Al pan pan y al vino vino

5 de mayo de 2018

Carlos Leyba

A pesar que no es muy pertinente el Ministro de Hacienda afirma que los países vecinos pagan tarifas de gas superiores a las que pagan los argentinos. Por cierto no aclara cuál es el costo de la producción o abastecimiento del gas que predomina en los países vecinos. Si los mencionara estaría ubicando el tema en el lugar desde dónde podemos comenzar a razonar. El Henry Hub Natural Gas Spot Price es el mercado libre en el que se cotiza el gas que se produce en los Estados Unidos. Se trata de un gas que se produce en gran medida a partir del shale gas. Un gas caro. El último precio de ese mercado transparente es de 2,75 dólares del MBTU (30/4/2018) y 2,8 en la semana terminada el 27/4. A partir de este dato podemos leer la información disponible acerca de los costos de producir gas en Argentina.

Un indicador robusto es el del contrato de concesión del yacimiento más importante del país. Ese contrato, esa obligación para las partes, establece que los precios y valores que se señalan deberán tomarse a moneda constante en dólares de 2016. El contrato señala los precios mínimos (los precios sostén en términos tradicionales) a que deberá entregar al mercado lo que produce el concesionario. El precio neto mínimo del petróleo crudo que debe percibir el concesionario, dice el contrato, será igual al precio promedio del primer trimestre de 2006 y el precio del gas natural no deberá ser inferior a 1,61 dólares el MBTU. Ese 1,61 es más o menos, a dólares de hoy, 2, 16 dólares. Pero Dujovne cree que hay que pagar 4,68 dólares el MBTU. El Informe Financiero que en 2015 YPF le envío a la SEC de EEUU dice que “para producir un barril equivalente de petróleo erogó 18 U$S/bep … YPF es el principal protagonista en la actividad del shale oil, shale gas y tight gas con un participación del 85% en las inversiones del 2015” Ese barril tiene petróleo y gas y si seguimos el criterio del investigador de la Fundación Bariloche, entonces el”costo de producción del petróleo 27 U$S/barril,(y) el costo de producción del gas 1,9 U$S/MMBTU … valores similares a los de Canadá”

En materia de gas llamando pan al pan y vino al vino, la cuestión que estamos debatiendo no es el subsidio a los consumidores de gas sino, todo lo contrario, la discusión argentina es quién paga el subsidio a los productores de gas por que entre los 4,68 dólares el MBTU que quiere pagar el oficialismo (y que la oposición no discute) y los 2,60 – por ejemplo – que sería el costo más utilidad, hay una distancia enorme que, según el gobierno, es el incentivo necesario para que produzcan. Y si el costo más utilidad no les alcanza y necesitan un subsidio, todo bien como dicen los chicos, pero aclaremos estamos discutiendo quién paga el subsidio a los productores y no un subsidio al consumo.

La única manera de sostener que estos dichos son tonterías es un estudio de costos auditado por entidad independiente.

Está bueno llamar al pan, pan y al vino, vino. Sobretodo porque cada gobierno oculta las cosas de las que no quiere hablar. Una de ellas es la cuestión central de esta semana que es todo lo que rodea la cuestión del gas y su costo.

En el debate no se habla del costo ni de las reservas de gas que podrían usarse ahora para no importar y hasta tanto una estrategia inteligente nos permita multiplicarlas. A los concesionarios les conviene la importación porque les “convierte” el gas en una commoditie que no es. Pícaros. De eso no se habla. Lo damos por hecho.

No se habla de verdadera “política energética” y se debate sobre la tarifa y quién la paga. Eso, la tarifa, es un resultado que está al final de la cadena. Tiene razón Dujovne no llamamos a las cosas por su nombre.

Pero tampoco se habla de lo que representa el tipo de cambio y de las reservas de libre disponibilidad del BCRA. El “poder de fuego”. Cuando CFK firmó el Acuerdo Estratégico con China, en Diputados, el Presidente de la Comisión de Presupuesto me fundamentó la necesidad de esa firma en una razón menor: si no firmábamos el Acuerdo, no entraba el swap chino que nos habilitaba a un crédito en dólares de 10 mil millones a la tasa del 7 por ciento anual más las enormes y leoninas condicionalidades de los chinos que incluían una represa que no habrá que hacer, dos centrales atómicas que no habría que hacer y – por qué no – una central espacial con soberanía por medio siglo que no se podrá evitar. Todo eso por 10 mil millones que no son reservas sino la posibilidad de obtener un crédito. Las cosas por su nombre.

Marcos Buscaglia, en Odisea Argentina, las estimó en 30 mil millones de dólares. Revisado todo me confirma que es más o menos así. Es mucho pero no los 60 mil millones que con alegría se difunden y que emparejan los sí 60 mil millones de dólares de deuda que representan las Lebac y la parafernalia de instrumentos de absorción monetaria del BCRA y que ahora cuestan … Si fuera 30 por ciento anual … saque la cuenta. Las cosas por su nombre. Pan y vino.

El BCRA ya perdió el 20 por ciento de las reservas. Lo dejó subir y el viernes se dio el gusto de verlo caer. Los cambistas dicen que el dólar siempre después de subir baja a tomar agua y le pone un piso. La gran herramienta que usó el presidente del BCRA que ha vuelto a tener poder es la tasa de interés. Vamos por arriba de 30. Y todos sabemos que el techo de la tasa de interés no es el cielo. Para Rudiger Dornsbuch hay una tasa de pánico. Tal vez 38 no lo sea … pero.

Por eso indigna escuchar que “La volatilidad no nos tiene que asustar” (sic) Marcos Peña. Sobretodo cuando el presidente demostró al menos temor cuando, según comentan, invitó a Domingo Cavallo que, recordamos, fue llamado por la dictadura y sembró el “cavallazo” que estalló en la hiper de Alfonsín, y luego por Carlos Menem, cuando la segunda hiper le quemaba las patillas, y por Fernando de la Rúa cuando la fuga lo sacaba de quicio. Hablar de Cavallo, dice la historia, se habla cuando las papas queman. Y todos sabemos que el que se quema con leche ve una vaca y llora. Estamos viendo la vaca.

Buscar consejos no está mal. Habla de sensibilidad en el Presidente que, hasta ahora, parecía no tener.

Ser sensible no quiere decir que sea uno consciente de lo que realmente necesita. El gobierno necesita, desesperadamente, primero un Plan y segundo un Ministro. Se lo han dicho todos amigos y enemigos. Se lo dijeron a Kirchner, pero él gozaba de las mieles de no pagar la deuda, de tener un super tipo de cambio y los mejores términos del intercambio de la historia. La Señora se la patinó. Pero la tenía. Armó el atraso cambiario, se entremetió con los chinos para tener un salvavidas y además se le fue para atrás el precio de la soja. Y además se liquidó todos los stocks.

Macri de todo lo que Néstor tenía a favor lo tiene casi todo en contra. Razón de más para tener un Plan. Y un Ministro que asuma la responsabilidad y no un grupete en el que uno sube las tarifas, el otro la tasa de interés, y todos a una sostienen que lo hacen para terminar con la inflación y la pobreza. Las ideas y las acciones no parecen coordinadas.

Los funcionarios que el presidente tiene, coordinados o no, hasta ahora no aprueban el examen de idoneidad. Pero buscar a Cavallo sería provocador.

Básicamente porque la duración del Plan y la confianza que pueda generar, dependen del consenso que obtenga y naturalmente el consenso no pasa por simplificaciones tipo Cavallo.

El consenso es función de la representación de los que lo conformen. Política de consenso es olvidarse de la mezquina política de los CEOs PRO, la política del disenso que los ha llevado hasta enfrentarse con el Papa.

Sobre la base del consenso y a partir de él, se necesita un Ministro que debe decidir las prioridades de objetivos y las dimensiones de los instrumentos. El gobierno no es un Club de Amigos.

Esto es urgente. Y hay que hacerlo para que no nos asustemos más de lo necesario; y hacerlo aunque “estos ruidazos del tipo de cambio” sólo sean una manifestación de la volatilidad de los gases, como pretende Marco Peña.

Ese Plan tiene que resolver el problema del dólar y, mal que les pese a los “ideólogos”, ese problema no es que el dólar suba, sino que el dólar sirva para lograr el equilibrio general de la economía, externo e interno, y eso sólo se resuelve, en la Argentina, no con uno sino con varios tipos de cambio.

Las retenciones son una condición esencial del funcionamiento de una economía de dos velocidades como lo es la argentina; y conforman la herramienta que es condición necesaria para tener superávit gemelos.

Justamente los elementos del fracaso de la política macro Macri son el déficit fiscal y el externo, acompañados de alta inflación y cuasi estancamiento per cápita. Podrán ganar elecciones con el marketing y el espanto de lo que hasta ahora tiene enfrente, pero así pierde el futuro y perdemos todos.

La suma de los déficit da deuda externa; y la historia del fin de la deuda ya la sabemos aunque los comienzos sean diferentes.

Las retenciones, apenas un remedio, no son un invento de “la izquierda” sino una saludable práctica de un representante solvente del empresariado, Adalbert Krieger Vassena. Para que los desmemoriados lo tengan en cuenta. Que las cosas son buenas o malas en sí, independientemente de quien las haya hecho.

Volvamos al gas porque, más allá que el dólar le saque la cabecera, sigue siendo un dolor de cabeza.

Asistimos, no es la primera vez, a un debate fundamental sobre el presente y futuro de la economía argentina y lo hacemos en manada.

Es decir todos los que debaten van detrás de una afirmación para sostenerla o refutarla. La cuestión es la del gas y su tarifa. Lo básico de la manada es que nunca mira para atrás. Es decir nunca se hace la pregunta que da fundamento al origen de la afirmación que se discute.

En esas condiciones el debate está literalmente en el aire. Es decir sin nada en qué apoyarse. Y sin apoyo cae en las profundidades de la nada. Lo que se discute no es la cuestión en sí sino quién gana el debate. Lo mismo le pasa al dólar, al déficit, etc.

La tropa de periodistas, que giran alrededor de un titular, los políticos obligados a dar respuestas, todos – “no sabemos por qué” – eluden al unísono formular la pregunta principal del debate parlamentario del gas: ¿cuál es el costo de producir gas en boca de pozo?

Es obvio que si no conocemos el costo no sabemos de qué estamos hablando. Una sola vez se hizo la pregunta de cuánto cuesta el gas y el Ministro J. Aranguren se negó a responder. Hasta ahora son pocos los que se inquietan por esa renuencia a informar del responsable del área. Y sin saber el costo, la discusión es falsa, mentirosa y peligrosa.

No conozco cuál es el costo actual. Pero sé que sin saberlo no es posible hablar de política energética. La ignorancia no puede ser el fundamento de una política.

Inquieta que hay indicios que el costo podría estar muy lejos del precio que ha regulado el gobierno y que ha motivado este debate. Esos indicios son sólidos.

De eso no se habla. ¿Qué estamos ocultando?

La manera de sostener la honestidad de toda política energética es transparentar el costo. En una nota anterior mencionamos que en el Ministerio (2004) se estimaba en 1,02 (NOA), 1,07 (Neuquina), 1,02 (Chubut), 0,92 (Austral) y 0,90 dólares el MBTU en Tierra del Fuego. En 2004 se celebraron contratos libres a 1,50 dólares el MBTU; y en un contrato de concesión de 2006 la empresa exigía un precio mínimo de 1,61.Más claro agua Actualizado por inflación americana hoy esos costos no superarían los 2,16 dólares. ¿Por qué pagar 4,68?

Adalides de la honestidad republicana, en la política, en el gobierno y en la oposición; en el periodismo y entre los intelectuales, han denunciado la apropiación infame del dinero público y en particular en materia energética. Importaciones a precios increíbles, obras contratadas sino inútiles gravosas y por cierto, la apropiación de la recaudación de los impuestos que gravan el combustible, y concesiones, otorgamientos de áreas, etc. que – analizadas a la luz de la ley – son simplemente delitos. Hay años jalonados de esa infamia.

El mundo de la energía es un mundo pesado. Por el estado de sospecha que se cierne después de tantos desaguisados hace imprescindible la transparencia. Poner en blanco y negro el costo del gas y después debatir el precio que se quiere regular. Estamos hablando de 2,16 versus 4,68.

Hablamos de un bien estratégico, el gas, que se explota, extrae, sobre la concesión que otorga el poder público. El gas no es privado.

Jorge Lapeña, miembro de Cambiemos, dijo que este debate “está condicionado por presiones corporativas”. Los productores de gas, que es un precio regulado, procuran maximizar sus ganancias y el mayor precio posible. Es la conducta esperable.

Los consumidores estamos cautivos de los concesionarios de gas. Por eso, entre otras causas más profundas, el precio está regulado.

El Estado como árbitro no puede no conocer el costo para regular el precio. En una sociedad democrática está obligado a dar la razón de sus actos.

Aranguren fijó un precio. Ni empresarios, dirigentes políticos, parlamentarios, periodistas, interrogan cuál es el costo y cómo se compone el precio regulado. Se despreocupan del costo cuya ausencia de información es un atentado a la democracia y una prueba de la debilidad del debate. El carácter de manada de este debate es un clásico de cómo se pueden ocultar las conductas corruptas: hablando de otra cosa y de aquello de lo que no se habla.

El problema es gravísimo en sí, pero se agiganta porque para el Gobierno, en el precio fijado, se juega la política de reducción del déficit fiscal. Además se sostiene que si ese precio no se otorga se agrava la crisis energética y que la única manera de producir la necesaria conducta de austeridad es tener un precio que impacte a los consumidores finales o intermediarios (actividad económica).

Para los consumidores finales el impacto es una reducción del ingreso disponible y afecta el consumo y contribuye a la reducción de la actividad y en el caso de los consumidores intermediarios, impacta en los precios (inflación), en la competitividad de los bienes producidos, o en la rentabilidad.

Por eso hay que ir atrás. ¿Cuál es el costo, cómo se integra ese precio?

Si el precio que ha decidido Aranguren es el que corresponde al costo de producir el gas más una utilidad razonable no hay más que discutir acerca del precio. Y la discusión que cabe es determinar quien paga ese precio. Si quien lo usa, entonces, no hay más subsidios.

Pero si resulta que el precio no se corresponde con el costo mas una utilidad razonable para el concesionario, entonces, en realidad la nueva tarifa o aun la actual podrían estar conteniendo un subsidio a los concesionarios.

Un subsidio que de existir debe ser explicitado y justificado.

En ese caso el debate no sería acerca de cómo eliminamos el subsidio a los consumidores sino acerca de cómo vamos a pagar el subsidio a los productores.

Si en el precio en realidad hay más que costo más utilidad razonable, entonces el debate verdadero es acerca de cómo pagamos el subsidio a los concesionarios. Podemos hacerlo con la tarifa, como se propone, o bien podemos hacerlo con recursos presupuestarios.

Y si no hay suficientes argumentos para subsidiarlos deberíamos terminar con el subsidio y pagar una tarifa que no sea mas que el costo mas utilidad.

Lo dramático es la conducta de manada. Como no sabemos el costo porque el Estado no lo informa y no sabemos de la existencia de una auditoria independiente, estamos desnudos.

Aunque no lo pueda creer el fundamento de Aranguren es que “importamos gas”, entonces, el precio que hay que tomar es el del gas importado que apenas es una parte del que producimos y mucho menos del que realmente podríamos producir si le exigimos a los concesionarios que cumplan con la filosofía de las concesiones.

El gas no es una commoditie y ,como con el dólar, “de eso no se habla” y la discusión termina siendo de manada: nadie analiza el origen del problema, la discusión así no aclara y obscurece lo principal que, en esta semana, es nada mas ni nada menos que la política energética y las herramientas para lograr el equilibrio externo.

Al pan, pan y al vino, vino. Sin equilibrio externo no hay programa que funcione a mediano plazo y sin soberanía energética ídem. Pero la soberanía energética empieza por tratar como concesionarios a los concesionarios y el equilibrio externo por reconocer que somos una economía con una velocidad para el sector primario y otra para la industria.

compartir nota
05 mayo 2018

Al pan pan y al vino vino

Los comentarios están cerrados.