La silla vacía

14 de noviembre de 2015

Carlos Leyba

La tragedia a la que asiste, desde Paris, el mundo entero empequeñece cualquier comentario acerca de nuestros desvelos presentes. Es cierto. Nada hay peor que el terrorismo. La venganza mortal cualquiera sea la razón invocada. Porque se trata de la negación de la razón y de la palabra. El abuso de la violencia a través de la palabra está en el origen de la ruptura de la alianza, en el alejamiento del contrato, en la declinación de la política, en el predominio del instinto y en el fin de la razón que es el fin del largo plazo.

El animal también dispone de “inteligencia” que es lo que actúa cuando sólo se producen herramientas. El chimpancé usa un palo para bajar una banana del árbol. Los fines, en él, están dados por el instinto.

La razón es la capacidad de disponer acerca de los fines. La razón actúa cuando podemos establecer fines a largo plazo para los que es necesario movilizar la voluntad. Movilizar la voluntad colectiva. No exterminarla.

El terrorismo es el retroceso de la razón, la negación del largo plazo y la sustitución de la política por el instinto. ¿Cuándo empieza, cómo surge?

Nosotros hemos vivido, no hace tanto tiempo, el dolor del terrorismo. Paris, Europa, están lejos. Pero aquí ayer sufrimos los ataques terroristas, básicamente externos, de la Embajada y de la AMIA.

Pero además sufrimos el terrorismo endógeno. El del Estado. Y también el terrorismo reivindicatorio. La supresión de la política, la desaparición de la palabra y la entronización de la violencia mortal.

Aquellos males aún hoy replican como un terremoto que no cesa su tarea de acomodar la tierra. La intensidad de las vibraciones, aunque disminuya, indica que esta tierra no se ha acomodado a un lugar de equilibrio de largo plazo. Porque no lo podemos diseñar. Esa es la silla vacía.

Hubo un tiempo en que sólo habíamos roto el contrato social, el que da lugar al monopolio de la violencia por el Estado democráticamente constituido. Todo parece indicar que, más allá de los cuestionamientos, esa construcción está en pie.

Pero desde aquellos tiempos nefastos de la violencia interna, irreivindicables, hemos resquebrajado la “alianza”, es decir el reconocimiento leal del otro como parte de la misma totalidad, la idea de identidad nacional y de reciprocidad colectiva. Poco hemos hecho para reconstituirla, para repararla.

El abuso de la violencia a través de la palabra está en el origen de la ruptura de la alianza, en el alejamiento del contrato, en la declinación de la política, en el predominio del instinto y en el fin de la razón que es el fin del largo plazo.

El terror de estos días está lejos geográfica e históricamente. Pero el huevo de la serpiente, siempre, es la violencia y su cultivo desde la palabra más allá que en el origen de la venganza se encuentre la exclusión. Poco importa que la venganza sea hacia el pasado, hacia el presente, hacia el futuro. La violencia es deconstrucción.

Toda violencia es el cultivo del instinto en lugar de la razón.

Desgraciadamente, en los días que corren, la violencia de la palabra se ha instalado. Focalmente, es cierto. Pero sus vibraciones, las réplicas, están por todos lados.

Somos todos responsables en la tarea de construir la razón.  En primer lugar los dos candidatos presidenciales. Sin embargo ellos han dejado vacía la silla del largo plazo. La de la razón de la política.

¿Cómo derrotar entonces el instinto de la violencia, el rechazo del otro, sino disponemos de un proyecto colectivo?

En el primer debate hubo una silla vacía. Algo en todo caso irrelevante.

Los errores de los encuestadores o la volatilidad de la opinión pública, causaron que el 25 de octubre haya cambiado el escenario. La derrota en la Provincia de Buenos Aires y la reducción de la diferencia con el segundo, hizo que Scioli penosamente reclame una silla para un segundo debate.

El segundo debate se convirtió en la oportunidad de Scioli. Un debate puede jugar la suerte de tres o cuatro puntos. No tanto por lo que ocurra ese día sino por el acomodamiento del escenario que el debate puede generar. Después del debate ambos contendientes van a redefinir sus campañas para los días por venir según sea el resultado del mismo.

Puede que ambos repitan el personaje que hoy cada uno interpreta; y que la opinión que se forme, después de la actuación de esta noche, sea anodina y que nada cambie. O bien que la opinión pos debate genere giros o cambios de acento en cada uno de los candidatos. Son esos giros o cambios de acento, si ocurren, los que pueden, dadas las diferencias de hoy. Sumar o restar pocos puntos puede ser definitorio.

Si el debate no concluye en un cambio de acento o en un giro de los actores, lo que se verificará o no desde el lunes y hasta la veda, entonces la suerte de ambos ya está echada.

En otras palabras o los personajes en acción siguen el mismo curso de los últimos días o bien los personajes cambian de roles a partir del debate. El cambio de roles, si ocurre, puede modificar el resultado que hoy barajamos. Por eso el debate es importante.

Hoy Scioli es el malo y Macri el bueno. Y puede que el debate los obligue a mutar. A un cambio de sillas. O bien a dejar a ambos actores en el mismo papel. Si es así el bueno gana. Si hay cambio de papel, el que hoy es malo y deje de serlo, puede ganar.

Pero – lo realmente trascendente – es que en uno y otro caso, lo más probable es que esa silla, la más necesaria, seguirá estando vacía. La silla vacía que es la de la razón, la palabra, los fines, el largo plazo.

Hoy a Daniel Scioli las encuestas lo ponen entre 4 y 10 puntos por abajo. Un escenario que nadie, me incluyo, hubiera imaginado hace apenas un mes.

Todo indicaba la consolidación del oficialismo y la división de la oposición.

En los últimos días hemos observado la unificación de la oposición y la vacilante consolidación del oficialismo. Esto último lo describió coloridamente Aníbal Fernández como “el fuego amigo” que ocurrió y sigue ocurriendo dentro de las filas del oficialismo.

Ese fuego  incluye deserciones, vacilaciones, incontenibles auto denuncias como la imposición ilegítima de dos “camporistas” como miembros de la Auditoria, las manipulaciones judiciales o los nombramientos masivos injustificados. La expresión sin disimulo del apetito por abuso del poder.

También son fuego amigo los papelones espantosos de Hebe de Bonafini, Axel Kicillof, Juan Pablo Feinman o de actores conocidos que pueden terminar en denuncias en el INADI.

Todo eso es “fuego amigo” que sufre la candidatura de Daniel Scioli porque mete miedo no a lo que “esta por venir” sino por lo está viviendo el oficialismo. Ni hablar de las tomas de tierras o las acciones destinadas a impedir que asuman los intendentes que ganaron las elecciones o las amenazas de que no permitirán que ningún opositor gobierne aunque sea “oficialista” como es el caso de la intendencia de Merlo. Fuego amigo.

Las cosas están a alta temperatura. Hasta la derrota de Aníbal, entre el triunfalismo del oficialismo y la resignación de la oposición, la campaña estuvo marcada por el desinterés y el aburrimiento. Desinterés del electorado rendido al resultado hasta entonces inevitable según los encuestadores.

Detrás del telón, detrás de lo que vemos o nos hacen ver los interpretadores, la realidad sigue haciendo su trabajo. Y cuando esa realidad decide hacerse presente, lo que veíamos y lo que los interpretadores nos hacían ver, el telón, se levanta y la realidad se pone delante de nuestros ojos.

Lo que sacudió el aburrimiento y sentó el interés, en medio de la escena, fue la enorme sorpresa que brindó María Eugenia Vidal. Su primera consecuencia fue la alteración del orden. Del orden electoral. Y también del orden político: la estructura de poder de los barones del conurbano está en franca declinación.

Macri tiene la ventaja de esa sorpresa. Daniel Scioli una inmensidad de voces y recursos, destinados a generar miedo a la sorpresa. Miedo al cambio de control del aparato estatal nacional.

Hoy Daniel se presenta como la continuidad. A tal extremo que corre el riesgo de tener que decir, si llegara a ganar, y dado lo que es el programa de Miguel Bein,  “si decía lo que iba a hacer no hubiera podido ganar la elección”. Menemismo puro.

La campaña oficialista silenció a Cristina. Se concentró en el discurso del candidato basado en las críticas a aquello que el mismo Scioli dice que Macri va a hacer. Es el mejor escenario de campaña para el que va segundo. Asignarle un programa al contrario para poder refutarlo en condiciones óptimas. Pero eso revela incapacidad de formular una alternativa ya que se promete la continuidad que está enferma de problemas graves. Una encerrona.

Mientras el de Scioli es un discurso agresivo y referido al adversario, tratado como pérfido enemigo, el discurso de Macri es un discurso vacío de contenidos significativos. Es el discurso de la moderación: “los dos tienen razón”.

Por su parte, para confirmar la pertenencia al kirchnerismo, Scioli abandonó su personaje de “chico bueno”. Adoptó un discurso belicoso.

Macri no se defiende ni contraataca, más allá de señalar tímidamente que Scioli es a la vez el menemismo, el duhaldismo, la Alianza y el kirchnerismo. Mauricio cumple el papel del “chico bueno”.

Es el juego de la silla. Antes del debate, de esta noche, Scioli es Cristina (discurso demoledor); y Macri es Daniel (discurso de paz y amor). Hubo cambio de roles y queda una silla vacía.

Vacía está la silla en la que debe sentarse una visión, un proyecto de país que implica, antes que nada, una puerta mas o menos segura de salida de la situación en la que hoy estamos.

Tenemos hoy, más allá de las comparaciones que se quieran realizar, situaciones graves en materia social, de inclusión y desarrollo social. Las carencias habitacionales que generan conflictos difíciles de resolver son la emergencia de la pobreza que define el estado de la sociedad. Las restricciones al abastecimiento más la debilidad del proceso inversor, repercuten en el nivel de productividad y en el empleo, lo que alimenta el estancamiento de 4 años y el agravamiento de la cuestión social. La inflación y los desequilibrios fiscales y del sector externo, restan margen de maniobra para enfrentar esos problemas. El Estado, en la práctica, sea por problemas de organización, de recursos o de liderazgos, tiene vacíos enormes que determinan un proceso de ausentismo estatal de consecuencias graves.

Ninguno de esos problemas se define con la defensa de una personalidad sino por una concepción, una visión integral. Esa es la silla que está vacía.

En el debate, seguramente, Scioli será más Cristina que nunca, aunque reivindique su autonomía. Los políticos son aquello de lo que se alimentan. Habrá que esperar a la noche del domingo para confirmarlo pero, en los últimos días, Daniel es Cristina. Por eso Cristina no está. Y Daniel no pudo ser otra cosa justamente porque carece de visión y de proyecto. Lamentablemente no es el único.

En el debate, seguramente, Mauricio será más Daniel que nunca, abusando de la moderación. Su descubrimiento del interior por los viajes de campaña lo movilizó emocionalmente ante la pobreza desgarradora que domina en las provincias que forjaron  nuestra independencia. Pobreza que fluye y se estanca en el conurbano de las grandes ciudades del centro del país, Córdoba, Rosario, Buenos Aires. Mauricio descubrió la prioridad de la lucha contra la pobreza y la incorporó en un discurso vacío de contenido global. Adoptó la experiencia extraordinaria de un grande hombre argentino como el Dr. Abel Albino  al que la militancia kirchnerista lo considera un degenerado por sus convicciones religiosas. Macri, por la misma carencia de visión que sufre Daniel, entiende la lucha contra la pobreza como un combate de una sola causa, de un solo enemigo.

No considera Mauricio, al menos no lo manifiesta, que la pobreza, en nuestro país, es un problema sistémico. Que esta estructura económica, social y política, es una verdadera fábrica de pobres. Simple hace 40 años nuestro país contabilizaba 800 mil personas bajo la línea de pobreza y hoy los pobres suman 11 millones de personas.

Scioli no menciona el problema. Ha convivido con él en su gobernación y ahora le estalla, por ejemplo, en las tomas de terrenos. No se ocupa de ello. La pobreza no ha sido un problema para él y por lo tanto no ha procurado una solución. No está en su agenda. Como tampoco está en la agenda del gobierno nacional, el que llega al punto de negar la existencia de los pobres en el país. La coherencia con el relato oficial le impide a Scioli hablar de la pobreza.  Al no tomar el tema nos está diciendo que no hay necesidad de formular una estrategia de largo plazo para la Argentina.

El tema elegido por Macri, como nota característica, abre la posibilidad que descubra – si llega a la presidencia – el hilo conductor de la desgracia. Esa posibilidad, al menos hasta el debate, no la manifiesta Scioli. La autonomía discursiva lograda sólo le permite criticar el supuesto programa de Macri, a cambio de no defender a ultranza la acción de CFK. En esas paralelas no se contiene la posibilidad de descubrir el hilo conductor de la una desgracia que no se reconoce y no se siente.

La silla del personaje que importa, la de las ideas claras de lo que hay que hacer desde el Estado para reparar una Nación y ponerla a madurar, está vacía. Ninguno de los candidatos la representa. Y más grave aún ninguno de los que compitieron en la primera vuelta se aproximó a pensar en esos términos.

La ausencia de esas visiones, de esa calidad programática, es la causa de la ausencia de una clase política pedagógica. Es decir los liderazgos que marcan el camino de una Nación, el rumbo que hay que tomar y las rutas precisas que hay que transitar. Ni en la primera vuelta, al igual que en la segunda, alcanzamos a escuchar las propuestas de lo necesario y el descubrimiento de lo posible. Hasta hoy tampoco en este turno electoral dominado por el marketing.

Esa ausencia propositiva es también la de la ausencia de la razón que es la que lleva a diseñar los instrumentos en función de a voluntad de largo plazo. Una razón que requiere de la vigencia de la “alianza” además de la del contrato social.

El discurso violento, las vías de hecho, la acción directa pueden ser acciones desesperadas incluso justificadas. Pero lo que es seguro es que no pueden ser producto de la “alianza”, el reconocimiento del otro, sin lo cual el largo plazo es imposible.

La tragedia de Francia es un llamado de atención para descubrir los riesgos de la ausencia de “alianza” sobre todo para pueblos de piel sensible como el nuestro: fueron ciudadanos franceses los que abrieron fuego.

No dejemos esa silla vacía y empecemos por el principio: la construcción de la “alianza” que es el reconocimiento del otro como parte de la misma vida. Ahuyentemos el fantasma de la violencia. Primero la palabra y el diálogo.

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14 noviembre 2015

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