Acuerdo Nacional

28 de mayo de 2018

Carlos Leyba

El 25 de Mayo el ex presidente de la Nación y actual senador Federico Pinedo, en un reportaje radial, sorprendió a quienes le interrogaban respondiendo que para él era imprescindible o necesario e inmediato, convocar a un “acuerdo” para el crecimiento. Mas o menos textual. Siendo quien es, ésta, no es una afirmación irrelevante. Lo dice un hombre de la política. Y un hombre del oficialismo. El periodista, se notó, se sintió mal. No esperaba el concepto de crecimiento y mucho menos la idea de un acuerdo político para lograrlo. Seguramente para el famoso comentarista radial, que suscribe la idea que “equilibrio fiscal y lo demás por añadidura”, el Acuerdo con algunos partidos, debería estar centrado en el déficit fiscal ya que, considera al igual que los funcionarios del gobierno, que el déficit es en sí una cuestión autónoma, algo que se cocina en su propia salsa. O para decirlo más claramente, una suerte de entidad cuya prosecución no tiene consecuencias, entre otras, sobre el propio déficit fiscal.

Puesto de otra manera “achicar el déficit fiscal”, en tanto objetivo, puede estar asociado a instrumentos absolutamente contradictorios. Para poner un ejemplo salvaje y simplificado: se lo puede perseguir subiendo los impuestos o bajando los gastos.

Ambas herramientas son recesivas, bajan la demanda, pero quienes la pagan son diferentes. Como en todas las cuestiones de la economía “un objetivo” sólo adquiere sentido cuando se mencionan los instrumentos con los que se pretende alcanzarlos y cuando se especifica los sectores sobre los que se llevará a cabo la aplicación de los instrumentos.

En otras palabras, cuando decimos achicar el déficit no estamos diciendo nada si es que al mismo tiempo no especificamos los instrumentos; y cuando los especificamos percibimos que estamos hablando de toda la economía y lo peor que nos puede pasar es pretender que el objetivo en sí tenga significado pleno.

La economía es un sistema. Y es infantil pensar que hay “objetivos” aislados. Por eso es necesario que las cuestiones económicas se esclarezcan profesionalmente.

Y todos las podemos entender una vez que todo se pone sobre la mesa. Cuando Pinedo menciona el Acuerdo pero para el crecimiento, le está diciendo eso al periodista más oficialista que el oficialismo. Que no es uno sino decenas.

Importa destacar que el periodista en cuestión, como la inmensa mayoría de sus colegas que hoy transitan los principales medios radiales y televisivos de la Ciudad de Buenos Aires, abrevan en la cultura – bien que primitiva – que el crecimiento de las economías se produce como consecuencia de ciertas normas de prudencia fiscal y monetaria y la vigencia de las reglas de mercado libre para todas las actividades, incluyendo la más dilatada apertura del comercio internacional que sea posible.

En esta visión, la del periodista en cuestión, el Estado es un problema y también es un problema, derivado de la existencia del Estado, que la política pretenda – desde el Estado – orientar las decisiones del mercado, es decir, de la oferta y la demanda.

Lo que está detrás de esa posición programática, es que es “la sabiduría de la oferta y la demanda” lo que habrá de procurar el progreso.

Y la idea de progreso implícita es una en que el progreso es el resultado de una suma de progresos individuales. Una suerte de progreso por oleadas, primero unos después otros, la idea del derrame cuyo estruendoso fracaso derrumbó las economías durante los años más vigorosos del Consenso de Washington y de lo que todavía no nos hemos repuesto.

Pinedo sorprendió en el reportaje porque la línea que bajó el Presidente, la que repiten Nicolás Dujovne y el Presidente del BCRA, el oficialismo económico, esta muy firme en que la “condición suficiente” para el progreso es lograr el equilibrio de las cuentas públicas.

No hay que olvidar que los primeros pasos del gobierno tuvieron el mismo entusiasmo respecto que acabar con la inflación, lo que para Mauricio era muy fácil, habría de implicar la inmediata reacción de los mercados hacia el crecimiento.

Ese planteo fracasó. Y la inflación con la que abrió el gobierno su primer año (2016) fue mayor que la de 2015; y la de 2017 si bien bajó respecto del año anterior, sólo volvió a los niveles de 2015 y la de 2018 que se suponía sería menor a la del 2017 estará resultando mayor. La inflación no bajó. No podría haber bajado porque nada parecido a un programa perseguía esa finalidad más allá del mal diagnóstico de la enfermedad con el que encararon la salva de mísiles antiinflacionarios encapsulados en las tasas de interés.

Y la economía tampoco creció. Esa “condición suficiente” no lo era y – como dijimos – tampoco se logró.

Aclaremos, la estabilidad es una consecuencia y no una causa para crecer. Por ejemplo, un método aplicado a la derrota a la inflación es la apertura importadora. Los precios bajan dado que en algún lugar del planeta cada cosa se vende más barato (ponéle los saldos) y esa estabilidad genera un colosal desempleo. Ya lo vimos.

Pero las primeras apuestas del PRO fueron a “la confianza” como motor de las inversiones. La “condición suficiente” consistía en el acceso al gobierno del propio Mauricio y del “equipo más calificado de los últimos 50 años”. Las inversiones no llegaron y la confianza, como indican todas las mediciones, a medida que avanza el período se va evaporando. Y lo que se comprobó que no era ni equipo ni más calificado.

Ni la confianza, ni la derrota de la inflación, ni el equilibrio fiscal – aunque se hubieran conseguido – no habrían sido condiciones suficientes para crecer.

La respuesta de Pinedo es una bocanada de aire fresco en un costado del oficialismo. Simple para crecer hay que proponérselo como objetivo al que los demás objetivos se ordenan. Programa multidimensional y consenso multisectorial. Eso es Política con mayúscula.

El costado económico del oficialismo, los CEOs, gurúes y ad lateres, hasta ahora no marca triunfos.

Ahora parece reverdecer, parece, el costado político que propone, como el Presidente Provisional del Senado lo ha hecho, un objetivo más complejo, multidimensional, que es el crecimiento, objetivo de largo plazo inalcanzable sin amplio consenso político.

En estos días, esta semana, el “acuerdo para el equilibrio fiscal” era el contexto para el debate sobre las tarifas que, de no haber cambios, va camino de la sanción legislativa desfavorable al gobierno y el inmediato veto presidencial.

Si el proyecto opositor triunfara, el veto sobrevendría y en ese contexto, el gobierno ¿ podría acudir a un llamado a acordar las condiciones de un Acuerdo para terminar con el déficit fiscal? Difícil.

Un mejor escenario para el Acuerdo es el que surgiría de una derrota del proyecto opositor y la aprobación del acuerdo lanzado por el vencedor pero promovido por la línea más próxima de los gobernadores peronistas.

Ese acuerdo tarifario oficial en las últimas horas tuvo a Juan Manuel Urtubey como portavoz promoviendo una tangente que consiste en reducir la carga fiscal sobre las tarifas.

Si esa idea cuajara, entonces la posibilidad de una convocatoria a un Acuerdo crece. No a un acuerdo fiscal. Eso no puede ocurrir y es innecesario porque se vota cada año en el Presupuesto. El Acuerdo que se hace posible es el que esta proponiendo Pinedo si el Presidente lo comparte.

Pero con Veto no hay acuerdo por largo tiempo. De todos modos este, de las tarifas, es un debate (la decisión oficial, el proyecto opositor y la tangente de Urtubey) en el que, lamentable e insólitamente, el tema del costo de la energía, nada más y nada menos, ha estado ausente.

En consecuencia ha estado ausente establecer si el subsidio que se discute , con los números en la mano, es el fin de un subsidio a los consumidores; o bien un subsidio pagado por los consumidores a los productores, a las empresas petroleras. Cuesta y mucho, entender que, con excepciones, en el debate sobre las tarifas “reguladas” nadie le pregunte o lo exija al Estado que revele los costos del bien cuyo precio se regula. ¿Por qué razón no se rompe el silencio?

Ese es el verdadero debate tarifario y acerca de él no se ha hablado. Sigo la tradición política de los últimos 40 años de lo que hay que hablar para entender y resolver, simplemente, no se habla.

Es obvio que si el Acuerdo al que convoca el gobierno es solamente para discutir y acordar sobre el déficit fiscal, es decir, cómo achicarlo, las opciones no son muchas.

Pero si el debate es para el crecimiento, todas las opciones, aun la de reducir el déficit fiscal, se multiplican.

Discutir como crecer es, en economía, el sentido principal de la política. La propuesta de Pinedo es el retorno de la política a la idea del Acuerdo. Una bocanada de oxígeno que informa que la política aun no ha muerto en el oficialismo.

La seña más notable es que el mismo día de la respuesta de Pinedo, Rogelio Frigerio, ministro del Interior, le habría dicho al Presidente “Qué gobernador va a venir compartir con vos un ajuste fiscal. Vamos a tener que incluir muchas más cosas para hacerlo más atractivo para que convoque”, y “le propuso a Mauricio Macri darle un contenido desarrollista al “gran acuerdo nacional” para no espantar a la oposición con el ajuste como único plato del menú” (LPO). Pinedo no está solo.

En la misma frecuencia que Pinedo y Frigerio (políticos con pasado previo en la política y sin rastros de CEO en su formación) Sergio Berestein (famoso encuestador próximo al PRO, también miembro del “grupo de amigos gobernando”) publicó en La Nación, el mismo día, una nota en la que aboga (cito) por “el diálogo, la cooperación, la formación de consensos, la necesidad de … acordar un conjunto básico de objetivos estratégicos de largo plazo para orientar las políticas públicas y romper la obsesión cortoplacista “ Si Macri continúa con su obsesivo foco en los recortes presupuestarios, la convocatoria está destinada a fracasar” “Otro sería el panorama si la propuesta de debate fuera más abierta y sustanciosa”

Entonces, un jefe del oficialismo en el Senado, un ministro que ahora parece estar en la Mesa Chica y un consultor amigo del poder, los tres coinciden en que la convocatoria de Macri y Marcos Peña dedicada al achique del déficit fiscal, es inútil (qué gobernador va a venir, dijo Frigerio) , y que si continúa con su obsesivo foco en los recortes presupuestarios, la convocatoria está destinada a fracasar (dijo Berenstein) y que tiene que ser una convocatoria para crecer (Pinedo).

Los tres plantean, en el contexto del Acuerdo, una discrepancia radical con la concepción del gobierno instalada por Marcos Peña, el gurú J. Duran Barba y el que ha seguido al pie de la letra Mauricio Macri.

La “Mesa Chica” original, desde el inicio de la gestión, ha tratado de eludir la apelación a la política para gobernar.

Ellos han sostenido una visión gerencial del gobierno basado en el éxito, lo que los ha llevado a una situación de aislamiento político que sólo es sostenible, más allá de la cuestión ética del Bien Común, sobre la base de la concreción de resultados extraordinarios en la economía. No cabe duda que si la economía hubiera tenido al menos un resultado positivo el aislamiento no habría ocurrido.

Cuando ha transcurrido más de la mitad de la gestión los resultados lejos de visualizarse (“el crecimiento invisible”, “el segundo semestre”, el gerundio como discurso “haciendo”,etc.) los resultados son claramente negativos. Y el aislamiento mayor.

La inflación no ha bajado y nadie puede negar el golpe inflacionario inicial de una devaluación (necesaria) pero no sólo no compensada sino amplificada (eliminación y baja de retenciones) no resolvió los problemas que debía resolver, en primer lugar, la habilitación exportadora. No ocurrió.

Las inversiones no se produjeron, y solamente la inversión en obra pública es lo que se puede visualizar. Aportes a la infraestructura. Cierto. Pero casi todos ellos confirmando el “modelo” de estructuras acumulado a lo largo del tiempo: básicamente mejoras en lo “que había” y nada de transformación. Inversión pública reparadora y no transformadora. Desempleo, informalidad, balance comercial negativo, crecimiento del endeudamiento, pedal financiero que es una guillotina a punto de caer. La consecuencia, la evidencia de todo eso, es que el crecimiento no ocurrió. De allí deriva la conflictividad social creciente.

Con inflación que amenaza el 30 por ciento anual y estancamiento, el modelo de tratar de estabilizar apelando a la tasa de interés no sólo fracasa sino que profundiza el estancamiento.

Con estancamiento de la actividad y nula inversión reproductiva, el modelo de expandir la actividad vía obra pública no logra arrancar el proceso inversor o exportador y en consecuencia transforma al mecanismo del endeudamiento externo en uno de financiamiento indirecto del consumo. El perro se muerde la cola.

Cuando hablamos de consumo debemos distinguir entre la condición de vida del tercio o cuarto de la población que vive debajo de la línea de pobreza y el resto de la sociedad. Nadie discute la necesidad imperiosa que los sectores socialmente postergados obtengan los medios para lograr el consumo que la cultura presente entiende como imprescindibles para una vida digna. Ese consumo debe expandirse.

Pero para el resto del cuerpo social la expansión debe verificarse junto a un salto exportador que no puede ocurrir si no ocurre un salto previo o pari passu de la inversión.

El crecimiento sano de la Argentina, dado sus colosales desequilibrios, comienza por lograr una tasa de inversión que se aproxime al 30 por ciento del PBI y un nivel de exportaciones que logre revertir aceleradamente la negatividad del comercio y que compense la negatividad de la cuenta de turismo. Esos son resultados. Y son los que no tienen y ni siquiera insinúa la situación presente.

 

La conclusión es que los resultados no ofrecen sustento a la política de aislamiento “purificador” predicada y practicada, por Marcos Peña. Menos aún cuando objetivamente “lo peor no pasó”.

Los días que vienen son tiempos de menos resultados inmediatos. El planteo del FMI contendrá más austeridad y menos tiempo. Pero ofrecerá más plata. Y en la condición de aislamiento, a falta de resultados, la provisión de recursos externos ha sido y será el factor de mantención de la “confianza” y las “expectativas” al límite.

El triunfo de la “doctrina inicial” (“todo el dinero que sea necesario y toda la tasa que sea suficiente”) de Toto Caputo fue justamente el fundamento de su “nueva doctrina del susto”: no está el dinero necesario y no hay tasa que lo pague.

La conclusión es acudir al FMI como prestamista de última instancia. Sí o sí el Acuerdo con el FMI es parte del escenario. Es impensable que ese acuerdo y ese crédito no se concreten. El crédito es la única arma disuasoria hasta que llegue el crecimiento. ¿Cuánto durará el crédito y cuándo llegará el crecimiento? La respuesta es la del millón.

Sin estrategia de crecimiento la crisis se postergara por el mismo tiempo que el crédito disponible produzca la confianza y expectativas aunque limitadas, suficientes para evitar la tormenta de la fuga.

En estas condiciones y en la semana de Mayo que abrió la construcción de la Patria, la mejor noticia que hemos recibido es que dos dirigentes destacados del PRO, hombres de la política, y un asesor de muchos funcionarios, han tomado la decisión de hablar para evitar que el tiempo se devore este período de gobierno y aunque sea con un pie en el estribo, se abra un debate, una convocatoria multipartidaria y multisectorial, para el crecimiento.

Los males no tienen 70 años. Esa es la nueva métrica del oficialismo y el periodismo militante PRO. Con 70 años la debacle habría empezado en 1948. Pero las cifras agregadas no dicen eso. De ninguna manera.

Es fácil corroborar que en “los gloriosos treintas” (1944-1974) de la Economía Occidental la Argentina creció a un ritmo por habitante levemente superior al de los Estados Unidos que, a la salida de la 2ªGM, era la potencia dominante. Nada mal. Podría haber sido mejor. Pero en la década 1964-74 la industria creció a “la china” el 7 por ciento anual acumulativo (Dato Censal).

En esos años no sólo mejoró el nivel de vida de la sociedad sino que la industria automotriz (integrada al 90 por ciento) exportaba parte de su producción y cuando el período finalizaba, el Coeficiente de Gini (medida de la desigualdad) aproximaba 0,30 – lo que hoy después de impuestos generan los países nórdicos – el desempleo era de 3 por ciento y la pobreza, de 800 mil personas, representaba al 4 por ciento de la población.

Lo que sí es decadencia es que desde 1974 a la fecha el PBI creció a la tasa del 0,7 por ciento anual acumulativo y el número de personas bajo la línea de pobreza al 7,1 por ciento anual acumulativo. Una bomba de relojería.

Por eso, por 40 años de decadencia, y sin ninguna duda esta sociedad necesita, para seguir existiendo, un Acuerdo Grande para el crecimiento.

La buena noticia es que políticos oficialistas importantes, desgraciadamente no el Presidente ni los funcionarios que lo rodean y adormecen, están tratando de lograrlo.

Los males no tienen 70 años, como repiten sin parar el oficialismo y proto oficialistas como Martín Redrado. Si 40.

Desde 1974 a la fecha el PBI creció a la tasa del 0,7 por ciento anual acumulativo y el número de personas bajo la línea de pobreza al 7,1 por ciento anual acumulativo.

Por eso sin ninguna duda esta sociedad necesita para seguir existiendo un Acuerdo Grande para el crecimiento. Y la buena noticia es que los políticos oficialistas, desgraciadamente no el Presidente ni los funcionarios, están tratando de lograrlo.

 

 

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