Sin saberlo

6 de junio de 2018

Sin saberlo

Carlos Leyba

Llegó el frío. Congeló las posiciones. El Veto, en el Congreso de la Nación, es el momento de mayor distancia entre oficialistas y opositores. Pero ese era, hasta ayer no más, el territorio de mayor diálogo entre los unos y algunos, los más, de los otros. Ahora, en esa geografía de contactos obligados, que cobija el Palacio Legislativo, no hay relaciones fáciles a la luz del día. En realidad hay obras de ensanche en la grieta y las intersecciones de camino se hacen poco transitables. La buena práctica de la política se hace más difícil. Mientras se producía el último ensanche político de la grieta, algunos gobernadores y senadores han saltado de un lado de la grieta hacia el otro, tal vez, en nombre de su propia racionalidad que le niegan a sus confreres . A pesar de ello la minoría oficialista no dejó de serlo y la migración, aparentemente de carácter transitorio, erosionó en la práctica la débil construcción de una oposición alternativa.

La migración transitoria se hizo con el argumento que una ley que sería vetada no tenía sentido votarla; y propusieron y votaron, un proyecto que nunca alcanzaría los votos necesarios.

La gestión fue más que un gesto de aproximación al oficialismo por parte de dos gobernadores peronistas importantes: fue una puesta en blanco y negro que la construcción de una alternativa gestada desde el Parlamento no ha logrado, hasta ahora, encolumnar al peronismo territorial.

El primer Veto fue el que el Presidente le propinó a la ley de tarifas sellada por el Frente Renovador y Miguel Pichetto.

El segundo Veto, aunque anterior en orden cronológico que el presidencial, fue el de los gobernadores que vetaron la canalización de una oposición parlamentaria alternativa que se preparaba, en el Parlamento, para diseñar una alternativa electoral al oficialismo. Una votación unificada de una ley controvertida, es cierto, es apenas una señal. Pero todos los caminos transitables se construyen en base a señales.

El Veto presidencial enmudeció el diálogo civilizado que exige la política; y el de los gobernadores, porque fue un veto, le infirió a la oposición alternativa un problema de identidad cuando estaba comenzando a dar pasos de adulta. La identidad es la respuesta convincente a la pregunta ¿quién sos?

La “grieta” se profundizó. Pero después de esta votación y de la migración, el oficialismo, al menos relativamente, ha engrosado en la medida que la alternativa adelgazó. Todo es relativo, todo es comparativo.

Justamente por eso es importante señalar que todo esto ocurre mientras la imagen del gobierno cae en la opinión pública.

La encuestadora Poliarquía, próxima al oficialismo, ha detectado que las expectativas han caído. El próximo semestre no aparece ya como un oasis y la mayoría piensa que es un espejismo. El índice de optimismo que mide la consultora está en niveles menores que los de 2014. Y no eran esos precisamente holgados. La aprobación de la gestión Macri cayó 9 puntos. Batir el parche de la gestión, cuando se minoran las expectativas y el optimismo hace sombra, obliga a resultados y eso es lo que no hay. Y el Presidente paga el precio.

La economía ya refleja la caída de la confianza del consumidor en 10 puntos que ha detectado la Encuesta y el impacto de la inflación ya es muy fuerte en los bolsillos y en la imaginación de lo porvenir. El pronóstico no es bueno para el gobierno.

Estas son las percepciones mayoritarias que contradicen la convicción del gobierno acerca que la sociedad comparte, entiende, apoya su gestión, su rumbo, sus avances. Hoy no es así. Hay una contradicción notable entre las convicciones del gobierno que nutren su discurso y las percepciones de los ciudadanos que, con menos expectativas y menos optimismo, sienten las realidades.

Lo más grave respecto del futuro inmediato, independientemente de los resultados económicos y sociales, es que, justamente, la mayor parte de la sociedad no confía por dónde vamos.

Y en ese contexto, de suyo negativo, el gobierno se ausenta del diálogo, perfila escenarios de contradicción y la oposición alternativa pierde potencial identidad por obra de sus propios miembros.

En esas condiciones la política dejó de arropar la realidad y las consecuencias económicas del momento quedan al desnudo. La crisis argentina es esencialmente política. No hay para ella una solución económica, básicamente porque la solución económica sólo es posible a partir de una solución política. Un verdadero laberinto.

La votación contraria a la propuesta tarifaria del gobierno fue una votación disminuida. Después de ella y del Veto ejercido, los constructores de puentes entre identidades diversas están debilitados y han ganado fuerza los operadores de la grieta de ambos lados. Marcos Peña y Cristina Fernández. La negación de la política encarnada por quienes coinciden en que el único camino es el de la imposición, vencer en lugar de convencer.

La vigencia de ambos es la “grieta” congelada justamente cuando el calendario electoral sube el voltaje. Los puentes se han retirado antes de tiempo.

El Senado confirmó la decisión de Diputados y por presión del Ejecutivo, tramitada por algunos gobernadores peronistas, se redujo la primera minoría que conduce Miguel Pichetto.

Mauricio Macri vetó y el trámite de los gobernadores no tenía la menor posibilidad de evitarlo, pero erosionó a la primera minoría del Senado.

Hoy – con agrupamientos cambiados – la grieta y los actores se congelaron. Lo único que quedó vivo en la política es el pasado. La congelación de la grieta no es otra cosa que la hibernación del futuro.

Porque no hay ningún futuro posible, ninguno, sin consenso. Y no hay ninguna posibilidad de consenso que no sea acerca del futuro. Si no hablamos de ello, la naturaleza del pasado agranda la grieta.

Lo único que oxigena la política en estas alturas irrespirables de la crisis es el futuro, que es aquello de lo que no se habla porque si de ello se hablara estaríamos hablando de política.

¿Alguna vez llegará el momento de deshibernar el futuro encapsulado?

Desgraciadamente una vez más le hemos escapado a esa posibilidad eludiendo hablar de lo que había que discutir. Otra vez el rábano por las hojas.

Algunos senadores, en el debate de las tarifas, intentaron convocar a rescatar al futuro de ese bloque de hielo en que lo ha metido la grieta.

Fue el caso de Ángel Rosas y de Fernando Pino Solanas. Ambos apelaron a pensar la política energética en el marco de un Proyecto, Programa, Plan de la Nación que es una manera de embarazarnos de futuro. Y pensar las tarifas en ese marco estratégico. Fracasaron.

Fracasó la idea de discutir estrategia energética. Porque en el Veto presidencia, en la ley que votó el Senado y en el proyecto frustrado de Juan M. Urtubey, no hay atisbos siquiera de una idea estratégica. El debate quedó en una cuestión pequeña: quién paga el subsidio a la energía. Sin discutir qué subsidio, a quién y para o por qué. La hojas sin ver lo que hay debajo.

Sin Proyecto, Programa o Plan de la Nación, la política es una cosa minúscula. No fue siempre así. Cada corriente presente puede colocar la medalla del progreso dónde quiera. Pero nadie puede negar que hubo, antes de ahora, maneras de gobernar orientadas por el futuro.

Pensaron – e hicieron – en términos de Programa los padres fundadores de la Patria, los grandes hombres del 80, los forjadores de la presencia popular que aportó el radicalismo, la generación de la inclusión por la producción que abarcó el período Occidental de los gloriosos 30 y que culminó, como recordó el Senador Solanas, en el abrazo de Ricardo Balbín y Juan Perón.

Algo que, para desgracia de los argentinos, han olvidado – el acto, las razones y el programa – muchos radicales y peronistas; y liberales parientes del radicalismo y conservadores parientes del peronismo.

La congelación de la grieta, la hibernación del futuro, es un extravío del que, las presentes generaciones, deberemos dar cuenta en el tribunal de la historia.

Los últimos 40 años han sido una larga y silenciosa decadencia. Muchos la hemos vivido íntegramente.

No hay pecado que no se haya cometido en estos 40 años, el asesinato, el genocidio, la estafa, la corrupción, la pobreza y sobre todo ese envilecimiento colectivo de no poder comprender que una Nación es un proyecto sugestivo de vida en común y no lo es la permanente negación de la pertenencia del otro.

Cuando la evidencia de todas las desgracias vividas antes y de todas las desgracias generadas por las “soluciones impuestas” contra la razón, la lógica o el Bien Común, se han hecho presente, ahora, ya deberíamos habernos generado la mínima capacidad de advertirlo a tiempo. ¿Qué no es impide ver lo que se está acumulando?

Sin embargo estamos emperrados en “soluciones impuestas” que, sean cuales sean, llevan inevitablemente al fracaso colectivo.

En una situación de grieta toda solución impuesta, sin consenso, implica caminar hacia un vacío.

Lo hemos dicho antes, el senador Federico Pinedo, Rogelio Frigerio, Sergio Berestein han percibido y denunciado ese vacío que sólo el consenso, el puente, permite atravesar.

La economía está condenada a algunos meses de alta inflación, al mismo tiempo de altísimas, ridículas, tasas de interés, a más tiempo de dominio del descenso del nivel de actividad y consecuentemente a más presión social.

Un contexto económico negativo, un clima social crispado y una política que ni siquiera puede ofrecer la canalización ordenada del descontento.

En ese marco la doble vocación de aislamiento e imposición que práctica la llamada “mesa chica” del oficialismo no es precisamente racional.

Los días que vienen son tiempos de menos resultados inmediatos. El planteo del FMI contendrá más austeridad y menos tiempo. Ofrecerá plata. Y en la condición de aislamiento, a falta de resultados, la provisión de recursos externos ha sido y será el factor de mantención de la “confianza” y las “expectativas” al límite.

El crédito es el bálsamo a las heridas que la falta de crecimiento provoca. ¿Cuánto crédito? ¿Cuánto tiempo hasta que llegue el crecimiento? ¿Cuándo se convierte en deuda impagable?

Lo nuestro, nuestros problemas heredados de la anterior gestión, los que ésta no ha resuelto y que ha agigantado la actual, no son problemas coyunturales.

No son problemas que produce la evidente mala política macroeconómica (fiscal, monetaria, de ingresos) sino que son problemas que produce la estructura económica.

La mejor política macro no puede resolver los problemas que generan el déficit fiscal, la conflictividad de los ingresos (precios, salarios, tarifas) y la ausencia de una moneda en la que la generación del excedente financie la expansión.

El excedente se fuga. La Argentina genera ahorro. Pero el ahorro de los argentinos migra al exterior. Son 400 mil millones de dólares de argentinos acumulados fuera del sistema.

El déficit fiscal es la consecuencia de la extrema debilidad del aparato productivo para emplear productivamente toda la fuerza de trabajo disponible. Y esa debilidad es congénita toda vez que el excedente que se produce se fuga y no se recicla. No se puede llenar una pileta agujereada.

No hay equilibrio fiscal con desequilibrio estructural, no coyuntural, del aparato productivo.

La “política monetaria”, en ese contexto, no puede contener ni conducir la disputa de ingresos y los precios, la inflación, habrá de reflejarla sea con inflaciones más altas o sea con una declinación de la inflación que arrastre hacia abajo drásticamente el nivel de actividad.

En otras palabras del estancamiento con inflación no se sale ni con políticas neoclásicas de ajuste ni con políticas keynesianas de expansión. En ese contexto las dos son contradictorias y contraindicadas.

Como el problema no es coyuntural la solución exige una respuesta política de consenso. Cuando mas tarde, más se agravará la situación.

Aunque baje el déficit fiscal, se reduzca el déficit externo y aunque se desacelere la inflación. Porque subsistirán el desempleo y la fuga, un círculo vicioso entre la crispación social y el recurso a la deuda.

Sin estrategia de crecimiento no hay solución coyuntural y ninguna estrategia de crecimiento tiene valor sin un consenso de largo plazo y multisectorial que lo respalde.

Desde 1944 a 1974 el PBI por habitante creció lo mismo que el de Estados Unidos. Durante todos esos años se sucedieron gobiernos peronistas, militares, radicales, desarrollistas. Y a pesar de las enormes diferencias, existía el consenso en la necesidad de tener una política explicita de desarrollo del potencial industrial como método activo de inclusión social. Ese discurso fue común a todos los gobiernos que atravesaron la época con matices y acentos diferentes.

Pero en todos esos gobiernos hubo el reconocimiento de la necesidad de un Plan de mediano y largo plazo. Los planes Quinquenales, los programas de desarrollo, el plan trienal. En todos esos gobiernos la política de industrialización gozaba de incentivos fiscales y financieros similares a los del resto del mundo. Y en esos 30 años el financiamiento de largo plazo, a pesar de los problemas financieros y monetarios, era asistido por la Banca Pública comprometida con el Desarrollo.

Como consecuencia de esas políticas la Argentina mantuvo un crecimiento, tal vez menor al necesario y al posible, y una situación social más que razonable. La pobreza era menor al 4 por ciento de la población y el Coeficiente de Gini, que mide la equidad distributiva, era similar al de los países escandinavos. Pero el proceso de lograr un nivel de productividad industrial que generara las divisas que la misma industria requiere para producir no se había completado. No se había alcanzado el nivel de la industria exportadora.

El abandono de esas políticas, el abandono de los planes de desarrollo, de la política de promoción industrial, de la banca publica de desarrollo, el profundo desencuentro sobre el sentido y el modo de la política económica, generó el drama que dos trayectorias marcan de manera indeleble: desde 1974 a la fecha el PBI por habitante creció a la tasa del 0,7 por ciento anual acumulativo y el número de personas bajo la línea de pobreza al 7,1 por ciento anual acumulativo.

En ese marco multiplicamos la deuda externa y caímos en mora y en default. En lugar de producir, nos endeudamos. Hicimos un país sin pensar ni diseñar. Un país de consumidores a cuenta de la deuda externa y un paraíso de la especulación. No es de ahora. El modelo de política de los últimos 40 años es el de la construcción de una bomba de relojería.

Y el PRO lo repite y lo que es peor sin saberlo, sin advertir las consecuencias.

Después de todo, la oposición, estas oposiciones, han compartido y ejecutado, la misma ausencia de política (plan, promoción, financiamiento) cuyos resultados hoy critican.

Es decir todos, oficialistas y opositores, tienen en común el hacer política económica “sin saberlo”.

Nosotros, los conducidos, sabemos que “Primero hay que saber sufrir/Después amar, después partir/Y al fin andar sin pensamiento…”

Sufrimos las consecuencias, amamos los que prometen el cambio, ante el fracaso partimos y – ante el nuevo fracaso – nos ponemos a andar sin pensar.

Como es obvio “sin saberlo” vamos a ninguna parte. Necesitamos un rumbo. Que dure. Un consenso para lograrlo. Y que sea a tiempo.

Recuerde que cuando algo es urgente, es tarde y se hace tarde por no saberlo.

 

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06 junio 2018

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