Mal paso

26 de agosto de 2017 publicada en diario Epoca

 

Carlos Leyba

 

La estrategia de comunicación del gobierno, cuyo INDEC dice la verdad, ¿es acaso emular las deformaciones patéticas del kirchnerismo?¿Cuáles de todas ellas?Después de las PASO se han multiplicado las piezas televisivas híper producidas con información de obras en curso, ofertas de créditos, etc. Todas cosas que pueden ser información verdadera, pero que dejan de ser información cuando van junto a la cara de la gobernadora María Eugenia Vidal o del presidente Mauricio Macri. En ese punto dejan de ser información y pasan a ser propaganda electoral.Y eso es hacer lo que ayer criticaba el PRO cuando lo hacia CFK.

El principio de la moral republicana no es comernos al caníbal aprovechando que este está vencido. La moral republicana es una afirmación cultural, no una imitación para revancha.

La información del gobierno se paga con dinero público y el gobierno no es “los que gobiernan”.

Toda la década pasada fuimos torturados con la expresión “gobernación tal” “intendencia tal”; esa es una práctica que evidencia el despilfarro de los dineros públicos con el objetivo de resaltar como generosidad de un fulano o fulana, lo que es sencillamente la obligación del funcionario.

No está bien que el PRO (más que Cambiemos) copie las mismas prácticas de despilfarro y engaño (de eso se trata) de la propaganda disfrazada de información. Esas prácticas inhabilitan para la crítica, quitan autoridad moral.

En ese mismo plano corre la absolución por parte de la “justicia” de los atropellos estadísticos cometidos por el gobierno kirchnerista (Néstor y Cristina) en el INDEC por obra directa de Guillermo Moreno que, en la práctica, intervino al Instituto estadístico para ocultar la tasa de inflación y el incremento de la pobreza, los dos indicadores más evidentes del descomunal fracaso de la política K.

El organismo, como todos recordamos, mintió para ocultar la inflación real. Como consecuencia de esa mentira los salarios nominales (que se negociaban al decir de Hugo Moyano con la tasa de inflación del changuito del supermercado) se convertían en salarios reales de “película” mientras la pobreza aumentaba en la calle y bajaba en las estadísticas.

Y – como si fuera poco – el PBI real “crecía” en forma mentirosa.

Una economía de show y una realidad que acumulaba decadencia. Eso hizo el INDEC durante los años K.

La justicia ha decidido ignorarlo y el gobierno PRO apañarlo o lo que es peor, ha inducido – ¿manipulando las cosas judiciales? – a absolver a Moreno y a quienes lo acompañaron. ¿Por qué?

Hay demandas pendientes, de tenedores de bonos de la renegociación K de la deuda externa, que – con la sanción condenatoria de Moreno y las acciones de la gestión  K – podrían acumular judicialmente acreencias extraordinarias de las que debería hacerse cargo el gobierno PRO.

La primera consecuencia es que, con la condena a Moreno, se haría evidente que la renegociación de la deuda externa resultó en realidad menos ventajosa – quita real menor – y que la manipulación estadística de la inflación habría modificado el flujo de fondos del pago de la deuda renegociada perjudicando a los tenedores de bonos indexados con la inflación (p.ej. ANSES) y beneficiado a los tenedores de bonos ajustados por el PBI que, en esa manipulación, habría resultado mayor al real.  ¿Quiénes tenían un bono y quienes el otro?

Con el fallo absolutorio el gobierno se ahorra unos pesos. Pero la verdad se oculta.

¿El gobierno influyó de modo de obtener resultados fiscales (menos deuda) que lo benefician a cambio de ocultar la verdad?

La realidad es la única verdad. El fallo es ridículo.

¿El gobierno influyó? Si es así (y hay razones para pensar que sí) entonces otra vez nos comemos al caníbal por unos pesos (muchos en realidad).

Síntesis, todos – y también el Presidente – recordamos a la increíble CFK diciendo, en la FAO, que teníamos una pobreza de 5 por ciento gracias a sus políticas; que estos logros sociales nos ponían en mejores condiciones sociales que las que regían en Alemania; y que la inseguridad era una “sensación” y no una realidad. Recitado esto con tono de autoridad por Aníbal Fernández.

O que – después de escuchar eso – enterarnos que aquí no se medía la pobreza porque hacerlo era estigmatizante según el “bolche de Palermo” Axel Kicillof.

Es cierto que ya no hay más de esas groserías. ¿Tenemos nuevas?

Después del show anticipado de un triunfo que no fue (por algo André Malraux, dijo de Buenos Aires, “la capital de un Imperio que no fue”) todo el gobierno y todos los periodistas militantes (qué pena) de los dos grandes diarios, de los canales de televisión y de la radio de mayor audiencia, insisten, igual que lo hacían CFK y Aníbal Fernández, en que la inmensa mayoría del electorado dio un aprobado entusiasta al gobierno con el triunfo de Cambiemos.

Hay que repetirlo hasta el cansancio: el PRO no obtuvo la mayoría absoluta del electorado en ninguna jurisdicción. Y Cambiemos, gracias a Elisa Carrio y al radicalismo, logró resultados estupendos – algunos inesperados – en muchas secciones, pero la suma de todo le otorga la primera minoría nacional con algo más de un tercio de los votos. Nada más.

Eso significa que al mes de agosto de 2017 Cambiemos (y mucho menos el PRO) no ha logrado conformar una mayoría programática.

Lograr una mayoría programática es – aunque suene extraño – lograr uno de los principales bienes públicos con los que se ordena un país.

Un país tiene rumbo y camino, marcha estable, cuando consolida una amplia mayoría programática que incluye un partido de alternativa que coincide – en el rumbo grosso modo y en el camino más o menos – con diferencia de velocidades y distribución de cargas.

Por eso la tarea de un gobierno responsable, además de formular el programa es consolidar la mayoría y además viabilizar una alternativa distinta pero que puede ensamblar rumbos. En eso consiste la virtud de la política.

Cuando el PRO inmaduramente se arroga esa mayoría que no ha logrado, lo que hace – en realidad – es alejarse de la posibilidad de alcanzarlo. Y eso es un mal horizonte para la Argentina.

Así la estrategia de comunicación triunfalista del PRO amenaza en convertirse en una amenaza para la estabilidad colectiva.

El triunfalismo PRO, que los números no avalan, se convierte en un alimento peligroso para los actores del gobierno. Los puede inducir a suponer que disponen de un aval para lo que pretendan poner en marcha sin previamente anunciarlo, explicarlo, negociarlo y convencer de la bondad de lo que proponen.

Recordemos que Cambiemos no es un partido. Es una alianza electoral. Y ni siquiera es una alianza de gobierno aunque, en la práctica, es una alianza parlamentaria que, además, lo futuros resultados de Octubre confirmarán que es una minoría en el Senado y tal vez primera minoría en Diputados. Nada de eso les alcanza para legislar solos.

Y nada garantiza que las fuerzas que lograron la alianza electoral se mantengan unánimes cualesquiera sean las propuestas del Ejecutivo.

Nada lo garantiza porque la distancia cultural que va de un militante de Franja Morada, hoy en el radicalismo, al ejecutivo hoy integrante del PRO, no es menor que la distancia que va de ese militante radical a un socialista de Santa Fe o a un peronista no contaminado de menemismo ni kirchnerismo.

Es más, el PRO está repleto de dirigentes menemistas – hasta diría que lo fueron  Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, Rogelio Frigerio y muchos más – pensamientos y conductas que es muy difícil encontrar en el pasado de la UCR y de la Coalición Cívica.

Cambiemos no es un partido y no lo será, menos cuando Mauricio insiste en la conducción unipersonal. A tal punto que, en el caso de no ser candidato a presidente en 2019, ya ha designado a Marcos Peña como su sucesor. Poniendo en claro que no habrá internas ni Convención partidaria que predomine en la elección.

Claramente esa “convención” inexistente no sólo no eligirá un candidato sino que tampoco negociará un programa. El programa es el PRO y lo que su núcleo de cinco personas decida en su momento oportuno.

Ese es su principal déficit. Y lo peor es que no hay señales que lo haya capturado como realidad a pesar que dos tercios de los argentinos hayan dicho que no están del todo de acuerdo.

De la misma manera que los gobernantes y sus comunicadores,han rechazado in limine la protesta sindical del día martes que es simplemente una revelación del clima de conflicto que detecta ese gran termostato social que es la CGT y las agrupaciones que la acompañan. Hay conflicto.

Y el gobierno no lo percibe o no lo acepta porque insiste en imaginar una realidad electoral que no existió y una realidad económica que tampoco existe. Es cierto que son la primera minoría. Y eso es un aval. Pero no para asumirse mayoría sino para negociar una mayoría programática.

Mayoría programática que sin duda coincidirá en la lucha contra el narcotráfico, la lucha contra las mafias o los poderes fácticos que tuercen el rumbo de a favor de la mayoría a favor de grupos minúsculos y la lucha contra la corrupción.

Pero atención. El capítulo financiero de la lucha contra el narcotráfico obliga a preguntar por ejemplo de dónde vinieron los cargamentos y el crédito para, por ejemplo, el negocio de la efedrina. ¿Está el gobierno dispuesto a simplemente averiguar eso o sólo perseguir lo que viene después del desembarco?

¿Esta el PRO dispuesto a desbaratar las mafias de la obra pública, todas, incluyendo a los mencionados en casos como Odebrecht y que nadie investiga?

En la mesa de las coincidencias están los principios pero hay que incorporar los rumbos concretos para que esa sea una mayoría programática y no simplemente una mayoría ocasional. Y ni hablar en economía.

El gobierno insiste en que ya está en marcha. Que salieron de la pata horizontal de la L o del fondo de la bolsa de la U. Y puede que algo de eso haya. Pero no para señalar que despegamos.

No es bueno partir de esa base, de la base de hechos que no existen.

Por ejemplo se puede decir que el empleo en la construcción aumentó en junio el 12 por ciento. Pero no es información sino se dice que el nivel de empleo en el sector después de ese aumento es menor al de junio de 2015. En ese caso  seguimos en la panza de la U que marca la declinación o el estancamiento, pero no el crecimiento.

En rigor hay un retroceso del empleo privado registrado. Hay 58 mil puestos perdidos en la industria, 11 mil en la construcción, 26 mil en transporte y servicios.

Según el Ministerio de Trabajo, entre diciembre de 2015 y mayo de 2017, se anotaron más de 100 mil nuevos monotributistas pero cayeron 45 mil empleos en el sector privado.

Las noticias de empleo no son alentadoras ni por la calidad y tampoco por el número.

Tampoco lo son las noticias del balance comercial en el que las importaciones superan a las exportaciones.

Desequilibrio externo, desequilibrio de empleo, son buenas razones para interrogarse si los censores del clima social están funcionando bien o mal.

Un gobierno que confunde mayoría y aval, con primera minoría y, como mínimo, baja aceptación del programa, nos informa que en la Casa Rosada hay una visión nublada.

Y comunicar que las cosas no son como realmente son, habla de mala visión o visión acomodada, y en cualquier caso es un mal paso después de las PASO. O no aprender de la realidad. Lo que no es un bueno

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26 agosto 2017

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