¿Qué pasó con las PASO?

19 agosto de 2017 publicado en Epoca

Carlos Leyba

Las PASO terminaron siendo una carísima “gran encuesta electoral”. Pero no es menos cierto que fueron también una elección, eso sí, sujeta a modificaciones en Octubre.Antes del domingo, y así lo escribí, imaginaba con las encuestas en la mano, el triunfo de CFK en la provincia de Buenos Aires cosa que todavía puede pasar.Pero, además, señalaba que si ese triunfo hubiera sido por una diferencia importante, entonces, la economía de los próximos días hasta las elecciones, sería una mas complicada que la que fue el marco de las PASO.El empate o casi, que es lo que queda de las PASO, brinda una economía menos complicada que la que precedió a las PASO. CFK no desestabilizó ni el dólar ni la renovación de las Lebac.También señalé que, en el caso del triunfo de CFK por una diferencia mas o menos importante, el “impacto miedo” daría lugar a un triunfo de Cambiemos en Octubre.

Pero las PASO nos dicen que la diferencia a favor de CFK, si los cómputos finales la dan ganadora, será irrelevante.

Entonces la economía no será perturbada y el “impacto miedo” se morigerará. En ese caso nada es seguro. Final abierto.

La economía seguirá con la tensión de los brotes verdes que anuncia el gobierno, muchos con datos; y las caídas de consumo que anuncia el gobierno, muchos con datos.

Que si que no como la parrala y al igual que los enfermos en recuperación, a la mañana fiebre, sopita y calma, y por la tarde fiebre otra vez.

No hay nada estable en la economía que permita predicciones compartidas. Solo hay interpretaciones y ausencia de hechos contundentes.

La noche de las PASO la algarabía PRO, con globos y festejo anticipado, trató de ocultar lo cierto que es que la opinión pública se dividió de tal manera que – medido con honestidad – no hubo en esta encuesta mayorías positivas.

No se puede sumar una clara mayoría a favor de nadie en el total del país. Ni de CFK y lo que podemos sumarle, ni de Cambiemos.

Ninguna de las corrientes, en las que podemos agrupar la confianza, los deseos, la voluntad de los electores, sumó una mayoría contundente y – en ese sentido – nadie puede arrogarse el título de ganador. Más allá que sin dudas los datos señalan un fortalecimiento del oficialismo. No por los números absolutos sino por la colocación de los mismos y el resultado en bancas.

Pero lo que si hubo es un manifiesto clima colectivo de insatisfacción con contundentes mayorías negativas. Los que no acompañaron a Cambiemos acumularon el 65 por ciento de los votos. Claro que ese 65 no es mas que la suma de peras con manzanas que sólo una licuadora, que las despedace, podría convertirlas en una unidad conceptual.

Nada tienen que ver los que votaron CFK en la Provincia de Buenos Aires con los que votaron Schiaretti – De la Sota en Córdoba o Mario Das Neves en Chubut. Ni aire de familia hay en esos dos tercios.

Mayoría negativa porque es de rechazo, en este caso, a Cambiemos.

Por eso resulta insólito (y ofensivo) que el oficialismo afirme  que “una contundente mayoría votó por el cambio” entendiendo por tal a Cambiemos.  Eso es mentira.

Y es horrible que en nombre de la recuperación de la verdad en el ejercicio del poder, se repita la fórmula kirchnerista de mentir a pesar de los números irrefutables.

Pero hay otra mayoría negativa que es la de todos los que no votaron por CFK y sus aliados. También es el 65 por ciento del electorado. Tampoco son sumables.

Pero lo real es que CFK sólo conduce un electorado de 35 por ciento del total y esto es pura decadencia, caída en picada y confirmación de derrota.

El gobierno ha materializado en el Parlamento el resultado de 2015 y le ha sumado nuevas bancas. Sigue siendo una minoría sin quórum propio. Sigue necesitando la voluntad de los adversarios para legislar.

En cualquier escenario el gobierno, como la oposición, para imponer voluntad necesitan construir alianzas.

Sin alianzas, en el Parlamento, no habrá legislación.

El resultado de Octubre, que es el que importa, todo indica que no será demasiado diferente al presente.

La conclusión es que sin alianzas el oficialismo sólo tiene el control del Ejecutivo de la Nación y de muchas provincias.

Pero si continua el clima de confrontación “anti alianza” que predica el Presidente, más allá de señalar cada tanto la necesidad de consenso, no es imaginable el funcionamiento productivo del Parlamento.

A esa contradicción se suma el clima de la calle. Las organizaciones sociales, a las que el gobierno provee de recursos, mantienen una distancia con el oficialismo que las hace parte sustantiva del conflicto callejero.

Y la decisión del oficialismo, de combatir a la dirigencia sindical tradicional “ningunéandola” respecto de los temas sociales y económicos principales, ha puesto una distancia con el movimiento obrero al que le ha cerrado las puertas intentando dividirlo.

Hoy – más allá de las negociaciones selectivas – el movimiento obrero sin distinciones se enfrenta a la intención de reforma de las leyes previsionales y laborales y a la apertura de la economía.

Es difícil imaginar que ese planteo gubernamental pueda avanzar sin acuerdos con el movimiento obrero en su conjunto. Y es difícil que los propios aliados del PRO, el radicalismo, los avale y aquí incluimos a la gobernadora ME Vidal.

El clima económico que, eventualmente, podría ofrecer un cheque en blanco, como el que recibió Carlos Menem en su momento, no es ni remotamente posible en los próximos meses. No hay pronóstico de euforia inversora. Ni de boom exportador con este tipo de cambio y estos precios internacionales. Ni un salto epopéyico del consumo. La demanda global puede orillar ese 3 por ciento que tal vez incremente el uso de la capacidad ociosa. Pero nada que sorprenda y ponga en jaque a los que se opongan o brinden resistencia a esas reformas.

Es decir, ni los datos electorales, ni la economía ofrecen campo orégano para las “reformas” en las que el PRO cifra su papel histórico.

Para CFK y seguidores, lo mejor será repetir los resultados. Porque si no repiten Antonio Rossi corre el serio riesgo de quedar segundo lo mismo que Cristina Kirchner. Y si eso ocurre sería un golpe muy pero muy duro para los socios no peronistas de Cristina (y son muchos).

En Unidad Ciudadana se alinean viejos afiliados y funcionarios del Partido Comunista y militantes de la “cultura Página 12” que, en realidad, consideraron siempre que el peronismo es un fascismo latinoamericano. Ellos aceptaron a Néstor y a Cristina porque la generosidad que los K tuvieron con ellos nadie podría haberla tenido.

Las razones por las que Néstor y Cristina compraron el seguro de la izquierda cultural (además de cómo dijo Julio Bárbaro por ser “muy barata”) sólo se explican para garantizarse la no crítica a las fortunas poco claras. En denuncias esos grupos han sido implacables (Robo para la Corona) excepto con los que le dan cobijo. El presente – en este caso – explica el pasado. O no hay hechos hay interpretaciones.

Digo esto porque, en una eventual derrota en Octubre, los peronistas que siguen a CFK disponen de varios destinos peronistas alternativos donde recalar: gobernadores, Sergio Massa, Florencio Randazzo.

Pero los aliados ex PC quedan empantanados y a la intemperie.

Si, por el contrario, la derrota en Octubre en Provincia de Buenos Aires y en Santa Fe, es del oficialismo, cambia poco. Como ese resultado fue y es posible, con buen criterio, la estudiantina PRO lo festejó antes. Para no quedarse sin festejar.

En ambos casos, PRO y Cristina, los núcleos duros de la contienda amalgamaron, detrás de sus liderazgos, mucho más de lo que realmente los núcleos duros son. Veamos.

El PRO propiamente dicho no ganó en Capital. Elisa Carrio tuvo una victoria unipersonal. Y nada le debe al PRO. Claramente es casi todo de ella.

Tampoco ganó el PRO en el interior. Allí el triunfo, el salir primero de Cambiemos, es obra del radicalismo. Y lo más importante es que el radicalismo lo sabe. Y si durante estos 20 meses le estuvo pidiendo a Ernesto Sanz un poco de participación en las decisiones, después de Octubre con los resultados confirmados, seguramente aparecerán con sus reclamos.

Carrio ya – de alguna manera – puso un pie en la Jefatura de Gabinete que es donde se cocina la política.

Y finalmente María Eugenia Vidal es, y quiso serlo, la titular del extraordinario recorrido de Cambiemos en la Provincia. Pero Vidal no es una chica PRO. Viene de otro lado. De una militancia social y no de una carrera de ejecutiva con vocación de CEO. No viene del marketing sino de otras convicciones muy próximas a las que imaginamos debe portar un militante político.

La manera que lo hace y la gente que la acompaña y que ella elige, así lo avalan. Vaya Usted donde vaya, cualquiera sea el carácter de su interlocutor, todos dirán sin dudarlo que “lo mejor” que tiene el oficialismo es María Eugenia. Y ese hecho hace que la Vidal sea hoy – más allá de todo lo que dicen las encuestas a su favor – la incorporación más interesante que ha tenido la política argentina en años.

Pato o gallareta, Cambiemos, todo sumado, alcanzó al 35 por ciento de la voluntad. Dos tercios le dijeron que no gustó. Y los que le dijeron que sí, no todos ni la mayoría, son identificables con el PRO que gobierna.

Es que no habrían ganado ahora sin Carrio, radicales y Maria Eugenia que no son PRO: no hay sangre de CEO en esos corazones.

Y a CFK, la Jefa de la agrupación Volvamos, también juntó 35 por ciento. En esos votos hay – mayoría por cierto – peronistas de raíz y frutos de otras huertas que se suman porque les dan conchabo. Entre ellos, por ejemplo, Axel Kicillof, Diana Conti, Carlos Heller, etc., y ¿por qué no? la propia Cristina para quien Perón era una valija, que le pesaba, aunque imprescindible para entrar a la Rosada.

Quiero decir, en ambos 35 por ciento hay una mínima parte de PRO puro y Cristinismo puro. Y una mayoría de periféricos que están cerca del núcleo duro, pero que también conectan con las periferias de otros espacios.

El PRO a pesar de juntar lo que no es enteramente propio, con el vehículo Cambiemos acumula el rechazo o el no acompañamiento, del 65 por ciento del electorado.

De la misma manera, a pesar de sumar muchos peronistas,  CFK y el kirchnerismo acumulan el rechazo del 65 por ciento de los votantes.

Los que nos ha dicho la encuesta PASO es que Volvamos, la agrupación que comanda Cristina, no tiene mucho resto para conducir un retorno. Para intentarlo CFK tendría que tirar el lastre de la cultura Pagina 12, los aliados del ex PC y el amor a Nicolás Maduro. Quedaría expuesta al ataque furioso de los despechados.

Después de las PASO nos queda analizar la vitalidad de quien gobierna que lo hará dos años más con aspiraciones razonables a repetir otros cuatro.

En el bunker PRO repiten hasta el cansancio el mantra “la mayoría votó el cambio”. Es difícil saber a qué le llaman “cambio” y aún, dejando de lado el interés de saberlo, si el cambio es Cambiemos, la mayoría no los votó. En ningún lado 35 por ciento es la mayoría de nada.

Fueron los mas votados, la primera minoría por una pizca, sí. Pero nada más.

Claro que esa “primera minoría” se encuentra en condiciones mas que favorables para conducir el Estado. Tiene el control del Poder Ejecutivo Nacional y el de algunas provincias mas que importantes y tiene una porción creciente de legisladores nacionales, y el apoyo entusiasta de los principales comunicadores sociales de la TV, la radio y los diarios. No es poco.

Lo central es que el PRO y sus aliados mediáticos han logrado instalar en la sociedad una suerte de sentido común que se resume con la expresión “el cambio”.

Claro. Que duda cabe que a esta situación, la heredada y la que aún vivimos, es imprescindible cambiarlas. La inmensa mayoría no está satisfecha.

El 65 por ciento ha dicho que hasta ahora este gobierno no ha satisfecho la vocación de “cambio” o de no cambio; y agreguemos que el 65 por ciento ha descartado de plano que cambiar sea “volver” como gesticula Cristina.

Ni lo uno ni lo otro.

Hasta ahora no hay “cambio” satisfactorio producido por Cambiemos  y ni soñar que el 65 por ciento imagine como “el cambio” volver a la “década ganada”.

Para CFK “el cambio”, está claro, es volver a la relación comercial con el mundo al estilo de Guillermo Moreno, a la política internacional de Héctor Timmerman, al manejo macro de Axel Kicillof y a la política social de Alicia Kirchner.

Un mecanismo de relojería para continuar con el PBI per cápita y la productividad media, en picada. No hace falta explicar más por que razón los años de CFK dilapidando stocks. Eso lo explica todo.

¿Qué es el cambio para el PRO?

Hasta ahora el cambio PRO es que el mercado cambiario fije el tipo de cambio con prescindencia del equilibrio general de los mercados (laboral, comercio exterior,etc.) acerca de lo cual no hay tal cosa como una política pública.

Lo segundo es que la tasa de interés es la herramienta antiinflacionaria con independencia de su influencia sobre el nivel de actividad.

Ambas cosas reciben las consecuencias de la eliminación de las retenciones y de los subsidios que compensen fiscalmente, por ejemplo, el costo de pagar las superganancias del sector petrolero y gasífero.

Y finalmente el gradualismo en materia fiscal financiado con deuda externa. Ese es, hasta ahora, “el cambio”. No mucho más.

Porque no es “cambio” la estructuración de fondo que implica el acuerdo con China o la política de desechar crear trabajo productivo vía un programa de incentivos a la inversión. Tampoco es un cambio agrandar la caja de la oligarquía de los concesionarios o repartir planes para evitar las consecuencias demoledoras de la ausencia de una política de desarrollo.

El PRO anuncia que ahora “se viene el cambio” que dicen es la reforma tributaria, previsional y laboral, acerca de las cuales sólo hay títulos, y la “apertura” y nada susceptible de ser discutido en profundidad.

Sin duda cambió el clima y a pesar de la campaña pro grieta del PRO. No hay duda que Cambiemos genera condiciones de diálogo civilizado. Incomparable con “qué te pasa Clarin”, fotos de periodistas para ser escupidas o bravuconadas de Guillermo Moreno.

Diálogo supone vocación de conciliar diagnóstico y terapéutica. Por ejemplo aceptar que preguntarse si es qué el Estado es grande o qué la economía es chica implica empezar a caminar, cada uno, desde el lado opuesto. Esa definición marca con claridad dos estrategias distintas de resolución del conflicto. Hablar en esa profundidad y estar dispuesto a ceder y conceder, eso es diálogo para construir un consenso y no una formula de buena educación. Las PASO no avanzaron en el diálogo porque adjudicarse una mayoría que no es tal es una manera de no escuchar al otro.

 

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19 agosto 2017

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