri se juega a los dólares de la producción liberando el cepo e imaginando un dólar atractivo para el campo. ¿Y una sorpresa?

Scioli sostiene que la continuidad no agrava la inquietud y que se puede cruzar sin tener resultados a la vista. Quiere cambios pero que no se noten. La tripulación propia esta amenazando enfrentar cualquier cambio, por pequeño que sea, y entre ellos el “no pasarán” se refiere a los holdouts; y el pasaje quiere resultados, aunque no quiera cambios y por eso lo habría votado. El principal problema está en el cruce que se propone. Demasiado largo en ausencia de resultados y demasiado vacilante para la aguerrida tripulación.

Macri, que en definitiva postula un rediseño, se embarcará con una demanda de pasajeros que exigen resultados inmediatos, una tripulación acostumbrada a paseos de turismo y una tropa de candidatos al naufragio poco dispuesta a esperar por buenas noticias.

Llegados a la otra orilla, los dos coinciden en un tipo de cambio, con control o sin él, sin retenciones, con acomodo rápido o despacio. Un tipo de cambio suficiente para el agro y los productos primarios. Pero ¿ese tipo de cambio es el suficiente para la industria? ¿sin retenciones?

Y además,¿cuál es la fórmula para ahorrar en pesos antes de que la inflación pare ya que ninguno dice que sea antes de cuatro años?

Ninguno de los dos se propone tener de inmediato una moneda que preserve el valor y conserve el excedente en casa. Y ninguno de los dos propone las condiciones para tener una industria que preserve el trabajo. Moneda que preserva valor e industria que preserva trabajo no son temas de “de largo plazo” sino definiciones urgentes y principales.

Tan urgentes y principales como la concertación económica y social  que debe comenzar el 22 de noviembre. Y concluirse el 10 de diciembre.

La nave necesaria para cruzar el tormentoso río plagado de tiburones que debemos cruzar para llegar a la otra orilla es la de la concertación que debe incluir la moneda y la viabilidad de la industria.

La economía nacional es una de dos velocidades. La agrícola y primaria de productividad vertiginosa que expulsa mano de obra; y la industrial y urbana que necesita, para existir, crecer y absorber, un tipo de cambio mayor que nuestra extraordinaria ruralidad. La economía genera excedente que fuga porque no hay moneda ni incentivos para invertir.  De eso hasta ahora no se habla. Y sin ello no hay ni continuidad ni cambio que aguanten. Condición necesaria aunque no suficiente.

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07 noviembre 2015

Condición necesaria II

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