¿Y después?

2o de noviembre de 2015

Carlos Leyba

¿Este lunes estaremos en el ánimo de la decepción o en el de la furia? ¿Son éstas, en trazo grueso, las alternativas del día después? ¿Y entonces dónde iremos? ¿Puede el ánimo de la decepción o el de la furia ayudar en cualquier dirección que intentemos ir?
Sabemos que si el derrotado fuera Mauricio Macri la decepción, de la que fuera una mayoría opositora al presente manifestada en el balotaje si incapaz de concretarse en el último minuto, invadirá el ánimo colectivo.
Si el derrotado fuera Daniel Scioli, entonces, la furia será la invasora del ánimo por parte de la que fuera primera minoría en el balotaje: la intolerancia a la derrota ya se ha manifestado.
Climas difíciles y extremos. Sin embargo tenemos una buena noticia: el contrato de la institucionalidad democrática básica, inclusive si se produce una suerte de desalojo enojoso, está definitivamente en pie y sin mella.
Pero la decepción o la furia, ambas, nos hablan de algo que está roto. O al menos algo que no está presente. Se trata del estado de “alianza”. Un estado social primigenio y moralmente superior al del contrato. La “alianza” es lo que sostiene la pertenencia, la identidad, el ser Nación.
¿Acaso la campaña, aun respetando el contrato, ha contribuido al espíritu de “alianza”? La respuesta es no.
La última etapa de la campaña de Daniel Scioli, dirigida por él, ¿expuso su verdadera personalidad? Para algunos de los que lo conocen no fue una revelación. Dicen de un hombre de carácter fuerte, hasta agresivo e intolerante, a pesar que supo, durante años, someterse a desplantes y humillaciones calculadas, y todo eso sin cambiar la compostura de bonomía. Pero el último tramo – cuando se larga la cabagaldura a toda su voluntad – desenmascaró a quién no le tembló la mano para el fustazo. Nada de bonomia. Disparó el “Pacto con los diablos” y “Chico de barrio parque enfrentando a un trabajador de Villa Crespo”. ¿Qué?¿En aquello comprobable que, por cierto, no son los contratos del diablo, qué hay de verdad?
Si Daniel nunca fue un trabajador, lo que es indudable, entonces el enfrentamiento descriptos, al menos en uno de los personajes, es un enfrentamiento imaginario. Peligroso. Veamos.
El periplo pedagógico de la vida de Scioli marca la trayectoria de un colegio primario privado bilingüe a una universidad privada y generosa. Es cierto que logró licenciarse en marketing. A los 60 años y siendo gobernador. No porque las horas del trabajo forzado en la juventud extendida le hubieran impedido aplicarse al estudio. Más bien porque tuvo años mozos de playboy, de origen plebeyo, o deportista “paquete” autogenerado, que lo disiparon en la Buena vida.
No tiene nada de malo. Pero no es la vida de un trabajador. De trabajador no lo califica el hecho que su padre inmigrante pobre, viviendo en Villa Crespo, hubiera amasado una fortuna que los avatares de la economía, la mala suerte o lo que sea, la hayan liquidado.
Lo increíble del fustazo, al que corría adelante, es que la vida de Mauricio no ha sido diferente. Comparten el mismo origen. Padres inmigrantes pobres y gestores de fortuna en pocos años de esta Argentina generosa. Educación privada y Buena Vida. La diferencia, en todo caso, es que Macri se recibió de ingeniero en tiempo y forma y que trabajó en sus negocios. Uno se ganó la candidatura por mérito propio. El otro por el dedo que unge. Sabemos quién es uno y quién el otro.
Finalmente, por aquello del domicilio, Mauricio, en la escala de inmigrante a millonario, terminó en Barrio Parque; y Daniel, en la misma escala, aterrizó en La Ñata. La diferencia más notable, en la opción residencial, es que a uno le gusta el agua, por eso no previno las inundaciones, y el otro aprecia el seco y por eso logró, más o menos, gambetearlas.
¿Cómo fue la campaña de Macri? Habló con espíritu budista. Proyectado en un halo de paz. Sin embargo le aplicó un golpe feo: “Daniel, en qué te has (han) convertido”. Una afirmación insultante, más allá de las razones que crea que la avalan, que tiene poco de pregunta. El “has” es peor que el “han”. Lo segundo implica una debilidad que siempre es perdonable. Lo primero habla de una decisión cuyo resultado, quien lo afirma, desprecia. El desprecio no es una virtud. No genera paz.
Uno fue provocador: el tipo que vino de atrás ataca de mala manera para derribar al que lo precede. El que va primero respondió, finalmente, a la provocación con el desprecio.
No recuerdo ninguna campaña con tamaños ataques personales. ¿No hay peor astilla que la del mismo palo?
Ninguno de los dos viene de la política. A uno lo trajeron. Menem lo hizo. El otro va por decisión propia. Boca. No venir de la política no es un problema menor, señala que “la política” está ausente. Otros ocupan su lugar. Porque ha sido incapaz de generar liderazgos convocantes. La cantera de los candidatos es respuesta a esa carencia. Volvamos al tema de la “alianza” y la política y el día después.
Si rigiera el espíritu de la alianza no debería haber lugar para la furia por la derrota de “un partido”; ni debería haber decepción por la derrota del “otro”. Como no hay ni hemos cultivado la alianza eso es lo que va a pasar.
Esos estados de ánimo negativos, de alta probabilidad, hablan de la inexistencia de la “alianza” esencial para ser Nación y, por qué no, de la aceptación a desgano del contrato democrático.
Y es así, entre otras razones, porque a pesar del ejercicio continuo de las urnas, no hemos sido capaces de construir partidos. Si los tuviésemos tendríamos la convicción y vocación, de ser partes de un todo. Un todo que nos incluye y que nos permite sostener la racionalidad de las diferencias. Esa es la condición necesaria para la existencia de los liderazgos políticos.
Ahora en lugar de los partidos disponemos de espacios que sugieren aislamiento, incomunicación, ausencia de diálogo. Poco en común y poca probabilidad de ejercer el poder en términos del “bien común”. Eso ocurre porque no hay vivencia ni apetito de futuro o “proyecto de vida en común”. Ese es el problema previo que ninguna elección resuelve. Esa es la consecuencia de la ausencia de liderazgos políticos.
Quedó claro cuando constatamos el “atril vacío en el seno del debate”. El atril de la pedagogía de la política que es la exposición de una visión del país futuro, del país deseado, del diagnóstico del presente. Y, a partir del presente y su realidad, la propuesta de la marcha hacia la concreción de aquel país deseado. Ese atril estuvo vacío en el debate presidencial.
Los candidatos no han tenido capacidad o voluntad de señalar el país deseado. Ni de identificar, con rigor, el presente. Y por cierto sin esos puntos establecidos es imposible tirar la línea que los une. Esta es una carencia descomunal de estos tiempos de la Argentina.
Es que no hemos superado la vacuidad de la procura de “un país normal, el crecimiento o el desarrollo”. Años de políticas de paso a paso sin plan. Años de confundir la política con la gerencia. Años sin rumbo y sin capacidad de aprovechar oportunidades. No hay pedagogía política en la mención de las cosas obvias. ¿Quién querría un país anormal, el retroceso o la involución? Cuando no hay contrario posible no hay ninguna afirmación valiosa.
La vocación por imaginar el país deseado, más allá del grado de concreción, estuvo presente en el SXIX. Y también en el SXX. Los extravíos de estos últimos 40 años son consecuencia de la ausencia de vocación de pensar el país deseado de parte de políticos y de intelectuales. Esta campaña informa de ese vacío.
La depresión, en las personas y en los pueblos, es la enfermedad que surge por la ausencia de proyecto. Las nuevas generaciones han estado viviendo en el territorio de esa ausencia; y será por eso que ha surgido esta enfermiza vocación por destripar el pasado que ha inundado el marketing de las editoriales.
Hoy los espacios – en ausencia de partidos – se definen más por las explicaciones del pasado que por que se aspira a concretar en el futuro. Nos vamos convirtiendo en una cultura de las explicaciones en razón de seguir siendo un país promisorio que no alcanza a concretarse.
Sin duda esto tiene que ver con la incapacidad de enfrentar un diagnóstico: la rebelión del enfermo que ha perdido la razón. Hay quienes como Axel Kicillof – la voz del oficialismo – no solo niegan, por ejemplo, la existencia de la pobreza sino la posibilidad de la información. Y quienes identificando su inmensidad de más de 10 millones de argentinos, más del 30 por ciento de los jóvenes, no profundizan las razones de esta inmensa fábrica de pobres: 800 mil hace 40 años y 10 millones hoy.
Todo diagnóstico exige respetar los hechos, identificar causas y diseñar estrategias de lucha. Este de la pobreza implica transformar la estructura económica y social, que a lo largo de 40 años provocó su reproducción continua. La política es el diseño y la ejecución de la trayectoria: eso es “un proyecto”.
Cuando se es Nación, cuando hay alianza en el sentido profundo de la identidad que nos es común, entonces hay una aproximación a la comunidad de diagnóstico y de país deseado. Y la discrepancia política está centrada en el diseño de la trayectoria, su modo, su velocidad, la distribución de costos y beneficios en el tránsito del presente al lugar deseado.
Todo eso, lo esencial de la política como pedagogía, ha estado ausente en el debate, y en la campaña.
Dominados por el marketing, los candidatos, no han podido exponer un diagnóstico del presente. La desaparición de la estadística pública hace muy difícil homologar la misma realidad. No hay acuerdo en la pobreza, en la inflación, en el empleo, en el crecimiento, en las cuentas externas, en las cuentas públicas, en la deuda externa y en las reservas. Estamos en un momento de la historia en el que, para unos, todas son buenas noticias; y para otros, todo lo contrario.
Es difícil acordar dónde estamos. Por eso unos van por la continuidad y otros por el cambio. Pero sólo debatimos acerca de dónde estamos lo que es un síntoma de pérdida de la razón.
Si gana Scioli o la continuidad, la que fuera la mayor parte de la sociedad (tres quintos esperaban poner al kirchnerismo fuera del poder) sufrirá la decepción provocada por la sorpresa que la campaña del “miedo” haya arrasado con las encuestas de los últimos días. Si ocurriera la derrota de Macri, lo habría sido en virtud de la campaña del miedo provocado por la descripción que Daniel hizo del futuro en manos de Mauricio. Su triunfo no será a causa del entusiasmo por el futuro prometido, sino por el temor al futuro anunciado.
La consecuencia es que Scioli deberá mantener, entre todas esas cosas, la continuidad de los subsidios y de la revaluación real como ancla inflacionaria para favorecer el consumo de bienes básicamente importados y el no impacto inflacionario de la eliminación de las retenciones o aumento de los reembolsos, etc. Scioli se obligó a la continuidad. Sin embargo, para que todo siga como está es necesario que algo cambie.
¿Qué podrá cambiar Scioli a partir de esta campaña?¿Es posible la continuidad sin cambios? Todo sistema cerrado genera crisis de desorden. La furia contenida, gracias a la derrota de Macri, se puede volver en contra del ganador en caso inevitable de “desorden”, interrupción. Boomerang.
Si el derrotado fuera Daniel Scioli, una sólida minoría (casi 2 quintos) de la sociedad nos hará experimentar días de furia. Los votantes de Daniel, el kirchnerismo, no están preparados para dejar el poder. Militan vocación de permanencia en todos los niveles. En el espacio K, por construcción, no hay lugar para los otros. La furia es una energía muy poderosa capaz de desestabilizar un equilibrio que, por ser nuevo, será inexorablemente inestable.
El triunfo de Macri, de ocurrir, deberá interrumpir la continuidad porque es consecuencia de la necesidad de cambio. Los cambios de métodos son posibles y sencillos. Pero los votantes también aspiran al cambio de resultados.
Macri – de ganar – tiene que transformar el cambio, como propuesta, en concreción de resultados. La ausencia de resultados próximos puede también transformarse en un boomerang para quien prometió el cambio.
¿Riesgo de boomerang? Es que, cualquiera sea el resultado, la realidad económica se habrá de imponer apenas se apague el ruido de la disputa electoral. Estamos rodeados de estancamiento, bajas reservas, alboroto de precios relativos, creciente déficit fiscal, abismo de brecha cambiaria.
Cualquiera de los dos será un presidente, más allá de las condiciones que plantea el escenario político, que no contará con el trabajo previo de un inmolado y que, además, no dispondrá de los poderosos resortes de los superávit gemelos perdidos allá lejos y hace tiempo. Néstor Kirchner, sus amigos lo saben, era un hombre afortunado. La fortuna de haber recibido la base del trabajo hecho y pagado por otros. Néstor administró los beneficios. Cristina, finalmente, los dilapidó.
Ahora el protagonismo es de los candidatos que no nos han ofrecido un futuro sobre el cual valga la pena esperar. Jugaron corto. Ninguno de los dos fue capaz (o tuvo la voluntad) de la pedagogía política de las visiones.
Uno garantizó la continuidad. El otro el cambio. Ambos fueron traducidos por la sociedad en términos de resultados prontos.
La realidad se anuncia esquiva. Tal vez el día después no es el problema. No lo son ni la decepción ni la furia.
El problema es que ninguno ha preparado al pasaje para el cruce del río que es ancho, tormentoso y plagado de accidentes. Y hay que salir porque en esta orilla el río nos erosiona el piso. En la otra esta la oportunidad. Pero hay que cruzar
El lunes mismo el que gane debería comenzar a convocar una tripulación capaz de contener las inquietudes inevitables del pasaje. Pasajeros de la furia. Pasajeros de la decepción. Todos viajan al resultado. Y tienen urgencia por llegar. El día después debería comenzar un acuerdo político, económico y social.
Las cargas son demasiado pesadas para uno solo. Y se hacen más gravosas en función de no haber predicado el horizonte y mantener la vigencia de la cultura del resultado inmediato.
La cultura de lo inmediato, finalmente, es la herencia que nos ha legado el kirchnerismo que ha logrado consumirse gran parte de los stocks que durante estos años nos han brindado la pax K. Cruzar el río sin stock. ¿Y después?

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20 noviembre 2015

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