Notas de la decadencia argentina

2 de septiembre de 2017

Carlos Leyba

Los días de la Argentina no dan respiro. La denunciada desaparición de Santiago Maldonado ha despertado otro costado de la grieta del desamor entre los que aquí habitamos y sanciona una prorroga de la misma que hace mas dificil salir a medida que avanzamos hacia el proceso electoral.La  cuestión es negativa en el sentido que sin reducir la grieta toda posibilidad de acuerdos básicos se aleja; y sin esos acuerdos lo único que continua es la fuerza gravitatoria de la decadencia argentina. Y no digo “de la Argentina” porque “argentina” adjetiva una decadencia inexplicable.  Veamos.

En el caso Maldonado hay, hasta ahora, más interpretaciones que hechos. Unos aseguran que se trata de una “desaparición forzada” llevada a cabo por la Gendarmería, con el implícito apoyo de Patricia Bullrich. Es decir el “retorno a la Dictadura” y la violación de los derechos humanos con la misma métrica de la Dictadura.

Los avales de esa posición son las denuncias de dos encapuchados que se niegan a dar su DNI  y que, por lo tanto, no tienen más valor que un chisme, un rumor, una patraña. La calidad moral de esa denuncia es igual a cero.

No hacen falta mas aclaraciones para no poder tomarlas en cuenta y, por lo tanto, suficiente para abrir un manto de sospecha sobre su intencionalidad. Mas que verdad, en esos testimonios, hay riesgo de falsificación. Los familiares de Maldonado se basan en esas declaraciones.

La desaparición de Maldonado sí es un hecho. Y es necesario que aparezca, que sea encontrado con vida. Es necesario por su vida, primero; y después es necesario para calmar los espíritus – o para liquidar las pasiones desatadas – de una sociedad preocupada con razón.

Sobre la desaparición no hay dudas. Pero el fiscal de Comodoro Rivadavia sostiene que no hay elementos que prueben que Santiago Maldonado estuviera en el enfrentamiento en que actuo la Gendarmería. Y si no estuvo no habría razones para derivar su desaparición de los hechos allí acaecidos.

Llegados a este punto nada sabemos. Nada sabe la Justicia. Y nada sabe el Ejecutivo. O bien Justicia y Ejecutivo saben y ocultan. Lo que dice el fiscal es lo que oficialmente sabe: no sabemos si estaba allí. Es decir no sabe.

Lo que dice el Ejecutivo es que inspeccionó a todos los gendarmes y está a la espera de las pruebas de ADN. Entre ellas la vinculada al puestero mapuche que apuñaló a unos jovenes RAM. Es decir dice que no sabe.

Y los que dicen que saben se basan en dichos de unos “desconocidos” que no se quieren dar a conocer. Es decir no saben porque saben lo que dicen saber. No saben.

Nadie sabe nada.

En este mar de confusiones las interpretaciones que sostienen la desaparición forzada han ganado la calle con la fuerza que le otorgan las militantes organizaciones tradicionales de derechos humanos, las mas y las menos respetadas, el kirchnerismo y todas las organizaciones tipo Quebracho. Pero no sólo estuvieron presentes esas corrientes sino muchas otras distantes del kirchnerismo y de la izquierda, incluída la UCR – parte de Cambiemos – y muchas personas no alineadas pero solidarias con los valores de una vida respetuosa de la vida, cuerpo y alma, sagrada que es la esencia de los derechos humanos. Una misa celebrada en Merlo, a la que asistió CFK, atestigua el valor sacro de este tema.

En las concentraciones del viernes, motivadas para manifestar la necesidad de la aparición con vida de Santiago Maldonado, las palabras pronunciadas por los organizadores fueron “desaparición forzada” y los hechos finales de la de Plaza de Mayo, fueron una batalla campal que incluyó las pintadas de las paredes del Cabildo. La idea de “desaparición forzada” terminó en violencia. En este caso la violencia supuesta (nadie sabe si la hubo o no) generó violencia: heridos, presos, daños.

Hay que recordar que el Cabildo representa, para los argentinos, el comienzo de la Nación y una horda, infiltrada en una marcha de nobles intentos por los derechos humanos, lo mancilló con esa única finalidad. Destrozaron bienes públicos a piaccere en una supuesta retirada que, al fin de toda manifestación, no debe ser sino pacífica y que fue convertida en una batalla descerebrada.

Más allá de poder conectar unos y otros hechos, las reacciones violentas crujen y abundan por todos lados y de manera no proporcional a los votos que, quienes simpatizan con esas reacciones, obtienen en las urnas. Siempre lo mismo. Juan Perón ganó las elecciones por el 64 por ciento de los votos sosteniendo las Coincidencias Programáticas firmadas por Ricardo Balbín, Oscar Alende, Horacio Sueldo, Carlos Auyero, José Ignacio Rucci, José Gelbard y luego por los líderes de la UIA. Y a las 48 horas inspirados por Montoneros y el ERP lo asesinaron a Rucci, el más amado por Perón, en nombre del “pueblo”. ¿Qué pueblo? Porque por lo menos otro 25 por ciento también había firmado las Coincidencias. La violencia, venga de dónde venga, siempre es contra la mayoría y la voluntad popular y siempre se arroga esa representación que nunca tiene. ¿Hasta cuando?

¿Cómo empezó todo? Primero, en los medios, apareció el “anarquista”, sembrador de miedos, Jones Huala proclamado líder de la resistencia mapuche. Declara no ser argentino, a pesar de haber tramitado un DNI. No quiere serlo a pesar de haber vivido en Rada Tilly (Comodoro Rivadavia) y que su papa cuidaba caballos que luego le vendía a Cristobal López, según Oscar Payaguala Presidente de la Comunidad Tehuelche. Muchos líderes mapuches han señalado que el RAM no representa a las comunidades y algunos hasta sostienen que son “operadores de la CIA” destinados a generar represión. Para algunos líderes de esas comunidades en la Argentina hay integración y para otros – los menos – hay “ellos” y “nosotros”.

En este punto interesa resaltar un hecho olvidado. Estudios de la UBA, realizados por más de una década, determinaron que la mayoría de los argentinos tenemos (56 por ciento) sangre aborígen.El 44 por ciento sí “bajaron de los barcos” y se mantienen fuera de aquella mestización.

Esto significa, entre otras cosas, que la mayoría somos familia de los pueblos originarios lo que confirma porque mucho de aquellas culturas permance entre nosotros. Una apostilla para recordar que, por ese lado, no hay tal cosa como “ellos” y “nosotros”. Hay una suerte de continuo.  Los criollos lo somos porque tenemos sangre aborígen y somos mayoría, y los que no tienen ese origen se han acriollado justamente por la calidad integradora de nuestro pueblo. Un valor que todavía conservamos y que deberíamos hacer todo para preservarlo.

La verdadera grieta cotidiana es entre los que viven en la pobreza y en sus alrededores, y aquellos que viven en el bienestar y en sus alrededores.

El dato más contundente de esta grieta se concentra en los niños: el 50 por ciento de ellos son hijos y nietos de la pobreza. Bien puede ser que, entre ellos, los que tienen genes aborígenes sean mayoría. No cambia el eje.

La cuestión es el abismo de la pobreza que, de no ser resuelto con urgencia, augura una profundización de la decadencia argentina. Hace 40 años los pobres eran 800 mil y hoy 13 millones. Se mutiplicaron por 16 mientras que la población total se duplicó. Una fábrica de pobres. Eso es, si recuerda el principio, lo “argentino” de nuestra decadencia: el torbellino de la exclusión que es la forma extreama de la violencia.

La “cuestión  mapuche” proyectó la figura de Huala que reivindica su etnia y que, a pesar de la confusa expresión de sus ideas, aspira a la reivindicación de un territorio independiente, gobernado por reglas y miembros de su etnia que, supuestamente, no ha participado del mestizaje esencial de la Argentina.

Un destacado y sabio, dirigente político de la provincia de Chubut señalaba que lo de Huala se trata de un intento de secesión. Todo lo de estos días deriva de esta cuestión.

Cuestión que navega en una profunda confusión como consecuencia de la Constitución en 1994 y sus derivas imprecisas. Reforma constitucional que tenía por finalidad maquillar su única razón que era la reelección de Carlos Menem.

Sin la reforma la reelección no habría existido y nos hubiéramos evitado los males que nos trajeron los 10 años de Menem y muchas de las derivas de la Reforma. Pero es otro tema.

En el marco de esa confusión de la “reivindicación” ha desaparecido Santiago Maldonado que todos lamentamos sin color ni bandería y cuya única solución es la aparición con vida. La desaparición por ahora ha sido convertida en un martillo neumático de la grieta, al transformarla en “desaparición forzada”, distorsionando la información, los hechos, y abusando de las interpretaciones sesgadas a punto de identificar al gobierno actual con las prácticas de la Dictadura.

Una infamia, una banalización de lo que sufrimos en esos años, acción que sólo es comprensible en quienes, como Cristina Kirchner y en su momento Néstor, durante los años de plomo, siendo abogados exitosos según ella, jamás pidieron un habeas corpus – cuando desaparecían miles -, fueron funcionarios de la Dictadura como Alicia Kirchner, y nombraron como Procurador de la Nación a un abogado de represores, como lo hizo el presidente Kirchner, o juraron por el Estatuto de la Revolución y fueron Camaristas de la Dictadura como Eugenio Zaffaroni. La “sobreactuación” oculta un sentimiento de una culpa que hay que disimular.

En el marco de la banalización, los actores más insospechados por su función, los maestros,  o más bien algunos dirigentes del gremio docente, han utilizado los hechos para desfigurarlos con sus interpretaciones y ensanchar la grieta con una clara y minúscula vocación electoral operada sobre los niños cautivos del docente. Una infamia.

Ese sindicato (y tal vez otros) elabora contenidos para el ejercicio de la docencia. Esos contenidos ¿cuentan con el control y el aval del Ministerio, responsable de la formación e información escolar? ¿Se imparten clases a los alumnos de todos los niveles con esa documentación?.

Si el Estado no regula los materiales de la enseñanza (y en este caso es de suponer que, al menos por la celeridad, no lo hizo) estamos frente a una nueva muestra del deterioro de la autoridad del Estado. Los padres suponen – quiero creer – que hay una currícula ofrecida en la escuela. Tanto pública como privada. La pública es laica y la privada puede no serlo. Pero es el Estado el que regula aquello que es la educación común. No los sindicatos.

Los que repartieron ese material se reconocen Kirchneristas. No deben ser pocos. Tampoco la mayoría. Y puede que haya de otras filiaciones, y que cada uno produzca sus materiales. El alumnado indefenso, por lo menos en la primaria y en los primeros tramos de la secundaria, quedaría a merced del alineamiento sindical de la escuela o del docente. Un verdadero aquelarre.

No es la función del sindicato formar o informar alumnos y mucho menos distribuir para ello material no supervisado por el Ministerio.

En esta semana al mismo tiempo que el ciudadano (lo es por su documento) Jones Huala, reivindica un territorio de manera no pacífica; y por lo tanto desconoce al Estado argentino y sus leyes; un sindicato docente pasa por encima del Estado (y parece que lo hace con habitualidad) e imparte “sus contenidos” y ambas cosas se vinculan con la desaparición de Sergio Maldonado.

Una desaparición es un hecho lamentable que, por cierto, habla de la debilidad e impotencia de un Estado que no lo puede encontrar. Es el mismo Estado que no encuentra, o no condena, a los autores (materiales o intelectuales) de los grandes atentados y así y asesinatos disfrazados de suicidios: la lista es interminable y abarca todos los períodos que querramos.

Este hecho, como todos los anteriores, nos habla de un Estado que siendo grande (más de 3 millones de personas trabajan en él) denota ausencias enormes en todos los planos. Sin Estado eficiente ¿es posible una Nación justa, soberana, independiente?

La democracia iniciada en 1983 intentó una mejora en la calidad de gestión del Estado. Un Estado que la Dictadura había convertido en una maquinaria del terror. Pero que antes de esa Dictadura , el país, tuvo una burocracia más que razonable. A punto que el Ministro de Economía de 1973/74 de cuatro presidentes (vaya crisis) no cambió a ningún Director Nacional del Ministerio ni a ningún funcionario de las áreas de la administración que siguieron siendo los del gobierno anterior que, además, era una dictadura. Pero la burocracia de entonces tenía una jerarquía respetable y el Ministro de entonces creía en la necesidad de una burocracia de calidad. Y creía en su capacidad de impartir normas y criterios porque tenía un  programa y una visión y una autoridad moral para ponerlos en marcha.

Un ejemplo de razonabilidad y profesionalidad del sector público fue el entonces Consejo Nacional de Desarrollo esplendoroso al principio de los 60. Si hicieramos la lista de los funcionarios públicos, de todas las ramas del conocimiento y de la acción pública, que sirvieron allí en aquellos años, nos encontraríamos con la inteligencia más notable de todas las corrientes de pensamiento de nuestra Nación.

La Dictadura Genocida destruyó planteles públicos como nadie lo había hecho antes.  La presidencia de Raúl Alfonsín hizo intentos en la dirección correcta como también la gestión de Gustavo Beliz con la creación del SINAPA a principios de los 90. Pero, salvando ese paréntesis, todo lo que siguió fue una continua degradación de la función pública que es, después de la explosión de la pobreza, la segunda característica de la decadencia argentina: primero, excluir a una parte sustantiva de la sociedad y segundo, destruir la burocracia estatal de mérito. Las dos cosas empezaron con la Dictadura genocida.

El incremento de la cantidad de agentes ha sido, paradojalmente, proporcional al descenso de la calidad de la gestión. Nada indica que, más allá de las palabras, la gestión PRO – que ha llenado de “amigos” la administración – sepa, pueda o quiera torcer ese rumbo.

Ese rumbo que parece estar definido, coincide en el tiempo, con el espíritu “privatizador”. Veamos que es privatizar o privar.

Privar al Estado de la excelencia de su personal, negar la formación y la carrera, y llenar de amigos en cada gestión (recordemos el decreto 92/95 de Domingo Cavallo), la invasión de La Campora en la SIDE y ahora las docenas de amigos PRO que han llegado a los multiplicados ministerios sin experiencia que los avale, para citar algunos hitos.

Pero al privarlo de su excelencia, también lo han privado al Estado de sus funciones. Y allí vienen todas las privatizaciones y concesiones, todas las entregas a los “privados” liberándolos de todo control público de verdad. ¿Hace falta recordar los ejemplos menemistas de, por ejemplo, las AFJP que mes a mes registraban menos saldos en las cuentas de sus afiliados, las rutas concesionadas para cortar ( a veces) el pasto?

Y en tiempos Kirchner la privatización de la política de vivienda en manos de los escándalos Schoklender-Bonafini o Milagros Sala. O la entrega del juego y José Lopez como emblema de todo lo demás. Todo igual por años.

En lugar del Estado, privados. Y en el control un Estado privado de la excelencia (técnica y moral) para hacerlo. Destrucción del Estado y su reemplazo por una oligarquía, concentrada y apátrida.

Pues bien, Usted dirá qué tiene que ver el principio de esta nota con los últimos párrafos. Pues todo.

Es que un Estado que, ante una suerte de procura de secesión, no actúa, o que no es capaz de inspeccionar parte de su propio territorio, que no puede dar cuenta de la desaparición de una persona y sufre de las acusaciones de que supuestamente él mismo la ha forzado, que admite pasivamente que un sindicato imparta contenidos no avalados a los alumnos que son los que merecen la mayor protección del Estado, ese Estado, es el mismo Estado que renunció a la excelencia por el amiguismo, que entregó el patrimonio de generaciones por monedas, y que sigue siendo absolutamente incapaz de lograr que el excedente de los argentinos (pos blanqueo) se invierta en el país y que se dedique a actividades productivas capaces de generar empleo decente. Y esa es la tercera nota argentina de la decadencia: la fuga de capitales que es la fuga del excedente del producto social colectivo. Fuga. La fuga de gas puede hacer explotar un edificio, la fuga de agua puede hacer resquebrajar los cimientos, la fuga del excedente, la fuga de los ahorros nacionales, impiden la reproducción y expansión del aparato productivo. No hay manera de evitar el deterioro sino somos capaces de evitar la fuga del excedente. Un paso sería el retorno de esos capitales: el blanqueo no lo logró ¿fue el objetivo?

Tres notas distintivas hacen a nuestra decadencia, la pobreza que excluye como mínimo a un tercio de la sociedad y peor a la mitad de los niños, un escándalo; la fuga del excedente que excluye la posibilidad de amortizar el equipo de capital, que excluye la posibilidad de expandir el aparato productivo y aumentar la productividad y que obliga, de una manera u otra, al endeudamiento; y la tercera que es la que se nos ha hecho patente esta semana es la decadencia del Estado carente de autoridad que es un  verdadero colador por donde se filtran todos los males. Pobreza, fuga, Estado corroído. Y como consecuencia de todo ello, la grieta, la violencia, el desplazamiento de la posibildad de consenso.

Que las estadisticas digan la verdad es muy bueno, aunque obvio.

Pero que no es bueno que nos pasemos las horas dando interpretaciones que transformen lo pálido en colores. Es tonto. Claro, no es tanto que el Estado es grande como que es tonto y no por casualidad.

Como tampoco es por casualidad insistir en que el Estado es  simplemente grande sin aclarar que la relación estadística deriva de que la economía se ha encogido de una manera inexplicable.

La economía encogida ha producido la grieta de la pobreza. Y la incapacidad del Estado ha convertido a la pobreza en la causa del tamaño del Estado. Y tal vez por ahí transite la puerta, el tobogán, el miedo, de la fuga.

No es un juego de palabras. La renuncia a la excelencia en el Estado es la madre de sus fracasos. Todos los problemas de esta semana, deficit de soberanía territorial, ausencia del Estado en las aulas, incapacidad de encontrar personas y culpables, tienen el mismo origen: un Estado débil y sin excelencia. Reconocerlo es importante. Pero sin consenso en sentido amplio es imposible hacerlo excelente y fuerte.

Para salir de la decadencia hay que corregir las tres “notas” al mismo tiempo: la pobreza, primero de los niños; la fuga del excedente, primero incentivando la inversión reproductiva; y tercero, reconstruyendo la autoridad del Estado, primero construyendo la excelencia de la burocracia.

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02 septiembre 2017

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