Demagogia

29 de abril de 2018

Carlos Leyba

Una de las palabras usadas en los últimos días por los defensores de la política de tarifas del gas y de la liberación del precio de los combustibles – atándolos a las cotización internacional del precio del petróleo -, se la aplican a quienes critican “la política” gubernamental de esas tarifas. El que la critica, dicen los defensores de estas decisiones oficiales, hace “demagogia”. Es decir, hacen uso de la palabra para engañar como modo de halagar al pueblo con mentiras. Eso es lo que habitualmente llamamos demagogia. Sin embargo, algunos de los defensores de las políticas, por ejemplo “La Nación” sobre los precios de los combustibles, tituló “Desborde de precios”, que “complica al campo y obliga a replantear estrategias”. Una advertencia que apunta a nuestra fuente principal de recursos externos. No es un problema menor tener en cuenta el impacto que sobre nuestra fuente de producción de divisas implica la política de precios de los combustibles.

Lo cierto es que hay discursos demagógicos tanto para las políticas que se despreocupan de los equilibrios fiscales y privilegian los equilibrios sociales (que en la terminología vulgar serían “populistas” ) como también para las políticas que “se preocupan por los “equilibrios fiscales” que aplazan los equilibrios sociales (que en la terminología vulgar serían “reaccionarias”). La política de tarifas se puede encolumnar en la batería de medidas destinadas a reparar el desequilibrio fiscal pero lo que habitualmente se le critica es el desequilibrio económico (p.ej. producción agraria) y social (p.ej. afectación de las condiciones de vida) que provoca.

En realidad “demagogia” es todo uso político de las palabras para ocultar a quienes, las medidas de política económica en cuestión, benefician o a quienes perjudican. Donde no hay transparencia hay demagogia. La demagogia puede ser “populista” o “reaccionaria” según a los sectores que trata de encolumnar. Hay de las dos.

Por ejemplo, decir “hay que hacerlo así porque no hay otra manera” o porque no hay otro remedio, es pura demagogia si es que, detrás de esa medida, hay transferencias de ingresos, beneficios que, puesto en claro, no podrían ser sostenidos en público. Cuando se ocultan costos o beneficios hay demagogia.

También es demagogia rechazar, condenar, una medida de política económica sin la cuál podría ocasionarse un daño mayor a los que se quiere proteger.

Llegados a este punto podemos decir, sin temor a equivocarnos, que toda política que no se centra en el “bien común” es siempre demagógica, sea en versión “populista” o en versión “reaccionaria”.

Un ejemplo permanente de la historia de las cuatro décadas pasadas, el “endeudamiento” externo a tasas de interés mayores a la tasa de crecimiento de la economía  y del saldo de la balanza comercial, es demagógico si no se pone en claro el grado de compromiso que se está asumiendo. El más notable y olvidado, ejemplo de demagogia, es la venta de Mauricio Macri de una deuda a 100 años que tomamos al 7,9 por ciento anual. Macri (difícilmente pueda fundamentarlo con su actual política) quiere crecer al 3 por ciento los próximos 20 años. La deuda de ese Bono crece a, en ese mismo período, al 7,9. El éxito del joven ministro Caputo es que si la Argentina del PRO logra crecer cada año 3 por ciento en el 2038 el PBI será 75 por ciento mayor que el actual. Pero lo que es seguro, seguro, que la suma acumulada de los intereses de ese BONO habrán logrado multiplicar su valor por 3, 25 veces. Si PBI y deuda tienen algo que ver tendremos menos capacidad de pagar de aquí a 20 años que hoy. Gracias por el éxito. Eso es demagogia.

Otro, la decisión política de administración de precios de la carne que lleva a la liquidación del stock ganadero, también es demagogia pura. Esa política liquidó 10 millones de cabezas de ganado. Y obviamente la carne resultó mucho más cara después. Eso es demagogia.

El largo plazo, lo que pasa después del presente y el futuro inmediato; y el bien común, que es como se reparten las cargas y los beneficios, son esenciales para escaparse de la vida demagógica.

Largo plazo y bien común son los ejes de toda política no demagógica. Demagogia es desvalorizar el largo plazo y postergar el bien común.

En ese contexto, dado que se desentendieron del largo plazo y del bien común, las políticas de la Dictadura y de Carlos Menem y las de Néstor y Cristina Kirchner tienen en común el esencial “corto placismo” y la visión alejada del bien común, más allá del discurso y las promesas.

Nos enseña la historia que al demagogo “Por sus frutos los conoceréis”: el agotamiento del capital reproductivo y la radical inequidad de una sociedad condicionada por la pobreza se nutre de distintas vocaciones demagógicas.

El oficialismo actual, al defender la política tarifaria del gas sin hacer público el costo del mismo y dar a conocer cómo se reparte el precio propuesto, queda sospechado de demagogia. Sospechado porque no tenemos todas la información pero sí más que suficiente como para sospechar.

No transparentar el costo del gas en boca de pozo y no transparentar a quién fluyen los fondos de una tarifa que supera a la de casi todos los países que producen con su propio gas, lleva a creer que lo que se oculta, lo que se vela, lo que no se dice, tiene detrás o una ignorancia injustificable o beneficiarios inconfesables. De lo contrario estaría publicado. Es un precio regulado y eso no admite ignorancia y mucho menos beneficios inconfesables. Hay un viaje que asocia dos puntos demagogia a corrupción.

Si el precio que ha fijado el gobierno responde al costo no hay razón para no transparentarlo. Y a partir de allí podemos discutir como lo pagamos. Pero cualquiera sea el costo pagarlo hay que pagarlo. Quien lo paga o como se paga es otro debate.

Pero si el precio oculta una transferencia de ingresos gigante e injustificada, entonces, los demagogos no son los que protestan, sino los que no dicen toda la verdad.

La prepotencia de la descalificación con adjetivaciones del tipo “reaccionario” o “populista” son la medida de lo lamentable del actual debate político nacional que, puesto en estos términos, nos convierte en la sociedad de la puerta giratoria. La ausencia de debate serio nos coloca en la puerta giratoria.

La sociedad de la puerta giratoria es aquella que se aleja de lo que estaba haciendo, pero para volver al mismo lugar.

Caminar para estar siempre en el mismo lugar, creyendo que vamos para un lado y que cambiamos para otro. Pero en realidad, en la puerta giratoria, no vamos para ningún lado. Siempre volvemos a empezar cualquiera sea el tramo de la puerta en que estamos.

En la puerta giratoria los viejos conocidos no nos abandonan, déficit gemelos, deuda externa, inflación…

En este contexto Mauricio Macri ha repetido por enésima vez “lo peor ya pasó”.

No es una buena noticia que la percepción que de la realidad tienen los que gobiernan, sea tan distante de la percepción que de la realidad tienen gran parte de los gobernados.

Esto se agrava porque desde que Mauricio llegó al poder las encuestas de estos días son las peores para él. Una digresión. Si como dicen todas las encuestas su imagen esta peor, para él lo peor no pasó. El optimismo del Presidente nada tiene que ver con el pesimismo que se acumula en los ciudadanos.

Esa bifurcación puede generar un choque. No es bueno que el gobierno contradiga lo que a la sociedad le resulta evidente.

Ejemplos del pasado. La “inseguridad” no era una sensación. Los pobres en Alemania no eran más que en la Argentina.

Hoy la mayor parte de la gente cree que las cosas no están bien y que no van bien. No todos. Apenas una leve mayoría. Pero eso obliga a un discurso oficial más humilde y menos agotador y prepotente. El tono triunfal de Marcos Peña no ayuda.

Sin embargo los estrategas del gobierno insisten. La decodificación de “lo peor ya pasó”, que hacen los estrategas, traduce que “lo peor” es haber desencadenado los tarifazos ahora y por lo tanto ocurridos, lo malo “ya pasó”.

Entonces, cuando de aquí a un año las elecciones se aproximen, la cadena de tarifazos ya se habrá digerido y la simpatía por Mauricio retornará.

O sea que, para el gobierno, el mal humor popular ahora, es un mal humor deseado por el gobierno, ya que imaginan que, en un tiempo corto, todo volverá al clima previo al tarifazo y desaparecerá el mal humor. Ese es el optimismo electoral de los estrategas.

Tarifazos ahora es inflación ahora; y el gobierno cree que tarifazos ahora serán estabilidad mañana. Y como las elecciones son mañana el consejo estratégico es tarifazos ahora.

Por eso para Mauricio lo peor ya pasó. Y en unos meses “lo mejor” habrá llegado para poder acumular votos positivos. Eso creen.

Claro que “no sólo de tarifas viven los países”. También está, por ejemplo, el dólar, la cotización del dólar. Y muchas cosas más.

Los estrategas oficiales, para el dólar, también tienen una suerte de “lo peor ya pasó”. Por ejemplo, el 27 de julio de 2017, Marcos Peña frente a la disparada del dólar dijo: “No hay motivos para preocuparse por el dólar en la Argentina”. Y ahora con el pequeño impulso que el mercado le dio al dólar, Peña dijo “Hay tranquilidad, porque el Banco Central tiene reservas para defender el valor de la moneda” 26/4/2018.

La tarifa del gas, pasará. El dólar no preocupa. La inflación está bajando. Mirada optimista del gobierno.

Nada de esto es lo que percibe la mayor parte de los ciudadanos. La inflación la ven para arriba, a la tarifa del gas no saben como la pilotearan cuando llegue la factura y el dólar les da miedo.

¿Cuántas Lebac son de fondos extranjeros que seguirán la misma conducta de los que se fueron esta semana?

¿Cuántas reservas de libre disponibilidad quedan en el BCRA después del sacudón de esta semana? Es obvio que ni remotamente las contabilizadas son de libre disponibilidad ¿o no?

¿Hasta cuando la suba de la tasa es un aumento de la dosis y cuándo nos pasamos de la dosis y la volvemos de pánico?

No poner todo esto clarito y afirmar “no hay problema” es demagogia.

Pero la más sorprendente de todas las frases demagógicas fue la del inefable J. Aranguren “las medidas que se están tomando son justamente para lograr que haya menos gente en la pobreza”. Aumentamos las tarifas, sin decir cuánto cuesta producir el gas, y ayudamos a bajar la pobreza. ¿Cómo llamar esto sin ofender?

Claramente el gobierno no está en su mejor momento interpretativo de la realidad o de la realidad que viven la mayor parte de los ciudadanos.

Y ante la rebelión de los amigos reacciona con palabras fantasiosas. Esa conducta discursiva como mínimo confunde a los amigos.

Las tarifas son y serán un problema. Y no sólo la de gas. Por ejemplo los servicios de agua de la Ciudad de Buenos Aires y de sectores del conurbano aumentarán más del 25 por ciento.

El dólar es un problema: se fugan dólares para acumular fuera del sistema y además gastamos netos en turismo cifras del orden de los 10 mil millones. Con un déficit de intercambio comercial el sector externo que nadie imagina como paliarlo, el dólar es un problema.

Y decir que el déficit comercial es bueno porque lo produce la importación de maquinarias porque la inversión crece, es demagogia en estado puro.

Y ahí estamos. ¿Cómo reaccionan los sistemas de alarmas de la sociedad? Por ejemplo los periodistas o los dirigentes sociales o políticos, cómo reaccionan ante los problemas, qué preguntas formulan.

Desde los días de Víctor Hugo Morales que, en su programa de radio Continental, ponía al principio el “himno de indeclandia” para burlarse del escándalo del INdec trucho de los Kirchner, al Víctor Hugo embanderado con cualquier cosa K, se ha construido la cultura del periodismo militante. Fue escandaloso durante los K. Y es lastimoso en estos días. El periodismo sin preguntas y sin re preguntas, también es un periodismo PRO triste. Una pena.  Veamos la demagogia periodística.

Los panaderos manifestaron “a la japonesa” (regalando el pan) su queja por el aumento de costos, la competencia desleal y la restricción presupuestaria de los consumidores, que le impide al gremio los precios en el nivel rentable.

La cola de demandantes de pan gratis reveló una gran cantidad de gente dispuesta a entregar tiempo a cambio de un kilo de pan.

Debemos suponer que la cola estaba integrada por personas cuya remuneración, por el tiempo de trabajo empleado en la cola, era menor al precio de un kilo de pan de la competencia desleal. La cola como muestra no dice mucho. Pero, en una situación económica y socialmente holgada, la cola ( y el número de pobres) habría sido menor.

Lo que sí nos dice, acerca del “estado de la cosa pública”, es el interrogatorio al que, los periodistas radiales, sometieron a los empresarios de la panificación. Exigían claridad en la imputación de costos. Detalles punzantes. Aguerridos hombres de prensa.

El pan es importante y tiene muchísimos oferentes locales. Podemos imaginar competencia externa. En Nueva York se ofrecía la baguette Made in France. Más allá de las regulaciones existentes, dado que se trata de un alimento esencial, al menos desde el punto de vista de los hábitos,  el del pan es un mercado hecho y derecho.

A las autoridades su precio les preocupa por el peso en la canasta familiar y por su impacto en el índice de precios. Y esta muy bien que los periodistas exijan razones e información a los panaderos.

Otro producto estrella, mucho más importante, es el gas. Sin él no podría elaborarse todo el pan para las ciudades; y la vida urbana sería extremadamente compleja.

El gas, el aumento de la tarifa del gas, ha sido el producto estrella del debate público. Pero ni el periodismo ni la política se han preocupado por interrogar por el costo de producirlo.

El costo hay que pagarlo. Para pagarlo hay que conocerlo. Ignorando el costo podemos hacer posible transferencia de ingresos injustificables.

Todos los panaderos juntos no facturan lo que una pequeña empresa proveedora de gas. ¿No preguntaremos nunca por el costo?

Hay varias cuestiones en las que hay unanimidad. Primero, que hay que consumir con moderación. Incorporar como conducta el ahorro en el gas, en la electricidad, en el agua.

Durante el Segundo Plan Quinquenal el gobierno del General Perón tenía como consigna reducir a lo necesario el consumo de esos bienes. En las escuela se motivaba a cerrar las canillas que goteaban y a apagar las luces de los ambientes deshabitados.

Además hay una razón de cuidado del Planeta – lo que predica Francisco – en ese ahorro. Esta muy bien una campaña para ahorrar que debería ser una parte esencial de un compromiso nacional.

Compromiso que debería considerar que mucho de lo que ahorremos los que tenemos acceso a esos bienes, podría aprovecharse para la necesidad de millones que no tienen acceso.

Un primer objetivo del ahorro es la mejora en la distribución de esos bienes. Una conducta de ahorro, de los que disponemos de esos bienes, es la condición necesaria para que aquellos a los que aún no les llega puedan obtenerlos. Dos derivas del ahorro: el cuidado del medio ambiente y el cuidado del ambiente social. Ecología en todas las dimensiones.

Pero además necesitamos ahorrar esos bienes (gas, combustibles, electricidad, agua) para poder disponer de más recursos para el incremento de la actividad económica que requiere de la disponibilidad de más de esos recursos.

La austeridad que predicaba el Segundo Plan Quinquenal tenía como propósito ayudar a la Nación a convertirse en una sociedad de productores. Una sociedad capaz de producir más de lo que consume.

Este concepto que tiene que ver con la distribución y la producción, también apunta a la “exportación”, la crisis del balance de pagos es la madre de todos nuestros fracasos. ¿Es posible este consenso?

La segunda cuestión que requiere consenso es la necesidad de aumentar la producción de gas, petróleo, energía, porque son bienes estratégicos que requieren un planeamiento de largo plazo capaz de incentivar inversiones para producir (y distribuir) y para acumular reservas.

En un horizonte de expansión de la actividad económica, de mejoramiento en la calidad de vida de todos los ciudadanos, y en particular de la de aquellos que no disponen de esos bienes en la actualidad, el incremento de la producción y en las reservas de esos bienes, es de prioridad tal que la tasa de expansión de esas actividades debe superar, año tras año, notablemente la expansión de toda la economía para que podamos decir que la situación tiende al equilibrio.

Sobre esto es indudable que debería haber un consenso más que amplio en todos los sectores de la vida nacional. La estrategia energética es una prioridad.

Detrás de esa prioridad, además de las inversiones necesarias, está la cuestión del costo de la energía producida o el costo de producirla. Esta es una cuestión de la máxima prioridad.

Nuestro país dispone de un enorme potencial de recursos. Primero aquellos recursos, como los corredores de vientos y las regiones de alta luminosidad, que nos brindan la posibilidad de energía renovable y el desarrollo de una industria nacional para la provisión de equipos.

Esa energía tiene un precio altamente dependiente del costo de la inversión. Y el costo de esa inversión, entre otros componentes, tiene una alta dependencia de la tasa de interés, con lo que el costo de la energía producida está directamente vinculado a la disponibilidad y el costo del financiamiento.

Tratándose de energía limpia, el país debería tener una estrategia consensuada y compartida para lograr grandes volúmenes de financiamiento a tasas más que blandas para hacer posible que el país disponga de energías que, transcurrido un periodo de tiempo, se conviertan en energías notablemente baratas. Es posible siempre y cuando un programa consensuado y de largo plazo lo torne operativo.

Naturalmente en este mismo nicho debemos sumar el potencial de energía hidroeléctrica del que disponemos.

Decisiones más que discutibles del gobierno kirchnerista y ahora del macrismo, han viabilizado represas como la de Cordon Cliff – La Barrancosa que lejos de tener calificación prioritaria han respondido a intereses muy poco fundados y que tendrán costos que supondrán tarifas excedidas. Esas represas son ejemplo de cómo “los costos” de la inversión no han sido analizados en términos de la competitividad del sistema energético.

Finalmente están nuestras reservas hidrocarburíferas de las que, según los expertos, las convencionales no nos ofrecen demasiadas posibilidades en términos de abundancia y sí las tenemos en términos de posibilidades en las no convencionales cuyo emblema es Vaca Muerta aunque también la explotación en el mar es de enorme potencial.

Hay consenso en que Vaca Muerta es una enorme fuente de energía potencial que se está verificando. Y también hay conciencia en la urgencia de ese aprovechamiento ya que, en un horizonte de mediano y largo plazo, los combustibles fósiles irán perdiendo consenso social.

Si las reservas son inmensas su monetización no puede quedar para un futuro demasiado distante so pena de una notable pérdida de valor.

Vaca Muerta es una posibilidad y, por lo dicho, una urgencia.

El gobierno, siguiendo la línea del kirchnerismo, ha decidido para esa explotación un “precio” que – en gas – será de 7 dólares el MBTU. En su momento Paolo Rocca defendió ese precio con el sombrero de productor petrolero, pero advirtió – con su sombrero de productor industrial – que a un precio superior a 3 dólares el MBTU la industria es inviable o al menos, deja de ser competitiva.  Y naturalmente a 7 dólares el gas no es competitivo para ser objeto de su exportación en la forma que fuera posible.

Los consumidores de ese bien, abundante, deberían pagar una factura (si esa fuera la única fuente de provisión) muy superior a la que hoy esta generando una crisis “política”.

En este punto y en el tratamiento de esta cuestión, el “consenso” es difícil. Es tan difícil y árido el tema que acerca de esto cabe aquello de “ de esto no se habla” y los periodistas tan inquisitivos con el panadero no lo han sido ni con el Ministro ni con los empresarios.

Con esta introducción nos hemos puesto en la puerta del presente. La falta de consenso, la escasísima vocación por debatir civilizadamente, acerca de la tarifa de gas es la consecuencia de no querer, no poder, no saber, preguntarnos acerca de cuál es el costo de producir un MBTU.

El panadero fue sometido a un interrogatorio sobre todas las ventilaciones que conforman el precio del pan. Pero al ministro que decidió que el MBTU sea de 4,68 dólares, lo que provocó una alerta ante lo que será una estampida de los precios en la factura de todos los que lo consumen, nadie le pudo, quiso, supo, preguntar cuál es el costo de producir ese MBTU.

¿Cómo puede haber consenso en un precio regulado sino hay transparencia en el costo de producirlo?

El Ministerio del ramo no puede (o no debe) desconocer los costos de gas en boca de pozo y de precios en el Punto de Ingreso al Sistema de Transporte (PIST).

En 2004, un grupo de estudio de costos de gas en boca de pozo del Ministerio estimó un promedio en base a numerosos yacimientos por Cuencas y empresa. Esos precios fueron de 1,02 dólares en el NOA, 1,07 en la Neuquina, de 1,02 en Chubut, de 0,92 en la Austral y de 0,90 dólares el MBTU en Tierra del Fuego.

En ese mismo año, coherentemente, empresas proveedoras y consumidoras firmaban contratos libres a 1,50 el MBTU. Actualizado por inflación americana hoy serían 2,16 dólares.

Un dato más. El Henry Hub el 16 de abril estaba a 2,88 y hoy hay explotaciones de shale de petróleo que con 20 dólares el barril están en equilibrio (El Cronista, 25/4). ¿En qué se basa los 4,68 de Aranguren?

Puede que sea el precio necesario. No hay información pública de los costos. Y hay un precio que está provocando una enorme tensión. Todo sería más civilizado conociendo el costo auditado de manera irrefutable.

Salgamos de una vez por todas de la demagogia.

 

 

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29 abril 2018

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